Cuando crees tener todo en tu mano y derepente desaparece.
Cuando vas formando todo a base de ilusiones y deseos y tan solo un poco de realidad.
Cuando has tenido a la persona perfecta y ya jamás la vas a poder poseer.
Entonces es cuando crees caer en lo más hondo.
Prefieres no haber conocido tal manjar si después de probarlo es tan exquisito que saber que no lo vas a volver a tener te provoca el mayor dolor que puedes experimentar. Nada físico, dolor de corazón cuyos pedazos se quedaron en cada rincón en el que le confesaste todo lo que ahora crees que deberías haberte callado.
La sensación de que es sincero cuando te mira a los ojos y que juega contigo a cada segundo. Que no eres nadie y lo eres todo. ¿Cómo puede decir que eres perfecta y luego no querer robarte un beso? ¿Cómo puede con una misma mirada hacerte sentir tan especial y a la vez tan indiferente para él?
Ya no te queda nada. Creíste haberle olvidado una vez, ni siquiera habías llorado pero el reencuentro, sus palabras, su personalidad, su simpatía te vuelven a atraer aún más que antes. Esta vez lloras de impotencia, no lo has olvidado. Y recibes por ello un golpe aún mayor.
Él te ha olvidado a ti.