Nunca supiste de amor, Lloyd.

A Audrey Blooming el mundo siempre le había parecido desolador. Ser una huérfana en pleno siglo XIX no le había servido nada más que para acumular penurias. En realidad tampoco es que lo hubiese tenido que pasar tan mal como esas chicas de mala vida que vendían su cuerpo en los suburbios de Londres; tal y como le contaba el señorito Lloyd tras sus viajes con su padre, el conde Winchester, a la cámara de los Lores. Aunque claro, ella nunca había salido de la mansión de los nobles en Cardiff. A si que no es que fuera una erudita en el tema y tampoco es que quisiera saber más.

No había conocido a nadie de su familia y ni una sola persona que quisiera contarle algo sobre ella. Solamente contaba con la versión de la señora Lively, el ama de llaves y lo más parecido a un progenitor que había conocido. Según ella, su madre había sido una doncella hermosa pero poco avispada que, yendo contra los dictados de la palabra de dios, se había involucrado en asuntos poco decorosos para la mayoría de las personas que guardaban un mínimo de decencia. Tanto lo había hecho que hasta embarazada había quedado sin conocer padre posible para la pobre Audrey. Ni falta cabe decir que la había abandonado a su suerte en la mansión Winchester, y el señor conde, tan generoso él, se había hecho cargo de ella convirtiéndola en criada de su propia casa desde que tuvo la edad suficiente para atarse los zapatos. ¡Alabado sea el altísimo por no haber querido que la pobre Audrey acabara siendo una puta en las calles, pero si una fregona entre nobles! La amabilidad de nuestro Dios no tiene límites. Eso seguro.

No obstante, ella era feliz. Solamente, había conocido la servidumbre desde que tenía uso de razón, a si que tampoco tenía nada mejor con lo que poder comparar. ¡Bendita ignorancia!
Sí, Aubrey, recordaba haber sido dichosa desde niña. Sobre todo en esos momentos de descanso, entre tarea y tarea, en los que podía jugar con el primogénito de los Winchester hasta acabar manchada de barro de pies a cabeza, con la nariz a rebosar de mocos y las rodillas con un sinfín de costras sangrantes. Ahora, no podía estar con él todo lo que le gustaría porque, ¿qué pensaría la gente viendo al futuro conde Lloyd revolcándose por el suelo con una triste criaducha de tres al cuarto? Nada bueno; eso seguro. No obstante, esos títulos estúpidos no habían conseguido acabar con las ganas que tienen dos jóvenes de conocer todos los recovecos que esconde un cuerpo opuesto bajo la ropa. Los seres humanos son así: curiosos, además de poco racionales.

Aubrey, aún recordaba la primera vez en la que había hecho el amor con Lloyd sobre una manta raída en el sótano de la mansión. Se encontraba achispada por el alcohol, pero podía rememorar perfectamente como él le había pedido que enseñara un pecho entre risas. ¡Un pecho! Casi se había desmayado del susto ante aquella petición, pero al final había acabado accediendo a todas las obscenidades que su amante le había susurrado al odio aquella noche. La muchacha había acabado a los pies del ferviente entusiasmo del señorito que de caballero con el servicio no tenía nada. Aunque, en realidad, eso era algo que a Aubrey se le escapaba, creyendo de todo corazón que el futuro conde sólo tenía ojos para ella. Quizás él la amara a su manera, nadie lo ponía en duda, a pesar de que supiese a ciencia cierta que su clase nunca se mezclaba con el servicio. Al menos, no de forma pública. Sin embargo, y que casualidades tiene la vida, a Lloyd siempre se le olvidaba mencionar ese pequeño detalle cada vez que citaba a Aubrey en el sótano de su propia casa. Como esa misma noche.

- Me encanta como hueles -, le susurró a la joven doncella mientras depositaba un beso en su cuello de cisne.
Ella como respuesta se acurrucó junto al cuerpo desnudo del señor.
- A mi me encantas todo tú -, ronroneó seductora, jugando con el espeso vello oscuro que cubría el pene de Lloyd.
Él la besó en los labios con ferocidad.
- Te echaré de menos, gatita.
Aubrey se separó de él confundida.
- ¿Qué quiere decir eso? -, preguntó recelosa.
Lloyd, nunca se había marchado de su lado tanto tiempo como para expresar tal frase cargada de inminente despedida.
Él se levantó de un salto y casi tan rápido como había llegado al clímax ese día comenzó a vestirse. Aubrey, aún desnuda sobre la manta, se quedó absorta mirándolo hacer, sorprendida y a la vez asustada. Algo en su corazón le decía que todo iba a mal.
- Me caso -, susurró Winchester, finalmente vestido.
- ¿Te casas? ¿Cómo puedes decirme eso después de hacerme el amor y quedarte tan ancho? -, inquirió ella, levantándose del suelo e impidiendo la marcha del joven que ya amenazaba con poner pies en polvorosa en cualquier momento. - Vamos, Aubrey, ¿a caso no te habías planteado esa posibilidad? Soy el futuro conde. Debo casarme lo antes posible con una señorita de mi rango social para poder heredar.
- ¡Pero tú me quieres! -, gritó histérica, agarrándolo del cuello de la camisa como si una tabla de salvación en medio del océano se tratase. Intentó besarle, pero Lloyd la apartó con malos modos.
- Eres una criada, yo un conde. No hay futuro. Nunca lo hubo, pero estuvo bien mientras duró. Te recordaré, Aubrey. Siempre. Ahora debo marcharme.
- No puedes hacerme esto -, murmuró ella, cayendo al suelo y evitando que lágrimas de impotencia fluyeran de sus ojos. No quería mostrar más debilidad. Al menos, no ante él. Estaba siento tan poco amable, tan rudo en despacharla, que ni tan si quiera podía pensar en contarle el secreto que le devoraba viva las entrañas -. No puedes…
- Adiós, señorita Blooming. Fue todo un placer -, se despidió fríamente, el joven, antes de cerrar la puerta tras de sí.
- ¡No puedes porque estoy embarazada de ti, imbécil!, - expresó Aubrey, finalmente, a nadie en particular en aquella habitación destartalada. Y, al cabo de unos segundos, rompió a llorar con toda la desolación de su corazón, porque, tampoco es que pudiera hacer otra cosa.