- "Tranquilo chico, no importa"

Y fue la última frase que el chico escuchó al cerrar la puerta. - ¡Claro que importa! - se dijo. - "Si importa es porque es importante, valga la redundancia, y si es importante es porque merece la pena". Y con éste pensamiento rondando su cabeza fue bajando las escaleras, con las manos en los bolsillos del pantalón hurgando en busca de algo sin saber lo que buscaba, sin importarle lo que encontrar, los nervios son así de traicioneros y te hacen reaccionar de forma extraña, pero te hacen reaccionar.

Salió a la calle evitando a los críos del portal, ellos son felices jugando a cualquier cosa, no quería que se les pegara el mal humor de un joven huraño que aún no sabe que le dirá cuando la tenga enfrente, que aún no sabe donde meterá sus manos nerviosas que no saben parar quietas para que no se note su nerviosismo o saber que decir en esos momentos de silencio absoluto. Ésto último le jodía más que nada, puesto que siempre se ha enorgullecido de saber que decir en todo momento, en tener una palabra amable para cualquier situación y persona, porque ése chico tenía don de gentes, y de muchas gentes, menos con ella.




Cruzaba las carreteras sin mirar, no por insultar a la muerte puesto que él la respetaba como a la que más, sino porque pensaba que no podría tener más mala suerte. A lo largo y tedioso del camino, sólo pensaba en el karma, en la felicidad de los críos de su portal jugando a la pelota, en la maravillosa fragancia que la acomoda como un aura... y seguir caminando, aunque sea inconscientemente, es lo único que puede hacer. La rendición siempre es achacada a los cobardes, pero los cobardes siguen vivos. Nunca se ha contado ninguna historia de un hombre paciente, tampoco escribirán la suya. Él nunca creyó en sensaciones efímeras, y nunca creerá en ellas.

Seguirá caminando hasta que sus pies decidan parar de caminar, o hasta que se quede sin tierra y el precipicio más hondo, el del olvido, decida hacerle parar.