"En el día de mañana"

  1. #1
    Avatar de Synthia Participativ@
    Registrad@ el
    07/01/2005
    Sexo
    Chica
    Edad
    29
    Mensajes
    230
    Agradecido
    0 veces
    Temas
    75

    "En el día de mañana"

    Perecían solitarias las hermosas calles de Madrid. El frío y la escarcha se adueñaban de su ilustre sombra. Gélidos copos de nieve se derrumbaban ante la llegada de la Navidad de 1924. La oscura noche se resistía a caer, y aún acechaban pequeños y dorados rayos de sol a las ventanas de la casa Maldonado.

    Su amplio y estrepitoso salón estaba recargado de tapices y de numerosas estanterías, abarrotadas de fabulosos libros, propiedad del señor de la casa, Don Jesús Maldonado. Solía sentarse en un viejo sillón de cuero beige, por el que no pasaban los años. Gracias a él, Jesús conseguía olvidarse por unos instantes de su ocupada vida laboral. Era un prestigioso abogado y, al igual que le ocurrió a su padre, sólo tenía tiempo para los innumerables casos que le llegaban cada día a su bufete. Así que, al llegar a casa, tras varias horas de intenso y agotador trabajo, sólo encontraba tiempo para sentarse en su humilde sillón y esperar a que las horas y los años pasasen, mientras veía cómo su vida se esfumaba entre tabaco, libros y recuerdos.

    Jesús carecía de tiempo, y quizá también de ganas, para estar con su esposa, Victoria Peñaranda. Era una mujer fría y distante, que pensaba que el poder que cosechó su familia en América le hacía digna de merecer un trato superior, que no había sido otorgado ni a los propios dioses. Caminaba por la casa, cabeza en alto, haciendo alarde de los triunfos de su abuelo, un conocido terrateniente que saboreó el éxito y la fortuna, pero también, el más profundo y doloroso de los fracasos.

    Era nochebuena, pero Jesús se encontraba sentado en su sillón, ajeno a los festejos que se avecinaban. Mientras leía el libro que su hijo Esteban le había regalado en las navidades pasadas, Carlos, el mayordomo, irrumpió en el salón con gran exaltación:

    - Perdone las molestias, pero he de comunicarle que un extraño hombre acaba de llamar a la puerta, señor –espetó Carlos, con gran expresividad en su rostro.
    - ¿Y se puede saber qué desea? –preguntó Jesús Maldonado–. Dudo que alguien ajeno a mi casa venga esta noche a llamar a la puerta.
    - Desconozco su nombre, no ha querido identificarse, señor. Sólo me ha dicho que le urge verle –murmuró Carlos.
    - ¡No me lo puedo creer! ¿Ni siquiera en una noche como hoy pueden dejarme tranquilo? Tendré que ir a recibirle, a ver qué desea –dijo Jesús, completamente malhumorado.

    Se levantó del sillón, y depositó el libro encima de una mesa de cristal, cuyas patas eran doradas. Justo cuando atravesaba el umbral de la puerta, se cruzó con su mujer, Victoria.

    - Perdona querido, quería enseñarte cómo me sienta el vestido que me compraste –le dijo a su esposo.
    - Ahora no tengo tiempo de ver nada, ha venido alguien que me requiere, y he de atenderle –contestó Jesús bruscamente.

    Apartó con cautela a su mujer y prosiguió por el pasillo. Las lámparas reflejaban tenebrosas sombras en el suelo y la puerta principal dejaba ver una tenue sombra en el exterior. Jesús Maldonado respiró profundamente antes de decidirse a abrirla. Al hacerlo, lo que se encontró en el otro lado le pilló completamente desprevenido.

    - Encantado de volver a verle señor –dijo el extraño en un tono irónico-, hacía años que no disfrutaba de su grata presencia.
    - ¡No puedo creer lo que ven mis ojos! –exclamó Jesús. Es imposible, eres... ¡Marcos Maldonado!
    - En efecto hermano. Después de doce largos años sin vernos, he decidido regresar para pasar las navidades con mi familia –dijo Marcos mientras intentaba esbozar una sonrisa.
    - ¿Y cómo es que no has avisado antes? –le preguntó Jesús–, podías haberme enviado un telegrama...
    - He estado demasiado ocupado –le respondió Marcos mientras apartaba a su hermano de la puerta–, pero seguramente muchísimo menos que tú.
    - ¿Qué has estado haciendo? ¿Ayudando a pobres en África? Menudo trabajo… –dijo Jesús Maldonado entre carcajadas.
    - Sí, y no es un trabajo. Es un modo de vida que me ayuda a mí, a estar bien, y a miles de personas más, que no tienen tantas comodidades como tú –le replicó Marcos-, y ahora si no te importa, déjame pasar.

    Jesús lanzó un suspiro y se retiró de la puerta. Marcos Maldonado entró en la casa y quedó absolutamente resignado al comprobar en qué gastaba su hermano su fortuna: un reloj enorme e indudablemente caro presidía el largo y oscuro pasillo, y un centenar de lámparas colgaban temblorosas de las paredes.

    - Bonita casa –murmuró Marcos-, lástima que no está aquí nuestro padre para ver cómo ha cambiado.
    - Acompáñame, te enseñaré tu habitación. ¿Te vas a quedar durante muchos días? –le preguntó su hermano.
    - No Jesús, no te preocupes. Sólo he venido aquí a cumplir un encargo, tampoco quiero molestar –le respondió.

    Ambos se dirigieron hacia el cuarto de invitados. Era bastante pequeño comparado con las dimensiones del resto de la casa. Sus tonos ocres inspiraban tristeza y soledad, y su olor a cerrado dejaba entrever que rara vez los Maldonado recibían visitas. La cama estaba cubierta por unas sábanas de seda. Y la cabecera estaba compuesta por siniestras figuras, que parecían ángeles que habían perdido sus alas. Al verlos, Marcos recordó que la cabecera que él había tenido cuando era niño se asemejaba a aquélla.

    - Creo que es hora de que veas a tu sobrino -dijo Jesús Maldonado con cierta resignación-, ni siquiera se acordará de ti.
    -De acuerdo. Pero si no te importa, antes preferiría ponerme un poco más cómodo -le respondió su hermano.

    Jesús abandonó la estancia y cerró la puerta bruscamente. Marcos, al verse solo en aquella habitación, decidió recorrer cada tramo con el presentimiento de que descubriría algo, aunque no sabía exactamente lo que podría hallar. Examinó algunos armarios, los cajones y un pequeño baúl, y lo único que encontró fue una vieja foto en la que se distinguía a la señora Maldonado con su hijo Esteban en brazos, además de un rosario que los hermanos le habían regalado a su madre antes de morir. Ante tal decepción, Marcos Maldonado no tuvo más remedio que dejar sus cosas y salir del dormitorio.

    Nada más cerrar la puerta, vio que su sobrino Esteban había estado aguardando en el pasillo. Se sorprendió al comprobar cómo había cambiado: de ser un niño precioso e indefenso había pasado a ser un hombre realmente siniestro y su cara inspiraba de todo menos bondad.

    - Buenas noches tío Marcos. Encantado de volver a verle –dijo Esteban mientras se estrechaban la mano- ¿Dónde ha estado durante todos estos años?
    - No hace falta que me trates de usted, llevas en las venas mi misma sangre, y creo que ese te da derecho a tratarme con la suficiente confianza como para…
    - No te preocupes –le interrumpió Esteban– ya te he entendido. Pero dime, ¿Dónde has estado?
    - Me fui a hacer unas misiones con la parroquia, me necesitaban –dijo Marcos mientras agachaba la cabeza.
    - Ahora si no es molestia, mi madre sugiere que vengas a cenar. Es nochebuena, y estaría bien que nos reuniéramos en familia. ¿Eres tan amable de acompañarme?

    Ambos atravesaron la docena de pasillos que componían la casa Maldonado en el más absoluto de los silencios. Se dirigieron hacía el comedor. La puerta, entreabierta, dejaba ver una tibia luz. Al entrar, Marcos se quedó estupefacto. Su mirada se perdió en la inmensidad de aquel lugar. Miles de luminosos adornos navideños colgaban de las lámparas, como autenticas telarañas y un voluptuoso árbol emergía del suelo de mármol.

    -¡Estoy encantada de volver a verle señor! –exclamó Victoria– le echaba de menos.
    - Seguro que no tanto como yo a usted –le respondió Marcos mientras posaba sus labios en la mano de la señora Maldonado.
    - Siéntese y disfrute. Hoy por ser nochebuena, Lidia nos ha preparado unos platos suculentos –le murmuró Victoria al oído mientras le señalaba su silla.

    Diferentes tipos de platos les esperaban en la alargada mesa de madera. Pero entre tanto manjar, destacaba un dorado pavo situado en el centro de la mesa. Su inconfundible aroma navegaba por todos los rincones del comedor.

    - ¡Feliz Navidad! Bueno hermano, estoy completamente seguro de que en África no se come también como aquí –bromeó Jesús, que se encontraba presidiendo la mesa.
    - Tienes razón. Por desgracia hay gente que no puede ni comer un trozo de pan –le respondió Marcos con la voz entrecortada.

    Estuvieron toda la cena conversando. Por primera vez, después de doce largos años, la familia Maldonado, se había reunido en torno a una mesa para compartir vivencias y para recordar un pasado, que nunca volvería a llamar a sus puertas. Cuando acabaron, Jesús y su esposa abandonaron el comedor, dejando a Esteban y a Marcos solos.

    - La cena ha sido deliciosa tío Marcos. Ha sido un placer haberla compartido contigo.
    - Lo mismo digo –le contestó–, hacía mucho tiempo que no teníamos la oportunidad de vernos.
    - Y dime, ¿me has traído algo de regalo? –le pregunto Esteban bromeando.
    - Por supuesto que sí –afirmó Marcos–, pero tendrás que esperar a mañana para averiguarlo.

    Dicho esto, los dos se marcharon del comedor. Después de recorrer los pasillos que le unían a su cuarto, Esteban vio cómo su tío se esfumaba entre la oscuridad, intentando encontrar su habitación.

    A la mañana siguiente, Esteban Maldonado se despertó completamente destapado. Al abrir los ojos, vio cómo una mujer joven le estaba observando y se encontraba recostada en la cama.

    -¿Quién es usted? -consiguió articular Esteban, aunque pareció como si de su boca sólo hubiera salido un pequeño quejido.
    - Shssss... Los demás aún están dormidos. ¿No querrás despertarles? –murmuró la joven. Menos mal que has venido, te estaba esperando.
    - ¿Pero quién es usted? ¿Y qué hago aquí? -dijo Esteban completamente atemorizado, después de observar que no se encontraba en su casa.
    - Quién soy yo no importa ahora. Lo que importa es quién eres tú –le respondió ella. Te imaginaba distinto, quizá algo mayor.

    Esteban continuó callado, observando a la muchacha. Era una mujer joven, de espeluznantes ojos negros y una piel extremadamente blanca. Sus vestimentas estaban mugrientas y la manga derecha estaba rasgada, dejando ver una pequeña cicatriz.

    - Supongo que te cambiarás de ropa -dijo la joven bromeando. Dudo que mis padres se crean que eres amigo mío si te ven con esa facha.
    - Pero yo aún no sé qué hago aquí -repitió Esteban al ver que la joven le ignoraba. Ni siquiera la conozco, señorita.
    - Perdona, soy Penélope, la hija mayor de los Martínez -le respondió ella mientras le tendía la mano.
    - Y yo Esteban Maldonado. Lo siento, pero no la conozco. Ni siquiera me suena su apellido, ni su cara.
    - A decir verdad, yo tampoco sé quién eres tú. Pero algo me decía que ibas a venir -le dijo ella. Poseo el don de la clarividencia, pero eso no significa que te tengas que asustar, no veo muertes ni cosas de esas.
    - Ya, entiendo. ¿Y podría usted aclararme qué hago yo aquí, en vez de en mi casa? -gritó Esteban acalorado.
    - No lo sé. Solamente sé que debes ponerte esta ropa lo antes posible. Era de mi padre, probablemente ni la reconocerá -le dijo ella mientras le tendía unos sucios pantalones.

    La joven abandonó la habitación y Esteban aprovechó para incorporarse. Echó un vistazo a su alrededor. No se podía creer lo que estaban viendo sus ojos. Grandes humedades prendían del techo y no había ni un solo mueble, sólo una pequeña mesilla y una antigua cama componían el tugurio. Esteban comenzó a desvestirse dispuesto a ponerse la ropa que le había prestado Penélope. Al ponerse los pantalones, notó que había algo en uno de los bolsillos. Metió la mano y sacó un impreso. Era el folleto de una fábrica cerrada, la cual Esteban no recordaba. Decidió doblarlo y meterlo de nuevo en la faltriquera. Volvió a mirar la habitación y, después de emitir un pequeño soplido, salió.

    - Ya era hora de que vinieses, te he estado esperando más de media hora –aseguró Penélope mientras se colocaba sus oscuros rizos.
    - Disculpe señorita, he estado cambiándome, como usted me mandó -alegó Esteban. Ahora querría explicarme, si es tan amable, qué hago aquí.
    - Bueno, si te soy franca, yo tampoco lo sé. Pero algo me dice, que tú debes estar aquí. Así que, te ayudaré a que te hagas pasar por un amigo mío y así mis padres te dejarán compartir la humilde comida de navidad con nosotros.
    - ¿Y dónde están sus padres? -preguntó Esteban Maldonado mientras examinaba el corredor con la mirada.
    - Muy lejos, no pueden andar, esta casa es muy pequeña -chanceó Penélope-, están en la cocina. Y no te preocupes, ya les he advertido de tu visita.

    Sólo tuvieron que dar un par de pasos para toparse con la cocina. Era un pequeño habitáculo, cuyas paredes velaban por la ausencia de azulejos. Una mesa vetusta reinaba en aquel lugar, donde parecía que los muebles no tenían cabida. Alrededor de ella, se encontraban tres personas, cuyas caras reflejaban un dolor más intenso que el sentimiento de soledad.

    - ¡Feliz Navidad! Y disculpe que mi esposa no haya podido venir a recibirle gentil caballero -musitó la mayor de las tres, dejando intuir a Esteban que aquel hombre era el padre de Penélope y de los otros dos muchachos.
    - Esteban, éste es mi papá. Ricardo Martínez- le susurró Penélope.
    - Encantado de conocerle señor, es un placer -dijo Esteban haciendo una especie de reverencia.
    -Estos son mis hijos. El más pequeño es Daniel y el otro es Eduardo -le dijo Ricardo a Esteban mientras agarraba a los niños por el hombro.
    -¿Quién es este señor?- preguntó el pequeño Daniel.
    - Es un amigo mío, cielo -le dijo con ternura Penélope a su hermano, mientras le acariciaba su dorado cabello.
    - Cualquiera diría que es amigo tuyo... ¡Menudas pintas de burgués tiene! -voceó Eduardo.

    Todos los allí presentes rompieron el silencio con una sonora carcajada. De repente, un señor mayor entró en la cocina. Era un hombre extremadamente delgado, lo que hacía que sus facciones pareciesen demasiado bruscas. Su rostro denotaba enfado y nerviosismo. En su mano portaba lo que parecía el cadáver de un pollo.

    -¡Hijos míos! No sabéis lo que me ha costado matarlo -exclamó el hombre-, corría y corría como una gacela.
    -Muchísimas gracias abuelo -le dijo Penélope. Estaré encantada de cocinarlo.

    Su abuelo la sonrió y la dio un beso en la mejilla. Entretanto, Esteban observaba a la familia insistentemente. Había algo en ellos que le despertaba cierta desconfianza. Desde luego ese tipo de personas no eran del agrado de su padre, de eso no tenía ninguna duda. Lo que más le llamaba la atención era el afable rostro de Ricardo. Sus ojos transmitían una gran zozobra y una fuerte angustia. Aún así, poseía una sonrisa que parecía imborrable.

    - Y usted joven, ¿sería tan amable de acompañarnos en tan importante celebración? -dijo el anciano interrumpiendo los pensamientos de Esteban.
    - Por supuesto, al menos eso me ha propuesto Penélope –titubeó el muchacho.

    Penélope agarró de la mano a Esteban y le sacó de la cocina. Estando en el pasillo, la joven se aseguró de que nadie de su familia podía estar viéndoles. Cuando vio que estaban completamente solos, la muchacha substrajo del bolsillo de Esteban el folleto que él mismo había observado anteriormente.

    - Creo que esta es la razón por la que estás aquí -musitó la joven mientras le mostraba a Esteban la fotografía del impreso.
    - ¿Me está intentando decir que la razón por la que estoy pasando las Navidades en una casa que no es la mía es una simple fabrica abandonada? -le preguntó el sarcásticamente.
    - En esa empresa trabajaba mi papá antes de que la cerraran. Y, si no me equivoco, el culpable fue tu padre, el señor Jesús Maldonado. Ese abogado hizo que no hubiese más remedio que cerrarla. Por esa razón mis hermanos no tienen nada para comer y no disponemos de un médico para mi madre.

    - Lo siento muchísimo Penélope, pero yo no tengo nada que ver en eso -aseveró Esteban. Sigo sin comprender qué hago aquí.
    -Está claro, ¡tampoco es tan difícil de comprender! -exclamó la joven-, estás aquí para compartir las navidades con nosotros, para que tú y tu adinerada familia veáis que os hemos perdonado. Y además te enseñaremos el verdadero espíritu de la Navidad, que desde luego no está en vuestras enormes mansiones y menos en vuestros corazones, si es que tenéis, claro.
    - No estoy dispuesto a que alguien como usted me trate de esa manera, es intolerable -protestó Esteban a la vez que le arrebataba a Penélope el folleto que la joven tenía en sus manos.

    El joven examinó el papel ante la atenta mirada de Penélope. Fue tan fuerte el odio y la rabia que sintió que arrugó el papel y se lo arrojó a la muchacha. Ella, simplemente, le clavó la mirada con fijeza. Ante su actitud, Esteban tomó la decisión de abandonar aquella casa. Antes de que le diese tiempo a atravesar el pequeño pasillo, el joven Maldonado sintió cómo una mano le agarraba. Su tacto era suave y aterciopelado, pero estaba realmente congelada, como si estuviese hecha de hielo. Esteban se dio la vuelta atemorizado. Cuando lo hizo, vio a una mujer que pese a su edad y a sus ojeras no había perdido ni un ápice de belleza. Tenía unos descomulanes ojos azules y en su larga cabellera rubia se podían ver incluso dorados rayos de sol.

    - No te vayas aún. Quiero que te quedes con nosotros, querido Esteban –le susurró la mujer-, todavía no hemos cumplido con nuestra misión.
    -Lo siento mucho señora -titubeó el muchacho, sin saber con quién estaba hablando-, debo pasar las Navidades con mi familia, espero que lo comprenda.
    - Lo entiendo, pero si pasas este día con nosotros, las próximas navidades que vivas serán completamente distintas, y disfrutarás más con tus queridos allegados.
    - Veré lo que puedo hacer –le respondió él, hechizado por la cálida voz de la mujer.
    - Soy Lourdes, la esposa de Ricardo Martínez -le dijo ella acariciándole la cara.
    - ¿Es usted la madre de Penélope? Creí que estaba en cama, enferma -musitó Esteban Maldonado.
    - Si, es cierto, pero el espíritu de un día como hoy puede levantar tanto a un enfermo, como a un pobre. Y yo soy, desgraciadamente, ambas cosas –dijo la señora sonriendo.

    Lourdes le tomó al joven Maldonado de la mano y le llevó a un oscuro cuarto. En él, solamente había un escritorio cuya madera parecía que había sido comida por termitas. Sobre él, había una vieja y pesada máquina de escribir. Y a su lado un grueso libro, de páginas amarillentas. La señora Martínez tomó el libro en sus manos y se lo tendió a Esteban. El joven lo cogió y miró detenidamente la portada. En su parte superior, se hallaba el titulo “En el día de mañana” y a unos centímetros, su autor: Ricardo Martínez.

    - Este libro, ¿lo ha escrito su esposo? -le preguntó Esteban a Lourdes mientras se lo mostraba.
    -Así es. Él siempre ha luchado por su sueño, que es escribir. Lamentablemente, es algo que siempre ha llevado en secreto. Este libro lo escribió cuando le echaron de aquella fábrica. Habla de la pobreza, y de que quizás algún día sea posible solucionarla. Si yo supiese leer...

    La mujer comenzó a sollozar. Esteban Maldonado la acarició la cara y posó el libro de nuevo sobre el escritorio.

    - Mire, hoy me quedaré con ustedes, pero mañana volveré a mi casa -le dijo el joven.
    - Será el mejor regalo de Navidad que hemos tenido en años -le respondió ella con lágrimas en los ojos.
    - Y ahora, ¿podría decirme donde está su hija Penélope? -preguntó Esteban.

    Lourdes asintió y salió de la habitación. Esteban la siguió por el pasillo. El joven se fijó por primera vez en las paredes. Estaban rasgadas y bastante sucias. La señora Martínez se detuvo en el cuarto donde Esteban había despertado esa misma mañana.

    - Aquí es donde se encuentra mi hija, al menos eso creo.

    La señora dio media vuelta y se perdió en la oscuridad. Esteban golpeó suavemente la puerta y una voz entrecortada le respondió diciendo que podía pasar. El muchacho giró el pomo de la puerta y entró en el habitáculo. Penélope estaba tumbada bocabajo y sus espléndidos rizos la ocultaban el rostro. El joven se acercó y la retiró el pelo.

    - Penélope, quería disculparme por lo de antes, me he comportado como si fuese un crío -le dijo Esteban.
    - No, la que debe justificarse soy yo -le respondió ella-, he querido apartarte de tu familia en un día como hoy, soy una egoísta.
    - He hablado con tu madre, y he decidido que voy a quedarme con vosotros.

    La muchacha le sonrió. En ese momento el pequeño Daniel entró en el cuarto de su hermana. Antes de disponerse a hablar, le lanzó una mirada de odio a Esteban:

    - El abuelo ha dicho que ya está la comida. Podéis venir a comer en cuanto acabéis.
    - En seguida vamos, cariño -consiguió decir Penélope antes de que su hermano se fuese. Vamos Esteban, que si no se enfría.

    Los dos muchachos abandonaron el cuarto y fueron hacia la cocina. Allí se encontraba toda la familia Martínez, preparados para degustar el sabroso pollo que el patriarca había preparado.

    -¡Feliz Navidad a todos! -exclamó Ricardo-, esperemos que las próximas navidades podamos comer más y mejor, ¿verdad Esteban?
    - Por supuesto –contestó sonrojado el joven Maldonado.

    Esteban quedó maravillado ante el sabor del pollo y ante la vitalidad de aquella familia. Estaban muy unidos y era fácil de adivinar que ni la enfermedad de Lourdes, ni la falta de recursos les podrían separar. En ese momento, el muchacho comprendió que su familia llevaba rota desde hacía bastante tiempo.

    -Bueno, creo que ya tengo la tripa llena -bromeó el abuelo-, ahora si me disculpáis, me voy a dormir un rato.

    El anciano se levantó y se marchó. El resto de la familia ordenó y limpió la cocina con ayuda de Esteban. Cuando acabaron, Penélope le cogió al joven Maldonado de la mano y le sugirió ir a dar un paseo. El muchacho aceptó la proposición y ambos se perdieron entre las tumultuosas calles madrileñas.

    - Ha sido muy agradable haber compartido el día de hoy contigo, Esteban -le dijo Penélope cuando regresaron a la casa de la joven.
    - Mejor ha sido para mí, que me habéis enseñado lo que es la Navidad, y por primera vez en muchos años le he vuelto a encontrar sentido -dijo Esteban sonriéndola.
    - Te voy a echar mucho de menos –le dijo ella mientras le sujetaba las manos-, ¿te importaría abrazarme?, tengo el presentimiento de que mañana ya no estarás aquí, conmigo.

    Esteban miró al cielo como esperando una señal que le dijese lo que debía hacer. Antes de que le diese tiempo a reaccionar, Penélope se lanzó a sus brazos.

    - Te he cogido mucho cariño -le dijo la joven mientras Esteban la daba un beso en la frente.
    - Y yo a vosotros también. Me encantaría poder ayudaros de algún modo -le respondió el.
    - Bastante has hecho ya con aparecer en nuestras vidas. Ahora entremos a casa, aquí fuera hace mucho frío.

    Esteban y Penélope entraron en la casa. Esta vez, al joven Maldonado le pareció acogedora. La bombilla que colgaba del techo emitía la suficiente luz como para distinguir las puertas y los rostros, y en ese momento, eso a Esteban le parecía suficiente. Juntos caminaron hacia la cocina, donde les esperaba el resto de la familia Martínez para cenar el pollo que les había sobrado aquel mediodía. Cuando acabaron, Esteban se despidió de la familia, atendiendo a lo que la clarividente Penélope le había dicho:

    - Voy a dormir. Creo que no nos volveremos a ver. Quería daros las gracias por haberme hecho pasar unas Navidades tan especiales -murmuró el joven invadido por la tristeza. Espero que les vaya bien y que puedan ser felices algún día.

    El muchacho abandonó la cocina y se fue a la habitación de Penélope. Se quitó los pantalones que llevaba, y se volvió a poner su ropa. Volvió a mirar aquel cuarto, apagó la luz, y se tumbó en la cama. Se quedó profundamente dormido, inmerso en la oscuridad.

    Cuando al día siguiente despertó, Esteban palpó las sábanas. Su embriagador aroma y su suave tacto le trasmitieron que estaba de nuevo en su hogar. El joven se levantó bruscamente de la cama en busca de su tío Marcos, para relatarle lo sucedido el día anterior. Atravesó un amplio pasillo y cuando se disponía a entrar en el cuarto de invitados, la voz de su padre, Jesús Maldonado, le detuvo:

    - Marcos se ha marchado de madrugada. Ni siquiera se ha molestado en pasar el día de Navidad con nosotros.
    - Perdone padre, necesito hablar con él, es urgente. He de contarle algo -le suplicó Esteban.
    - ¿Y no puedes contármelo a mí? –le preguntó Jesús malhumorado. Acompáñame al salón, allí podremos hablar con más comodidad.

    Padre e hijo se dirigieron al salón. A Esteban le resultaba un tanto extraño encontrarse en casa, ya que no podía parar de pensar en los problemas de la familia Martínez.

    - Siéntate hijo, y cuéntame aquello que tanto te preocupa -dijo Jesús señalando su viejo sillón beige.
    - Ayer, día de Navidad, me desperté en otra casa -Esteban hizo una pequeña pausa para tragar saliva y prosiguió. Era la de la familia Martínez. Era gente pobre y me quedé mal por no haberles ayudado.
    - ¿Ayer? ¿Navidad? ¡Pero si ayer fue Nochebuena! -exclamó Jesús Maldonado. Estoy seguro de que ha sido un sueño.
    - Que no padre. De verdad, fue cierto. Ayer fue día 25 de Diciembre y desperté en aquella casa, con el señor Ricardo Martínez, su esposa y sus hijos -repitió Esteban indignado.
    - Hoy es día 25, Navidad. Has debido de soñarlo. No te preocupes por ellos, fue sólo un mal sueño -dijo Jesús pausadamente intentando calmar a su hijo.
    -Eran tan pobres y tan felices a la vez, ¿qué puedo hacer para ayudarlos? -le preguntó Esteban Maldonado a su padre.
    - Si esos señores existieran de verdad, te respondería -le contestó su padre, disponiéndose a abandonar el salón.
    - Espere padre. Está bien, acepto que fue un sueño. ¿Pero cómo se puede ayudar a todo esa gente que se está muriendo de hambre? Y no me refiero aquí en Madrid, si no en otras partes del mundo.
    - Mira, hijo. Hoy en día, ni siquiera yo puedo hacer nada. Pero habrá un día, en el que sí será posible ayudar a esa gente. Quizá en el siglo que viene, pero habrá un mañana, en el que será posible, te lo aseguro -le respondió Jesús.

    En el momento en el que Jesús se decidía a marcharse del salón, se acordó de que debía de decirle algo a su hijo Esteban:

    - Una cosa, ahora que me recuerdo. Tu tío Marcos te ha dejado un regalo en la mesa del comedor.

    Esteban se quedó sentado en el sillón de su padre. No le apetecía ir a ver cuál era el regalo de su tío. Estaba irritado ante la posibilidad de que lo que el pensaba que había ocurrido solo hubiera sido un sueño. Pero armándose de valor, se incorporó y se levantó del sillón, dispuesto a olvidarse de Penélope y de los Martínez. Lanzó un suspiro y corrió hacia el comedor, para ver el regalo de su tío.

    El comedor estaba vacío. Yacían inertes los centenares de lámparas y el frondoso árbol. Sobre la mesa se encontraba una caja envuelta en papel dorado. Esteban se acercó y la abrió cautelosamente. Lo que vio en su interior le dejó completamente helado: un ejemplar del libro “En el día de mañana” firmado por Ricardo Martínez.

  2. #2
    Avatar de Synthia Participativ@
    Registrad@ el
    07/01/2005
    Sexo
    Chica
    Edad
    29
    Mensajes
    230
    Agradecido
    0 veces
    Temas
    75
    Es un cuento que he escrito para un concuso, es muy largo, pero espero que os guste

  3. #3
    Avatar de Synthia Participativ@
    Registrad@ el
    07/01/2005
    Sexo
    Chica
    Edad
    29
    Mensajes
    230
    Agradecido
    0 veces
    Temas
    75
    Parece que nadie se anima a leerlo jejeje

  4. #4
    Avatar de SaLMa ^^MeLy^^
    Registrad@ el
    28/01/2005
    Localidad
    Madrid
    Sexo
    Chica
    Edad
    27
    Mensajes
    4.093
    Agradecido
    0 veces
    Temas
    29
    buff es muy largo,lo estoy leyendo^^

  5. #5
    Avatar de Synthia Participativ@
    Registrad@ el
    07/01/2005
    Sexo
    Chica
    Edad
    29
    Mensajes
    230
    Agradecido
    0 veces
    Temas
    75
    jejje, muchas gracias!!!Espero que te guste

  6. #publi
    Publicidad

     

  7. #6
    Avatar de ..LrT.. Participativ@
    Registrad@ el
    11/02/2004
    Localidad
    Huelva
    Sexo
    Chica
    Mensajes
    235
    Agradecido
    0 veces
    Temas
    17
    Lo siento por tardar tanto en contestar pero al ser tan largo me ha costado bastante leerlo , bueno lo primero decirte que me deja sin palabras como escribes ! utilizas el vocabulario perfectamente.. lo unico que me ha desencajado un poco con la estetica del texto en general es una expresion que pone " le pilló completamente desprevenido" que siendo que has usado palabras tan cultas y teniendo en cuenta que lo vas a presentar a un concurso suena algo mal. A parte de eso la historia me parece bastante interesante, espero que tengas suerte en el concurso!
    Disculpame si alguna vez al mirarte dejé de vivir



    Si llegan los engaños, las lágrimas caídas, los sueños rotos en pedazos, aun me quedará un poco del alma y un te quiero a flor de piel para amarte todavía como ayer, si me dices adios dejaré abierta la mitad del corazón para ti..

  8. #7
    Avatar de Synthia Participativ@
    Registrad@ el
    07/01/2005
    Sexo
    Chica
    Edad
    29
    Mensajes
    230
    Agradecido
    0 veces
    Temas
    75
    Me alegro que te haya gustado, y gracias por leerlo. Bueno, siento lo de la frase un pequeño fallo lo tiene cualquiera ¿no? Y repito, muchisimas gracias por tu opinión y por leerlo. Muy amable. La próxima vez, lo haré mucho mejor. Solo una pregunta, ¿el final te ha gustado?

  9. #8
    Avatar de ..LrT.. Participativ@
    Registrad@ el
    11/02/2004
    Localidad
    Huelva
    Sexo
    Chica
    Mensajes
    235
    Agradecido
    0 veces
    Temas
    17
    no lo sientas que un fallo en un texto asi yo diria que es lo minimo que te puede pasar tranquila, solo te lo digo porque en los concursos se suelen tener en cuenta cosas asi y el texto me parece muy bueno como para poder descalificarlo por fallos asi. Pues la verdad que el final me ha parecido original , lo que yo me imaginaba era que fuese un sueño o algo parecido, me ha sorprendido bastante, yo no lo tocaría mas, asi me ha gustado mucho.
    Disculpame si alguna vez al mirarte dejé de vivir



    Si llegan los engaños, las lágrimas caídas, los sueños rotos en pedazos, aun me quedará un poco del alma y un te quiero a flor de piel para amarte todavía como ayer, si me dices adios dejaré abierta la mitad del corazón para ti..

Permisos de tu Usuario

  • No puedes crear nuevos temas
  • No puedes publicar respuestas
  • No puedes adjuntar archivos
  • No puedes editar tus mensajes
  •  
  • El código BB está activado
  • Los emoticonos están activados
  • La etiqueta [IMG] está activado
  • La etiqueta [VIDEO] está activado
  • El código HTML está desactivado
  • Los Trackbacks están desactivados
  • Los Pingbacks están desactivados
  • Los Refbacks están activados
  • Temas similares

    1. "Fachas", "Comunistas", "Anarkistas"...
      Por Miracle en Acción Social
      Respuestas: 138
      Último mensaje: 14/06/2009, 23:43
    2. Antena 3 da descanso a "Los hombres de Paco" y "Mire usté"
      Por Administrador en Televisión y Radio
      Respuestas: 10
      Último mensaje: 08/12/2005, 21:55
    3. [Letras y Traducciones] "The last song" & "Forever love".X-Japan.My god...
      Por Jim Halpert en Música
      Respuestas: 4
      Último mensaje: 07/02/2005, 1:24
    4. Yeca t "v"usco y "v"ioloooo [Doble V] pasa pakaaa
      Por .BaRekHoL. en Foro General
      Respuestas: 53
      Último mensaje: 04/07/2004, 12:26
    5. Que personajes eres en "Friends" y "Embrujada
      Por ¤..Letharie..¤ en Televisión y Radio
      Respuestas: 21
      Último mensaje: 26/03/2004, 17:07