Días de novedades

Mi historia empieza cuando, un día, cerca de una casa vieja al lado de la iglesia, me presentaron a Ricardo Pastor, un médico aficionado a Egipto y a la literatura.

Después de las presentaciones, él dijo:
-Por su mirada, señorita Ana Delicado, deduzco que usted es una gran amante de la acción y, también, que su mirada es maravillosa.

Me sonrojé. Cuando dijo esto estaba claro que la primera impresión que le di era buena. Me miraba curioso, interesado. ¡Esto era bueno! Diez años sin tener ninguna aventurita son demasiados años para mí.
El inspector, que estaba a mi lado, sorprendido, dijo:
-Bueno... -y después de una pausa, continuó- estamos investigando un caso de asesinato.
-Vaya... ¿y qué ha pasado exactamente?
-Una mujer, Ana Queperu, amiga mía y suya, si no me equivoco, ha sido asesinada y después momificada a diez metros de aquí, yendo por esa carretera -señaló la carretera más tenebrosa del pueblo. Ahí han ocurrido cosas increíbles, extrañas.
-¡Dios! ¡Joder no lo sabía! Y, ¿en qué les puedo ayudar?
-Hemos estado investigando y sabemos que fue egiptólogo durante, ahora hace, exactamente, seis años; también sabemos que usted sabe mucho sobre las momias, por eso mismo necesitamos un egiptólogo conocido de algun amigo nuestro, porque usted es amigo de Elisabeth Queperu, ¿no es cierto?

Empezaba a ponerse nervioso, pero más tarde descubrí que él no era el asesino que buscábamos; él no era la persona que había matado a Elisabeth, la amiga del inspector, y que después la momificó, como antiguamente se hacía en Egipto.

-Sí, soy amigo de Elisabeth, pero no entiendo por qué vienen a mí.
El inspector hizo unos movimientos nerviosos y, después, dijo:
-Creemos que no hay mejor persona que usted para resolver este caso. Me explico: usted era amigo de la señorita Queperu, y, además, es el único que puede haberla asesinado.
-¡Eso es mentira! ¡Yo no soy capaz de matar a nadie!

Ricardo se puso nervioso, algo normal en estos casos, pero yo desconfié del inspector hasta el final: actuaba de una manera muy extraña.

-Nos tendría que acompañar a comisaría -dije.

Una vez allí, nadie se sorprendió al ver a Ricardo entrar en comisaría: él fue muchas veces allí a ver a Ana.

Después lo llevamos al despacho donde le hicimos todo tipo de preguntas: ''¿dónde estaba a las siete de la tarde del día 10 de abril?'', ''¿qué estaba haciendo en esta hora el mismo día?'', etc. sin ningun resultado. Ricardo estaba trabajando en el hospital Son Dureta de Palma de Mallorca. El inspector ordenó a Toni, el que se encargaba de hacer las llamadas en comisaría, que llamase al hospital de Son Dureta para saber si lo que nos dijo Pastor era cierto, y lo era.

Miré al inspector: estaba desesperado, mucho más que yo. Tenía una cosa clara: ninguno de los dos creíamos que Ricardo fuese el asesino.
Se me ocurrió una idea: llevar a Ricardo a que examinase el cadáver para ver si encontraba alguna pista que nos llevase al asesino. Se lo comenté al inspector y él, después de negarse en repetidas veces, dijo:
-¡Está bien! Llevémoslo.

Ricardo se sorprendió al oír al inspector; yo también me sorprendí bastante. Era curioso que el inspector se comportase de esa manera tan infantil. Pero no le dije nada. Salimos de comisaría y nos dirigimos al hospital. Una vez allí, fuimos a la habitación donde estaba el cadáver de Ana.
-Te dejamos solo para que puedas trabajar tranquilo. Mientras la señorita Delicado y yo hablaremos en otra habitación -dijo el inspector. Después, se giró hacia una enfermera que acababa de entrar y le preguntó si había alguna habitación dónde no entrase ni que nadie nos molestase.
-Sí, sigánme -respondió ella.

La enfermera parecía simpática. Nos llevó a un despacho. Yo entré primero, me di media vuelta y observé que la enfermera le daba algo al inspector. Después supe que le había dado la llave de la habitación. No se la metió dentro de ningún bolsillo.

-No te creía capaz de identificar a los no culpables... -dijo el inspector.

Me sorprendí mucho. ¿Qué quería decir eso? Se lo pregunté y no me contestó. Estuvimos unos dos minutos en silencio. Después vi de reojo una cosa brillante que salía de su bolsillo.
-Inspector... ¿qué hace?
-Te mataré..., te mataré... -dijo.

Sacó una pistola. Me apuntó. Yo no me moví, por si a caso. En estos casos es mejor no moverse. Se sintieron unos pasos. Era Ricardo. Estaba salvada. El inspector escondió la pistola rápidamente.

-He encontrado una cosa muy interesante.
-¿El qué? -dijo, nervioso.
-Vengan y os lo enseñaré.

Fuimos a ver el cadáver y el señor Pastor nos mostró una cosa sorprendente: detrás de las telas que envolvían el cadáver, había dinero, mucho dinero. Estaba claro que alguien quería esconder el dinero en algun sitio seguro, y los escondió detrás de las telas del cadáver de la víctima, en este caso, de Elisabeth, pero, ¿por qué mató a Elisabeth?, y una cosa más importante, ¿quién la había matado?

Estubimos investigando durante muchos días, hasta que, por fin, supimos quién era el asesino.
-Señores -dijo el inspector- detengan la búsqueda... El asesino... soy yo.
-¡¿Qué?! -dijo Ricardo- ¿Por qué la has asesinado?
-Por venganza. Yo le compré un coche, un BMW, el coche de sus sueños, y ella no me dio las gracias, sino que, un día, cuando yo estaba trabajando, entró en mi casa y me robó todas las cosas que para mí son valiosas: fotografías de mi mujer, el reloj de oro que me regaló ella misma para mi cumpleaños, etc.
-¿Y por qué metiste todo el dinero detrás de las telas del cadáver? ¿Y por qué la has momificado? ¿Por gusto? Y, una cosa más, ¿de dónde ha salido todo ese dinero? -dije.
-El dinero es suyo, señorita Delicado. Es todo el dinero que ha ido guardando en el banco durante toda su vida. No ha gastado nada porque no ha querido, supongo. La he momificado porque siempre he querido momificar a alguien. Le he puesto el dinero allí porque no quiero que nadie los gaste -dijo. Después de una pausa, continuo diciendo, sabiendo el futuro que le esperaba-: Señorita Delicado, ha sido un placer trabajar con usted. Espero que sea muy feliz. Adiós a todos.

En fin... la verdad siempre acaba sabiéndose, pero a veces ella misma nos sorprende.
Después de eso, el inspector fue llevado a la cárcel; y Ricardo y yo nos hicimos muy amigos, pero lo fuimos por muy poco, porque, un día, me abrazó, y me dijo que me quería.
-Yo también te quiero, señor Pastor.

Desde aquél día, mi vida ha cambiado completamente.