Se aja la rosa en esta hora temprana de otoño donde un gato escudriña el juego burlón de los gorriones. Se aja y tose sus pétalos marchitos sobre el suelo. Retumba el piso como en un terremoto lejano y mortal donde cada pétalo caído pareciera adivinar el ronzar del dolor sobre la tierra. Pero no es el dolor el que mastica sino la misma vida quien abre la boca y engulle con gula los restos del naufragio. De cualquier naufragio.
Las hormigas acuden al temblor de la mañana. Acuden al reclamo fatal del banquete y su promesa. La palabra amor llega a destiempo. Se despereza y sonríe como una cortesana del XVII. Ha llegado sumida en el silencio. Y es el silencio el que se ha hecho juez y parte de la escena.
Calla la vida por un segundo. Calla la vida y aprovecha el instante el viejo bufón para esconderse.
Y se esconde con el traje de toro enrabietado, con el manto vegetal de las hortensias, con la túnica espumosa del salitre.
Otra música visita los lugares del pasado, otra armonía desliza los dedos por la calle. El barrio se olvida de los cactus del misterio. El barrio es el viajero que regresa y decide no ser el que se fue sino el recién llegado. Por eso no hablan las ramas de la plaza como antaño, no. Y está el bufón con su corbata de melancolía y un aire de nostalgia que le viene grande a todas luces.
Ha pasado el tiempo desde entonces. Ese tiempo que no entiende de minutos ni de días, ese tiempo que lleva las alforjas cuajadas de destiempo. Ha pasado con las luces apagadas, de puntillas y no ha sabido el bufón reconocerle en el continuo trajín de los relojes. No ha sabido saberse derrotado.
La ventana escupe macetas y faroles. La ventana me mira sin dejar que traspase su enrejado. La ventana me anticipa el despido con un horizonte arromerado. Huele a lluvia. Huele a mar. Huele ha muerto.
El bufón sueña con un piano y dos alas. El bufón juega a ser el otro, el que apenas se inicia la batalla levanta la espada y la ensarta, el que recorre los tejados como un gato encelado en el deseo. El bufón omite la gramática y convierte en defectos sus virtudes. El bufón, señoras y señores, es este torpe escribidor de ensoñaciones.
Salta el tiempo. Salta las tapias y rincones, se mezcla con el polvo y la hojarasca, pinta las baldosas y balcones con tres otoños y una primavera. Salta el tiempo y llega aquí el violín de los finales. Todo acaba.
Se desnudan las nubes de su azul y visten sus cuerpos de plata cordobesa. Queda en el ambiente un halo de agua indomeñable, un anticipo salvaje de tormenta. Ha dejado el viento su rúbrica de arena entre las hojas y quedan en suspenso las risas de la higuera. A lo lejos, los dioses inventados, suman y restan las fumarolas de la existencia.
Se aja la rosa en esta hora temprana de otoño donde el horizonte ha quedado reducido a cuatro metros de memoria. Una vieja canción habla del ayer como si este no hubiera muerto todavía, como si fuera posible revivir lo que perdimos. Una vieja canción que es un baúl de mil recuerdos, un pozo profundo donde quedar atrapado, ese inmenso laberinto que crece y se enreda con los caprichos de la evocación. Mueren los deseos y las margaritas del parterre. Muestran sus raíces corrompidas y todo el peso de vivir a la mirada.
Va creciendo el hedor a difunto. Va camino de su féretro y su velorio. Va directo a la cancela de Tanatos buscando su alcoba y su pecado. No hay sol este amanecer, se ha quedado dormido en los pechos de la luna, como si en esta amanecida pudiera descansar de su tarea.
Empieza a llover. La ventana recibe su abrazo sin descomponerse, como un buen torero que no cede ni elude a la embestida. No tiene esta hora dulzores extraños, todo su encanto está en lo ya sabido, en lo cotidiano y repetido, en esta humedad que contiene todas las tintas del sueño.
Habla el agua de presente, de ahora. Cuenta su historia y se funde con el barro. Recita un par de versos con desgana pues no necesita de muletas para entender lo que sucede. Tal vez por eso su estrépito acuático amasa con arcilla el pan de nuestra historia que corre calle abajo convertido en corriente que nunca está donde la esperas. Discurre, se retuerce, arquea sus brazos como queriendo abarcar no sólo el contorno sino la esencia. Y queda la ciudad preñada de ella. Embebida , alocada e impaciente como un sexo excitado hasta los tuétanos.
Muere el bufón al caer la tarde. Sus restos remueven un órgano barroco y Bach y Albinoni celebran la gran farsa con un oboe descalabrado. La claridad no quiere saber nada de combates y se deja convencer por los destellos de un malva domesticado. Se encienden las luces. Despierta la noche a los placeres. Recorre la avenida una rata hambrienta. La ciudad vocifera sus verdades: no hay lugar para el muerto y sus afanes. No les queda más remedio que vagar como fantasmas, como espectros desterrados a un mundo de humo y de neón donde el whiski acostumbra a ser de garrafón y la cerveza siempre está caliente.
Se corre el telón. La jugada de póquer, sin ningún as en la manga para dejar sobre el tapete -una triste pareja de sietes sostiene el envite-, finaliza.
El bufón sale del ataúd como un Drácula segundón y desdentado.
La función ha terminado. Queda a oscuras el teatro. La página en blanco se acomoda en su butaca aguardando que nazca el escenario. Pero los actores se hacen de rogar esta jornada. Las palabras no tienen sustantivo que las nombre y el título de la obra trae mal fario a las gaviotas.
No suenan los aplausos. El bufón siente que ha echado a perder su velatorio. Su descabellada ceremonia para exorcizar los desalientos.