Todo se torna enorme e inabarcable cuando cierra los ojos dispuesta a no derramar una sola lágrima esta noche, a no volver a sufrir por alguien que se le antoja tan distante, tan lejano. Pero no es la noche acordada con los hechos pasados, aún falta tiempo para que ésta llegue, y los ojos se nublan y los labios tiemblan como recibiendo cosquillas del viento, y otra vez apunta con la mirada al techo y llora.

Cada mañana es una fotocopia de la anterior, de la siguiente; este paso ya lo he dado, esta frase ya la he oído de la misma persona y ya me sé de memoria cada verso de esta maldita canción. Todo conocido. El mundo que él dejó al marcharse no dista en absoluto de la vida de un recién nacido: comer poquito, llorar y dormir.
Reza a dioses que sabe que no existen, pero mantiene una chispa de esperanza que la empuja a implorar a fuerzas sobrenaturales que puedan querer escucharla. Pero los días pasan sin variaciones ni diferencias apreciables entre ellos. Se desespera.

Soy un grano de arena, y veo ese lienzo azul extenderse ante mis ojos. El mar. Mi anfitrión.

A menudo recuerda los besos de mentira amparados por ojos huidizos; las noches inamisibles para María y fácilmente olvidables para él; los abrazos infinitos, las palabras robadas y manchadas de pecado. La rabia sobria. El odio fastuoso. No se cree capaz de dejar atrás meses de euforia y humillaciones gratuitas, meses de rencor acostumbrado y palabras cariñosas en callejones no tan perdidos, los dos solos, ajenos al ska que se oye en la avenida de al lado mientras intercambian labios y dedos, fragmentos de poesías desordenados y risas porque María ha tropezado con una piedra. No puede olvidar tantos detalles que la acechan.

Soy un grano de arena. El mar me abrirá sus brazos acuosos cuando decida formar parte de él.

Está íntimamente ligado a cada una de las canciones que destrozaban juntos. Se las ha llevado todas, robó las canciones a María, y ya no pasa una pista de un disco sin que adivine su nombre ahí, como fijado en permanente, entonando cada nota y silabeando cada estrofa a gritos de borracho. Déjame alguna. Permíteme pasar un día sin tenerte presente, sin plasmarte en cada página de mis apuntes. No me usurpes la vida íntegramente.

Ahora ya no sale por placer. Ahora el ‘salir, beber’ se ha convertido en cita obligada cada sábado; quedar con amistades que hacía eternidades que no veía como excusa para ahogar tristezas en un vaso ya vacío, y en mitad de la noche abandonarles y padecer sus penas sola y rodeada de anónimos. Vagar de bar en bar, de antro en antro, y en cada uno de esos paradores de almas errantes beber la supuesta última copa bajo la incesante mirada del camarero, que cautivado por las tan dilatadas pupilas de María pasa por alto su deber de no servir alcohol a ebrios.
Alguna vez vio a ese demoledor de ilusiones que fue su pareja durante casi dos años, y haciendo uso del último destello de cordura, ignoró su impetuosa presencia y serpenteó hacia la calle más próxima, dejándole atrás, ya habituado a actos tan hostiles por parte de ella.

Algunas mañanas de domingo de resaca reúne fuerza y valor para pisar la calle en solitario y dar un corto paseo por algún parque cercano. Se abriga, es invierno. Tuerce un par de esquinas. Hay gatos que maúllan a hembras, niños de cinco años que juegan juntos al escondite, ancianos que conversan sobre fútbol, bastón en mano. No soporta la felicidad que rebosa de cada cañería y de cada rótulo de cada tienda de todo a cien, y vuelve a casa apretando las manos en los bolsillos, donde se filtra el sudor de la envidia.

Soy un grano de arena, y me adentro en el mar que me recibe, servicial, y voy cayendo tranquila, caigo, caigo.

Pasan los días, lúgubres, grises como jornadas bélicas, y va echando de menos una mano en su hombro, una voz de aliento firme que la arrope pausadamente y le susurre cosas bonitas al oído, como si fuera una niña pequeña a la que su papá le da un beso por las noches y le dice que la quiere. Siente que el mundo la aparta de su rutina y la encierra en la de María, en la suya propia, en la que nadie repara y a nadie interesa. Siente que con él se ha ido todo. Las canciones, los amigos, el mundo pre-él.

Ha descuidado los estudios; le importa un mayúsculo nada la filosofía y las clases de alemán de los jueves por la tarde. En estos momentos, éstas consisten en echar el cerrojo de la habitación y encender varitas de incienso hasta gastar la cajita entera. Ver las partículas del humo separarse y flotar cada una a su libre albedrío; perderse en la fulgurante llamita que se consume en la punta de la vara. Cuando se agotan todas prende fuego a un cigarrillo, y a otro, y a otro, y otra vez es el humo el único que atrae su atención, y medrosamente presiona el ‘on’ del radiocasset esperando encontrar alguna canción que él no haya tarareado para poder escucharla en paz, sin reminiscencias de ninguna clase. Chilla a sus compañeras de piso que no tiene hambre y que no cenará. Hay algo en su estómago que le impide comer. Apenas da dos bocados a la comida de mediodía, y no merienda ni cena. Engulle, una detrás de otra, pastillas para el dolor aún sabiendo que no le harán ningún efecto calmante, pero enfrían un cuerpo más que templado a causa de los sueños que queman en el recuerdo, a causa de los vestigios que dejan las semanas malgastadas en su mente. Oye a esas tres parlanchinas murmurar unos instantes sobre la misántropa actitud de María. Se acuesta antes de las nueve, pierde toda fuerza interior y llora. Otra vez.

Soy un grano de arena, pierdo consistencia y me hundo en las aguas cálidas y amables. Caigo.

La autoestima de María está hecha añicos y ya no le preocupa salir de casa con la raya del ojo mal pintada o con los calcetines desparejados. Se encamina a la facultad con los ojos hinchados de tanto llanto, y piensa que va a lucirlos para que él pueda arrepentirse de todo lo que le ha causado y llore igual o más que María. Entonces le ve por algún pasillo y no consigue una vista recta, así que baja su mirada caoba como si la culpable de su propia apatía fuera ella, y él hace un mohín austero y sereno a la vez, manteniendo todos sus sentidos en ella, resbaladiza María. Él nunca quiso esa guerra de silencios, él jamás pensó que esa serie de hechos inconscientes y precipitados desembocaría en tal embrollo de angustias mal disimuladas, miradas furtivas y palabras casi inexistentes. La saluda y María esquiva sus palabras, agachando más todavía su sumisión y alzando su despedazado orgullo.

Él la embiste en la cafetería, en el aula de latín que comparten los martes a las diez de la mañana, en la biblioteca. María sigue negada a toda conversación perfectamente amigable, y huye de la palma de su mano, de las yemas de sus dedos, aprisionadores, forzosos, ¿porqué me amabas en soledad y me odiabas en público?, ¿acaso me querías tanto que llegaste a detestarme?, todo lo piensa y nada dice, porque teme que él le responda delicadamente y vuelva a quedar atrapada en su sonrisa transparente y en sus insolencias encantadoras.

Soy un grano de arena y el mar me abraza. He comenzado a constituir su estructura.

Desde que terminó su historia, desde que la apartó de su vida sin saber que al mismo tiempo la apartaba, también, de la propia vida de María, tres, quizá cuatro ex-pretendientes han vuelto a intentar abordarla, y si alguno la pillaba en el mejor de todos sus malos días, María decidía salir con él y llevarle a cenar a cualquier restaurante árabe, o japonés, pero acababa divisando entre alucinaciones al otro, al canalla que se atrevió a acabar con todo tan súbitamente, y sale del local conteniendo las lágrimas, con un plasta siguiéndole las espaldas, pero María es más rápida y para un taxi caído del cielo, escurridiza María. Al llegar al portal de su bloque saca del bolsillo de su chaqueta rayada las llaves y abre la puerta, coge el ascensor y repite la operación ya en su puerta. Acto seguido, y no sin asegurarse antes de que nadie puede verla u oírla, llora, una vez más.

Soy un grano de arena, y todo se reduce a mí y a mi calvario. Pero el mar me quiere. El mar quiere que vaya con él.

Zozobran sus ojos en un remolino de mares peligrosos. Ya no quiero seguir, afirma, y diluye en agua diáfana cinco sobres claroscuros de algún medicamento que guardaba en un cajón descuidado en la cocina. No puedo. Lo hago, y disipando las miradas de los espíritus enérgicos y blancos del sueño ingiere la solución con los ojos cerrados y el brazo izquierdo en tensión, mientras que el derecho se ocupa de inmolar a María, asustada, mártir de la vida. Un grano de arena.

Se deja caer en el sofá y espera. Espera... ¿a qué?, al ocaso, al fin, a la muerte. Espera ansiosa, con las piernas en posición oblicua, observando lo que tiene lugar a su alrededor: el viento, el polvo que descansa encima de los muebles, la luz de intensidad variable. Se mira las manos y las nota lejos, cada vez menos a su alcance, y la vista se le vuelve endeble, tardía, así que cierra los ojos y comienza a notar agudos pinchazos en el vientre, como si en sus entrañas se albergara un ejército medieval sediento de guerra, que perforara sus órganos como si de rivales se tratasen. Un grano de arena. El mar se abre ante mis ojos.

No quiere gritar porque sabe que la oirán, vendrán en su busca y todo habrá sido en vano, la llamarán loca y no podrá volver a mirar a tanta gente a la cara. Es mi decisión, y es irrevocable. Se está muriendo dolorosamente, sobretodo porque se siente traicionada; le dijeron que era una partida dulce, rápida; y duele, perfora cavidades desconocidas hasta ahora, me acerco al mar, y de repente ya no quiere morir, porque el sufrimiento carnal le ha hecho comprender que hay cosas peores que la soledad, peores que la sensación de sentirse perseguida y despreciada al mismo tiempo por un hombre, excluída del mundo entero. Tengo tantas cosas, tantas cosas, pero sabe que es tarde, que la muerte ciñe totalmente su cuerpo y su energía, y ya es pequeñita como un granito de arena cuando se acaba.

No soy la única integrante de este manto que es la playa. Ahora el mar ya no me ama. Realmente nunca lo hizo. Pero se resigna ante mi invisible existencia y permite que me quede. Yo ya no quiero estar rodeada de agua salada y peces que rozan mis extremidades. Y no hay remedio a eso.



Pido opiniones sinceras, por favor. Quiero presentarlo a un concurso en valenciano -lo traduciría-, lo malo es que el concurso es infantil-adolescente y no sé si me lo aceptarán por el tema del que trata..
El final no me gusta, no sé. Ya me diréis.