Esto es un pequeño relato con el que gané el primer premio de un pequeño certamen.

En una época no muy lejana de lo que podríamos llamar Edad Media, en un lugar donde la pobreza era el pan de cada día y los sonrojados campesinos ofrecían sus sucios productos a muchedumbres casi más pobres, el Castillo Negro se erigía en toda su gloria para hacerles ver a los pobres que no tenían el privilegio de disfrutar de su opulencia.

Grandes torres tenía este castillo, todas negras por supuesto. Almenas picudas color azabache y para variar las enormes puertas que daban al interior eran tan oscuras que mucha gente creía que no eran sino huecos vacíos que chirriaban cuando el Rey y su corte entraban y salían, siempre con gesto adusto, seguramente planeando alguna maldita subida de impuestos.

En este castillo vivía el hijo del Rey Kalb, un flacucho y moreno joven que siempre que salía de su habitación lo hacía con gesto tímido y tristón, como esperando a algo que sólo podía darse dentro de ella.

Muchos fueron pues, los que buscaban el motivo de su triste mutismo cuando abandonaba su habitación y se disponía a comer, dar un paseo o simplemente decir unas cuantas palabras en audiencias en las que sus ojos eran la única demostración de que no estaba en tribulaciones oníricas. Psicólogos, médicos, bufones, familiares, sirvientes, doncellas…todo el mundo intentaba que el Príncipe sonriese o diese alguna muestra de aquella felicidad tan efímera que se le veía cuando estaba en su habitación; la cual era bastante pequeña y empezaba a estar mugrosa por la negativa del Príncipe de dejar a nadie entrar durante más de un minuto o dos.

Así pasaron las semanas, los meses, los años…siempre confinado a voluntad, con una sonrisa perdida y un gesto bastante diferente al que manifestaba fuera de su habitación. Mucha gente cotilleaba, se rumoreaba que hablaba solo en sueños, que dormía con los ojos abiertos y que podría estar sufriendo la locura que sólo un amor imposible podría haber desencadenado.

Su propio padre, preocupado como estaba por su hijo, decidió llevar un diario con todas las frases aparentemente inconexas que lograba entender a través de la negra puerta de la habitación del Príncipe. Un día entendió “clara” otro “bonita” y otro “estás lejos…pero yo ya te tengo conmigo”; un último día antes de interrogar por la fuerza a su hijo, el Rey captó un súbito “¡VOLVERÁS!” desde su propia cama, a horas impropias de su hijo.

Forzando a su hijo a salir de su habitación, el Rey se sentó enfrente de la ventana y le dijo a su hijo que se sentase detrás de él.

“Hijo” -comenzó el Rey- “no hay duda de que tienes un problema bastante grave en tu cabeza, y me temo que con tu escaso apoyo no lo vamos a solucionar”

“Padre, la he visto…es Clara” replicó el Príncipe con tono algo alucinado.

“De ahora en adelante me da igual lo que digas o sientas, dormirás en nuestra habitación y se te cerrará la puerta durante todo el día siempre y cuando no haya nadie más vigilándote; ya que asumo que no vas a decirme qué te pasa…”

“Padre da igual, ella siempre vuelve conmigo…siempre por las noches”.

Desde ese día, se le vio al hijo algo menos tristón de lo que la gente le recordaba. Sonreía aunque estuviese fuera de su habitación , soñaba despierto con expresión bobalicona y una mueca de superioridad.

Estuvo durante meses sonriendo embobado mirando por ventanas, mirando al cielo…mirando a cualquier sitio que pudiese saciarle el ansia de meterse de lleno en pensamientos muy lejanos del sitio donde estaba.

Tras un tiempo alejado forzosamente de su habitación, el Príncipe se volvió más alegre, aunque se rumoreaba que por las noches salía de la habitación de sus padres y gritaba las consabidas consignas “¡eres tú, Clara!” y “sabía que volverías”.

De modo que el padre, harto de los gritos nocturnos que sospechosamente él no oía, decidió fingir estar dormido una noche y esperó a que su hijo se levantase y se pusiese enfrente de la ventana, por la cual decían que él se mostraba en pijama con aire orgulloso y alegre.

Cuando le pilló levantándose en su camino decidió que esperaría a ver su comportamiento y así descubrir qué hacía todas las noches.

El Príncipe se levantó, se quitó la camiseta del pijama y se puso enfrente de la ventana. Parecía hablar solo. El Rey decidió intervenir cuando escuchó la frase “¿quieres que vaya a verte…? Me gustaría ver tu blanca piel de cerca”.

“Hijo, despierta” dijo el Rey en voz alta.

El Príncipe parecía seguir en su estado…absorto en sus propios pensamientos.

“Hijo, vuélvete y mírame, por favor” el Rey insistía.

“Padre…-contestó al fin el Príncipe, con una sonrisa algo carente de sentido- ¿has venido a conocer a mi amiga?

El Rey cogió a su hijo por los hombros y le zarandeó sutilmente mientras le decía “despierta, despierta de una vez hijo”.

Con los ojos casi en blanco, el Príncipe seguía mirando por la ventana y susurrando entrecortadamente “ven conmigo…blanco deseo, blanca y pura…tan clara…”

Desasiéndose del abrazo de su padre, el Príncipe salió de la habitación y corrió y corrió hasta conseguir llegar al balcón exterior de la última torre.

“Hijo…no hagas nada extraño…por favor…” dijo casi sollozando el Rey

“Blanca…intentan separarnos… -dijo el Príncipe, sudoroso y con expresión de locura en su rostro- “…pero no lo conseguirán. He estado mucho tiempo viéndote y me gustaría estar de una vez contigo”.

El Príncipe se subió a una almena y temblando de frío, extendió la mano hacia el cielo…

“Blanca…Blanca…ven aquí…mi padre no es importante, no entiende que te he estado llorando y te he estado riendo en tus vueltas a casa, que he pensado en ti desde que me di cuenta de lo mucho que das y lo poco que pides…tú lo eres todo. Sí, todo lo eres tú, porque tu pulcritud, pureza y bondad supera los límites establecidos por la mente humana…eres etérea..sí lo eres. A mí me gustaría ser como tú, pero creo que no podré, aunque…tú…tú me enseñarás, ¿verdad? A tu lado seguro que todo el mundo mejora y se vuelve menos violento…nos vaciaremos de hostilidad y veremos la importante realidad que es el amor…el amor lo cura todo…”

El Rey sorprendido escuchó con interés y atención cómo su hijo seguía hablando durante horas consigo mismo, encima de la almena y gestualizando sus palabras con una sola mano, mientras la otra la mantenía extendida.

Una vez hubo decidido pararle, el Rey adelantó sus pasos para recoger a su hijo, por si acaso perdía el recién adquirido equilibrio que había obtenido.

“Vamos hijo, para de una vez…”

“¡ATRÁS PADRE, ATRÁS! ¡ESTO NO TIENE REMEDIO! NADIE ME HA ENTENDIDO….DESDE EL PRINCIPIO HE QUERIDO IRME CON ELLA PORQUE ELLA ES PULCRA Y VOSOTROS SOIS SUCIOS….¡NO MERECÉIS LA PENA!”

Y dando un salto grácil y elástico se tiró de la almena con la mano extendida hacia la luz blanca…y cayó estrepitosamente al vacío.

El Rey no reaccionó…simplemente se quedó observando con odio aquella luz blanca…

Blanca y clara estaba la luna…