Abría las puertas a un país extraño, a una ciudad aún desconocida, llena de rostros extraños, de palabras diferente, calles sin destino para él y soles que no calentaban de la misma forma. Salió de aquella casa dejando que el viento cerrara la puerta a sus espaldas, cruzó la calle en dirección a su coche que estaba aparcado dos calles más abajo. Giro a la derecha y volvió a cambiar de acera, entonces la vio apoyada en su coche, una sorpresa, era lo que necesitaba. Reconoció su pelo negro, largo y enredado por el viento, observó cómo se movía, acelerada, intranquila, consultando el reloj continuamente. Se apartaba el pelo de la cara, buscaba a alguien a través de las calles, se mordía las uñas como siempre hacía. Ella, había recorrido kilómetros para verle y quizás sólo pudiera quedarse unas semanas o unos días junto a él, hacía tanto que no se tenían y no lo soportaban. Él despertó, abandonó su paralización y corrió hacia ella, hasta que la tuvo en frente y se lanzó a besarla, la agarró entre sus brazos notando como ella se oponía por la sorpresa hasta que desapareció la negación y se entregó al beso, se rindió al abrazó, sintió los dedos que se hundían en su pelo intentando desenredarlo, notó el viento que rozaba sus mejillas impulsado por las pestañas de él, respiró a través de otros pulmones. Y él, sonriente, se apartó de ella teniéndola todavía cogida por la cintura y se encontró de frente con la cara de una completa desconocida que, probablemente, ni si quiera hablara su idioma.