La Niña Gris

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    La Niña Gris

    Un cielo plomizo salpicado de nubes negras amenazando tormenta se cernía sobre la gris ciudad. Una niebla perpetua la envolvía, acariciando las retorcidas formas de los edificios, invadiendo sus tortuosas callejuelas, haciendo desaparecer el pavimento bajo su húmedo manto, como una lengua invisible que impregnaba todo de melancolía, y que pesaba como una losa sobre las cabezas de los habitantes de aquel extraño lugar.

    La Luna pendía, fría y espectral, del nublado firmamento, emitiendo una melodía de tristeza con su mortecina luz, que vertía su toque etéreo sobre aquella ciudad en la que el arco iris no era más que una escala de grises, donde cualquier atisbo de color era simplemente inimaginable, pues nunca había existido.

    Una ciudad donde a nadie se le ocurriría jamás indagar en coloridas leyendas y buscar alegría, delito castigado con extrema dureza. Allí nadie se atrevía a intentar ser feliz, aunque nadie deseaba serlo tampoco, desde su indiferente y quizás plácida apatía.

    Miradas vacías, testigos de cerebros lobotomizados, se cruzaban sin mediar palabra. Gente hueca, carente de vida por dentro y por fuera, se desplazaba por las enrevesadas calles con ánima de autómata, súbditos de un reino de silencio impuesto por los siglos de los siglos, nunca cuestionado ni rebatido, rebaño de corderos de mentes muertas y corazón helado, uniformados en su eterna rutina.

    Y luego estaba Ella, gris también, pero distinta a los demás, pues guardaba en su menudo cuerpo un gran tesoro: un corazón que latía. Dentro de su pequeña cabeza había un cerebro que pensaba, que tenía ideas propias. Y Ella lo sabía. Y ser consciente de su singularidad la hacía sentirse completamente sola...

    ¿Cúantos años tenía? ¿Diez, quizás once? Ni ella misma lo sabía, pero esa era la edad que al menos aparentaba su cuerpecillo, siempre cubierto por un ancho y desgastado vestido negro. Su pálida tez no mostraba rastro alguno de rubor, aunque un brillo latente en sus grandes ojos oscuros manifestaba la vida que había en su interior. Su cabello, también negro como azabache, caía sobre sus delgados hombros recogido en dos despeinadas trenzas.

    No tenía padres, ni hermanos, ni amigos, ni más compañía que un pequeño gato negro.
    Todas las noches salía de su destartalado hogar, vagaba por las calles con la tenue esperanza de que una mirada le devolviera la suya, pero una y otra vez se encontraba con la oscuridad infinita de unas cuencas vacías, entes huidizos que evitaban cualquier contacto con sus semejantes, muertos en vida.

    Ella era más consciente de su soledad a cada día que pasaba, de que estaba condenada a ser la única persona de allí que estaba realmente viva. Por eso sus ojos siempre tenían una mueca triste.

    Un día, le ocurrió algo inusual, al menos para lo que era su monótona existencia; mientras caminaba mirando al suelo, absorta en sus pensamientos, encontró una pequeña semilla. Esto no tendría nada de especial de no ser porque no se asemejaba a ninguna de las semillas que conocía, semillas como carbón que germinaban en plantas mustias de tallos retorcidos como gusanos y llenos de espinas. Esta brillaba de modo peculiar, incluso adquiriendo matices dorados.

    La recogió de entre los fríos adoquines. Decidió llevársela y plantarla en una maceta. Probablemente sería una más de aquellas horribles plantas marchitas, que eran las únicas permitidas en la ciudad gris, pero al menos la mantendría entretenida durante largo tiempo.

    Buscó una maceta adecuada, cubrió la semilla con una capa de tierra cenicienta que recogió al lado del río, y la colocó en el rincón más oscuro de la casa, pues las plantas grises se desarrollaban mejor en la oscuridad.

    Todos los días regaba la mortecina tierra, esperando anhelante que asomara un pequeño y arrugado tallo negro. Sin embargo, no fue esto lo que surgió de esa tierra aparentemente estéril . En su lugar, apareció tímidamente un pequeño brote de un color hasta entonces desconocido para la niña: verde. Aquel brote no era gris, ni negro, era diferente, como ella, y eso le fascinaba. Por eso, a sabiendas del peligro al que se exponía, decidió dedicarse en cuerpo y alma a cuidar de su planta, que a partir de ese momento sería su mejor y única amiga.

    La colocó en un lugar más iluminado, pues observó que así crecía más rápidamente, y siguió regándola a diario, mientras hablaba con ella de sus sueños, sus miedos, su anhelo de vivir en un lugar diferente, lleno de colores como el de sus tallos y sus hojas, y de personas con sentimientos.

    Un pequeño capullo iba madurando en uno de los tiernos tallos, y la niña se moría de curiosidad por ver qué nuevo estallido de color se ocultaba allí dentro, hasta que un día una preciosa flor se abrió paso entre las pequeñas hojas, mostrándole al mundo su esplendor.

    Estaba fascinada por la delicada belleza de sus pétalos violáceos, su elegante forma, su tacto aterciopelado. Se sentía orgullosa de haber contribuido a que algo tan hermoso viese la luz. Aunque hubo un pequeño detalle que no tuvo en cuenta: el olor de su amada flor. Era un aroma fino y delicado que le encantaba, pero también era increíblemente penetrante...

    El aroma de la flor zigzagueó entre las rendijas de la pequeña ventana que se abría al exterior, vertiéndose en la calle, mezclándose con el pesado olor a humedad, y sembrando un desconcierto general en la zona, hasta el punto de llegar a las narices de Él, aquel que ocupaba el más alto cargo en la jerarquía de las mentes grises, la única entidad por encima de las mediocres cabezas, con el poder necesario para perpetuar ese mundo monocromático. Y no le gustó nada un atentado tal contra la plácida monotonía de su ciudad, y al punto envió a sus temibles sicarios a cumplir el fatídico castigo, y en ese mismo momento estalló la tormenta que durante años pendía sobre la bóveda celeste, y la lluvia tocó una sinfonía de muerte y lágrimas...







    ...Y tras la puerta cerrada de la destartalada casa, se dibujó una estampa de dolor y desolación...

    Abrazado a la maceta que albergaba el fruto de su esfuerzo, yacía el frágil cuerpecillo de la pequeña, truncados sus coloridos sueños, convertido en una cáscara vacía al igual que las demás, pero que algún día tuvo la trágica suerte de albergar una mente privilegiada y un corazón palpitante de emociones.

    La hermosa planta que había sido la salvación y la condena de una efímera genialidad, se retorció en un lamento que parecía arrancado de las mismísimas entrañas de la tierra, y derramó una lágrima de cristal sobre el pálido rostro durmiente...

    Los verdes tallos ennegrecieron en acelerada necrosis, tornándose en una suerte de tentáculos vegetales, que cobraron vida propia, buscando frenéticamente salidas, cualquier rendija para llegar al exterior, y extender a su paso una estela de muerte y destrucción, al tiempo que se plagaban de espinas negras como la pez.

    Las retorcidas ramas reventaron paredes y techos, levantaron tejados, irrumpieron en las calles, implacables, contagiando de podredumbre todo lo que tocaban. Retorcieron los enfermizos cuellos, ahogaron las selladas bocas, apagaron para siempre los inexpresivos rostros, continuaron con su desaforado crecimiento hasta acabar con todo resquicio de supuesta vida, convirtiendo la ciudad Gris en un cementerio de almas sonámbulas, en un montón de ruinas cubiertas por la negrura de su propia miseria.
    En una ciudad Muerta.
    Última edición hecha por PelukaDeNiño, 25/07/2004 a las 17:06.




  2. #2
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    precioso

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    gracias!!
    te mereces un premio por haberte leído todo el tochón este, xDD




  4. #4
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    joder nna me ha encantado q lo sepas

    ToDoS LoS KaMiNoS Ns ApRoXimAn A La TumBa, Y eN Mi CaDo La TumBa No Es PoR DeSgrAciA L fiN, SinO eL PrinCipiO

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    dos palabras: IN- CREIBLE xDD En serio, he estado enganxadisima a todo el texto, al vocabulario tan ritmico k utilizas, a como describes todo con lujo de detalles... Puaff k pasada, me ha encantado

  6. #publi
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  7. #6
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    Es genial nena.
    ¿Encuentras que este sistema funciona bien? O déjame adivinarlo, nunca lo has probado antes, en realidad tú no le entras a las chicas normalmente ¿me equivoco? La verdad es que eres uno de esos chicos silenciosos y delicados, pero si estoy dispuesta a arriesgarme quizás podría llegar a conocerte mejor, ingenioso, aventurero, apasionado, cariñoso, leal (¡Taxi!), un poquito chiflado, un poquito malo, pero... ¿acaso no es eso lo que a las chicas nos vuelve locas?... ¿Bueno, qué pasa chaval, te ha dado un pasmo?


    She's bad. Oh, she's bad!

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