Las Aventuras del Conde de Oliva (1ª parte)

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    Las Aventuras del Conde de Oliva (1ª parte)

    El día antes

    Paseaba en solitario por el camino que llevaba al embarcadero. Era una amplia senda cubierta de hojas secas, delimitada por chopos y abedules. Empezaba a hacer un poco de fresco, algo normal en esta época ya que la tarde estaba bastante avanzada. Nada, excepto el leve viento, turbaba la tranquilidad de la finca.
    Empezó a escucharse un tenue movimiento detrás de la curva, muy débil al principio, pero que fue creciendo en intensidad. Los cascos de los caballos y las ruedas levantaron una nube de hojas cuando el cochero tomó el camino recto con dirección a la residencia del marqués. Lo reconocí en seguida, era su carruaje. Estaba laboriosamente enjaezado, hubiera dicho que de gala, en caso de que la recepción hubiese sido esta noche.
    Se fue acercando cada vez más, veloz, hasta que pasó por donde yo estaba. Me hice a un lado y por un eterno instante vi su rostro casi pegado al cristal de la ventana, tímido al principio, ilusionado después, radiante en cualquier caso. El cochero jaleó a las bestias y aceleró la marcha, dejándome envuelto en un torbellino de oscuras dudas y ocres hojas secas.
    Inmóvil, vi como se alejaba hasta que desapareció detrás de los árboles. Luego la nada, el vacío. Y continué mi periplo hacia el embarcadero.

    La carta del Duque

    Bajé al salón con la esperanza de encontrar algún sirviente al que pedirle algo que tomar a media mañana. La escalera se me hizo más pesada que cuando la subí la noche anterior, tal vez a causa del cansancio acumulado. Por detrás del cristal de una puerta pude ver como el Duque le daba instrucciones a su secretario, que al instante subía a un carruaje y ordenaba al cochero iniciar la marcha. Pero... al Duque se le había caído un documento, reposaba en el suelo donde momentos antes había estado el carruaje de su ayudante. Impaciente, esperé a que nadie me viera y salí al jardín, recogí el papel y lo guardé rápidamente mientras me latía con fuerza el corazón. Huí hacia el embarcadero, como era costumbre en mí durante las mañanas que estaba pasando como huésped del Duque. Hacía frío y había olvidado agarrar mi casaca. Me senté dentro de una de las falúas más lujosas, lejos de miradas indiscretas, y comencé a leer:

    "Querido Duque:

    La situación se ha vuelto desesperada. La flota de mi esposo, el Marqués de Guadix, ha caído en las garras de los sarracenos y el Caudillo de Túnez lo tiene preso en su fortaleza secreta de la Isla de Alborán. Esto lo sabemos gracias a que el timonel del buque insignia logró escapar y alcanzar la costa de Granada en una pequeña barquilla. Pedí audiencia con el Rey, pero ha desestimado mi petición de rescate, dando por perdida la flotilla y al Marqués, por muerto. En mi fuero interno se que continúa con vida, y se que vos confiáis en mí. A la recepción de esta noche acudirá la única persona que está en condiciones de escuchar mi ruego, aparte de vos. Aunque la flota de mi esposo ha apoyado a vuestro escuadrón en varias ocasiones, nunca hos hemos pedido nada, hasta ahora...

    La Baronesa de Aguaviva."

    La historia de la Baronesa se dibujó en mi mente de forma preclara. Habíamos compartido tantas cosas en el pasado... Inesperadamente una mano se posó en mi hombro, firme pero tranquilizadora, y la voz del Duque se escuchó por encima de mi cabeza:

    "Amigo mío, tengo que pediros un favor..."

    Caminos andaluces

    Mi corcel galopaba como si le fuera la vida en ello, empujado por una fuerza invisible y poderosa. Dejábamos atrás cada encrucijada, cada árbol, cada roca, en una carrera endiablada contra el tiempo. Llevaba dos días de camino cambiando de montura en las casas de postas, reventando bestias casi cada hora, comiendo poco y durmiendo menos. El duque había enviado un mensaje un día antes de mi partida al puerto de Guadarife La Mayor, donde estaba amarrado un destacamento de su flotilla. Prepararían un navío que estuviera en condiciones de levar anclas a mi llegada.
    El plan era tan sencillo como eficaz. Aprovecharíamos las tinieblas de la noche para acercarnos a Alborán y desembarcar. El barco tendría bandera Holandesa para no despertar sospechas. Con un reducido grupo de valientes, asaltaríamos la fortaleza sigilosamente y sacaríamos de allí al Marqués. Sólo se darían cuenta por la mañana al ver los cuerpos sin vida de los centinelas, si es que los hubiera.
    La próxima posada, Casa Feliciano, estaba cerca, ya casi podía divisarse entre la espesura. Necesitaba parar un instante, ya no podía cabalgar más. Entregué el caballo a un mozo de cuadras y le pedí que le diera de beber, luego pasé al interior y me desplomé en un banco de madera. Había gazpacho y cocido, vino y pan. La cena, aunque tosca, me supo de maravilla. Todavía no había terminado mi plato cuando se escucharon unos cascos en el porche, la puerta se abrió y entró un muchacho acalorado. Habló un momento con el posadero y luego se dirigió a mi:

    - Tengo esta misiva para vos - dijo con decisión -.

    Se lo agradecí y abrí el sobre, que estaba pulcramente lacrado con un sello ya conocido. La carta estaba escrita con tinta verde y olía ligeramente a dama de noche, su inconfundible marca:

    "Querido Conde:

    El camino es largo, pesado, y urgente vuestra misión. Sin embargo, precisáis reposar para continuar vuestra marcha por la mañana y quizás Feliciano no sepa trataros como os merecéis. La finca de mi prima la pequeña se encuentra a pocas millas de allí, como sin duda recordaréis. Además, no os desvía demasiado de vuestra ruta. Os estaré esperando levantada, no tardéis.

    La Baronesa de Aguaviva."

    La lectura me turbó por un momento, pero me levanté de la mesa y ordené a Feliciano que ensillara mi caballo sin tardanza...

    El Cortijo de las dudas

    A través de los visillos de la ventana se intuía el tenue amanecer. Leves sombras se derramaban sobre mi casaca, que se encontraba tirada de cualquier forma sobre un sillón exquisitamente tallado al fondo de la alcoba. Me levanté intentando no hacer ruido, me vestí quedamente y salí de la habitación, dejando atrás un intenso perfume a dama de noche.

    Al bajar las escaleras no fue difícil encontrar la cocina, donde algunos criados preparaban el desayuno de los aparceros. Les resultó extraño que me sentara a desayunar con ellos, pero al cabo de un rato se mostraron más confiados y me solicitaron que les contara historias de mis tiempos en la Armada. Les relaté la conquista de Córcega, el asalto a la flota del Vizconde de Cornualles, y se quedaron extasiados cuando les hablé sobre la defensa de Cádiz, uno de los pocos momentos en los que vi cerradas las Puertas del Mar conmigo fuera. Me dieron pan, queso y vino para el camino, que guardé en un pequeño zurrón, y salí hacia las cuadras.

    En el corredor me detuvo una voz a mis espaldas: "Conde...". Era evidente que Doña Leonor de Aguaviva, la joven prima de la Baronesa, se acababa de levantar, pero aún así estaba hermosísima. "Conde...", repitió, "no partáis, os matarán". "¿Qué os hace pensar eso?", le contesté. "Ahora no puedo hablaros, hay espías por todas partes, tomad este paquete y abridlo cuando estéis lejos", me besó en la mejilla inesperadamente y desanduvo el corredor hacia la escalera con pasos inaudibles, suaves y descalzos. Observé como se alejaba, y antes de desaparecer miró hacia donde yo estaba por un instante.

    Mi caballo ya estaba ensillado. Le acaricié las crines, monté y salimos de la cuadra con un relincho, emprendiendo de nuevo el camino. Si todo iba bien, esta noche podría cenar en el barco. Antes de abandonar la finca dediqué una última mirada al Cortijo de Doña Leonor y me pareció distinguir una figura borrosa asomada al balcón del salón. Fue en aquel momento cuando lamenté haber olvidado mi viejo catalejo...

    El reloj de plata

    - Le estábamos esperando, señor.

    Por fin, subí a la nave que el Duque había ordenado preparar. Era un barco de pesca, demasiado pequeño para mi gusto, de los que se utilizaban en las faenas de altura. Poseía un único mástil del que pendía una vela un poco raída. Bajo la cubierta, había dos o tres camarotes para los patronos, el resto lo ocupaban la bodega y una sala algo más grande para los pescadores. En un rincón de la bodega había un barril camuflado que escondía el arsenal: varios sables, unos coletos de piel y un par de pistolas.

    Me dirigí al camarote principal y uno de los marineros me trajo la cena, consistente en bacalao guisado al estilo de Rota y vino dulce. Mientras comía, abrí el paquete de Doña Leonor. Contenía un reloj de plata y una carta manuscrita:

    "Sólo para los ojos del Conde de Oliva:

    Como sabéis, en primavera estuve en el Palacio Real como dama de honor en las nupcias de la sobrina del Rey. Durante los festines, no pude evitar escuchar una conversación entre varios militares de alto rango que no supe reconocer. Sus voces eran apenas audibles, ya que no deseaban ser escuchados, pero distinguí algunas palabras: Guadix y Alborán. Eso fue meses antes del cautiverio del Marqués. Quizás sea sólo casualidad, pero pensé que os interesaría saberlo. También os entrego este reloj de plata, tiene buenos cierres y no se parará en caso de que se moje. Espero que os sea de utilidad en vuestro viaje por mar. Por favor, sed precavido...

    Leonor de Aguaviva."

    Me resistía a creer en conspiraciones cortesanas, siempre había detestado ese ambiente tenso de los festines de Palacio y hacía tiempo que no asistía, aunque en muchas ocasiones era invitado. Tal vez no tuviera importancia, pero sería mejor ser cauteloso. Nos haríamos a la mar por la mañana, aprovechando la marea. Con un poco de levante alcanzaríamos Alborán en dos jornadas sin levantar sospechas. Me subí a la tosca hamaca y cerré los ojos con la esperanza de que el sueño limpiara las dudas que me atormentaban.

    El mar en la mañana

    Aún no había amanecido cuando salí a cubierta y me asomé por la borda. El mar estaba agitado por la marejadilla. Toda la noche había estado soplando el terral con fuerza, pero ahora estaba cambiando el viento. Saldríamos en breve. En el barco de al lado, unos madrugadores grumetes arrojaron al agua los restos del día anterior y al instante un enjambre de gaviotas se arremolinó en torno a ellos, picoteando entre aleteos. Al poco rato algunos estibadores comenzaron a cargar barriles en otro navío, acuciados por las órdenes del patrón.

    La marea estaba subiendo, preludio de nuestra partida. Volví al camarote y afilé el sable...

    Alborán

    Nuestro pesquero se movía con suavidad como si estuviera siendo acunado por la marejadilla. Hice trabajar al sextante y consulté la carta de navegación para descubrir que Alborán ya debía estar a la vista en el horizonte. Una débil pero creciente bruma nublaba la visión, así que ordené reducir la marcha. El sol estaba a punto de ocultarse del todo, poco quedaba ya del disco entre los azules. Continuaríamos la marcha de noche y aprovecharíamos las tinieblas para asaltar la fortaleza.

    Casi a media noche divisamos las luces del castillo sarraceno. Navegábamos en la más absoluta oscuridad, la luna estaba nueva. Confiando en la carta de navegación, nos dirigimos a una pequeña cala que se encontraba a dos leguas de la fortaleza. Evitaríamos los escollos confiando más en la suerte que en la carta, ya que era más antigua de lo que me hubiera gustado. Se escucharon algunos roces en la parte inferior del casco, pero debieron tratarse de rocas sueltas porque no dañaron la embarcación. Alcanzamos por fin la costa y echamos al agua un pequeño bote en el que desembarcaríamos. Me acompañaron sólo dos marineros: Juan Sidonio y Luis de Mena. Este último había servido en la Armada durante la conquista de Córcega, aunque no llegué a conocerle. Pusimos pié en la arena y escondimos la barquilla detrás de un saliente. Había llegado la hora, vestimos los coletos de piel, cargamos las pistolas y emprendimos la marcha a pie, bordeando la costa.

    Al cabo de unos minutos alcanzamos la cima de una colina desde la que observaríamos la fortaleza. No tenía muros muy altos, podríamos coronarlos con facilidad haciendo uso de la cuerda que habíamos traído. La edificación consistía en varias construcciones de madera rodeadas por un muro de piedra. Tres de sus lados miraban tierra adentro, mientras el cuarto daba al mar. Esta sección de muralla era más baja, aunque disponía de varios cañones para la defensa contra buques armados. Aún así, la fortaleza no estaba muy protegida, basaba su defensa en el secreto. Aún ignoro cómo podría haberlo sabido la Baronesa...

    Junto al fuerte había un pequeño embarcadero con varios botes amarrados, y al fijarme mejor descubrí que enfrente del embarcadero se mecía un barco de guerra. Pero... un momento... ¡¡ ESE no es un navío sarraceno !!

    La fragata española

    No era un navío sarraceno, ¡se trataba de una fragata española!. Saqué el catalejo de la bolsa y miré en su dirección... la insignia de Guadarranque bordada en la bandera me nubló la mente. ¿Así que el taimado Guadarranque se encontraba detrás de todo esto? Me sentí como un imbécil, debí haberlo supuesto. De nada servía lamentarse, aprovecharía la ocasión para matar dos pájaros de un tiro, rescataría a Guadix y tal vez me llevara la fragata de Guadarranque por delante.

    Luis de Mena consultó su reloj, pero se había mojado y no funcionaba. Entonces me acordé del regalo de Leonor, el preciado reloj de plata. Todavía estaba en mi bolsillo, y aunque estaba empapado, marcaba la hora exacta. Bendije a Doña Leonor por su presente. Eran las tres menos cuarto de la madrugada y dentro de poco se llevaría a cabo el cambio de guardia, como era costumbre en los navíos de batalla de Guadarranque. Quizás ese fuera un buen momento para intentar algo. En pocos minutos ideamos un plan y nos dirigimos hacia la fragata bordeando la fortaleza. No había centinelas, seguramente pensaban que no era necesario. Tomamos prestado uno de los botes y remamos hacia el barco en la más absoluta de las oscuridades. Al poco alcanzamos el casco y Luis de Mena arrojó la cuerda hacia la borda. No sin dificultad trepamos por la soga, a la vez que escuchábamos tenues voces, sin duda pertenecientes a los guardias que relevaban a los anteriores. Esperamos un poco y alcanzamos la baranda.

    Sólo había dos guardias, que por suerte para nosotros dormitaban espalda contra espalda. No fue difícil silenciarlos para siempre. Juan Sidonio abrió la puerta que conducía hacia abajo, miró hacia el interior y nos indicó que lo siguiéramos. Con sigilo, bajamos la escalera. Conocía bien esta fragata, era la misma que acabó con mis correrías como pirata en Centroamérica, así que busqué la estancia en la que había estado prisionero. Al poco la encontramos. No había guardias, pero la puerta estaba cerrada con llave. Por suerte, Luis de Mena era menos honrado de lo que parecía y disponía de un formidable juego de ganzúas que hicieron su trabajo de lo lindo.

    La puerta se abrió con un chasquido y al instante se escuchó un disparo que iluminó el pasillo con un fogonazo...

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    Las Aventuras del Conde de Oliva (2ª parte)

    El sable de Guadarranque

    La efímera luz del disparo dejó ver más cosas de las que me hubiera gustado. Guadarranque en persona había disparado contra la puerta recién abierta y Juan Sidonio había caído contra el mamparo con un poco más de plomo en su cuerpo. Sin darme cuenta, había dejado caer mi sable, así que lo busqué a tientas en la oscuridad y encontré una empuñadura a la que me aferré como un cable ardiendo. Empezaron a escucharse jaleos por todo el navío...

    - ¡Es una trampa! - grité a Luis de Mena -.

    Cegados aún por el fogonazo de Guadarranque corrimos hacia la escalera y subimos a cubierta. Por la puerta del castillete aparecieron dos marineros armados con puñales y en cuanto nos vieron, se dirigieron hacia nosotros con cara de pocos amigos. No fue difícil deshacerse de ellos... finta, parada y estocada directa, un golpe digno de academia, sólo turbado por el extraño equilibrado del sable que empuñaba. Casi al instante, la cabeza de Guadarranque asomó por el dintel de la puerta y apuntó su arma hacia nosotros. "¡Al agua!...".

    Con grandes zancadas alcanzamos la barandilla y saltamos justo al mismo tiempo que se escuchaba el segundo tiro de Guadarranque. La bala pasó rozando mi hombro, pero sólo se trataba de un rasguño. Caímos al mar desde una altura considerable, y el aturdimiento del golpe nos hizo perder unos segundos. Rápidamente nadamos hacia la costa en la oscuridad mientras se escuchaban otros disparos desde la fragata. Guadarranque ordenó fletar una barquilla para ir en nuestra busca, pero nosotros alcanzamos antes la playa y desaparecimos entre el follaje.

    Nos tomamos un respiro y corrimos hacia nuestra propia embarcación...

    Barcos en la niebla

    Mucho tiempo después alcanzamos la barquilla que habíamos escondido y nos dirigimos al barco tiritando de frío. Cuando abordamos nuestro pesquero estaba amaneciendo, así que ordené que emprendiéramos la marcha lo antes posible. Entre la tripulación se encontraba un primo de Juan Sidonio, que lloró largamente su pérdida. Bajé al camarote a calentarme, y a la luz del candil, me fijé en el sable que había cogido en la fragata...

    Se trataba de una pieza exquisitamente trabajada, pero estaba mellado, romo en algunos sitios y manchado de sangre reseca. En la dorada empuñadura lucía el emblema de Guadix. Ahora lo comprendo todo. Guadix no se había dejado capturar, vendió cara su vida y Guadarranque simuló el cautiverio para tenderme una trampa. Mal asunto, entonces.

    El timonel puso rumbo al norte y al poco tiempo nos vimos envueltos en una intensa bruma. Parecía que no avanzábamos, pero nuestro barquito mantenía su rumbo a pesar de estar cegados por la niebla. Inesperadamente, se escuchó un cañonazo y poco después la bala cayó al agua a pocos metros de nosotros.

    - ¡Guadarranque nos persigue! ¡Timonel, rumbo Noreste! ¡Contramaestre, a toda vela!

    Pólvora y acero

    Un segundo disparo pasó rozando la vela de nuestro pesquero. No podían apuntar bien, los contornos eran difusos por la niebla y apenas si se diferenciaban las caras. Por el sonido del cañonazo se intuía la posición de la fragata perseguidora. En ese instante apareció a nuestro costado, amenazando con embestirnos. Rápidamente agarré una cuerda con gancho, até un extremo al palo mayor y lancé el otro hacia la fragata. La cuerda se tensó al momento, así que trepé por ella hacia el navío de Guadarranque.

    La cuerda se arqueaba peligrosamente al soportar mi peso, así que traté de acelerar mi escalada. De reojo, pude ver como mis hombres preparaban los mosquetes ... Alcancé la borda de la fragata y salté a su cubierta. Algunos marineros miraban hacia el pesquero, tratando de apuntar sus armas. Se escucharon algunos disparos perdidos, confiando más en el azar que en la puntería.

    Con un poco de suerte nadie me reconocería durante el tiempo suficiente para llevar a cabo mi plan. Bajé la escalera en busca de la santabárbara, pero en su lugar me di de lleno con el rostro de Guadarranque en la penumbra. Su sorpresa fue mayúscula, así que aproveché su desconcierto para lanzarle una estocada con el sable de Guadix, que esquivó a duras penas. Presto desenvainó y se puso en guardia, pero no le di tiempo para más, ataqué de arriba a abajo pero mi oponente detuvo la maniobra. Los sables chocaron una y otra vez. Guadarranque me empujaba hacia la escalera, si me obligaba a subir, estaba perdido.

    En la cubierta se escucharon disparos y algunos gritos. Instintivamente miré hacia arriba, momento que aprovechó mi enemigo para atacar con un certero movimiento. Me hice a un lado en el momento justo, pero aún así la hoja me dio de refilón en el antebrazo. No esperé más y ataqué a la desesperada con el sable por delante, pero di un mal paso y caí al suelo. Guadarranque soltó una carcajada y me puso la punta del sable en el cuello. Me miraba con odio y furia, casi era capaz de ver la ira y el fuego en sus ojos. Se recreaba en la escena, sabedor de que sólo tendría una ocasión de acabar con mi existencia.

    Pero cometió el fallo de centrar su vista en la mía, así que no vio como sacaba la pistola del cinto y le propinaba un disparo a bocajarro. El impacto le empujó hacia atrás con fuerza y cayó al suelo. No tenía tiempo que perder, corrí pasillo abajo hasta la bodega. Por el camino tuve que acabar con la vida de varios marineros que cometieron el grave error de tratar de detenerme. Por fin descubrí la pólvora... dibujé una línea por el suelo y le prendí fuego con una vela.

    Movido por el diablo, corría escaleras arriba hasta la cubierta, pasando por encima de varios cadáveres, entre ellos el de Guadarranque. Luis de Mena había cortado la cuerda que unía ambas embarcaciones y el pesquero apenas se diferenciaba en la niebla. Por segunda vez salté por la borda de la fragata y caí a la mar mientras se escuchaba una sorda explosión a mis espaldas. Tablones, astillas y maderos volaron en todas direcciones, a la vez que se iluminaba mi alrededor. Casi sin fuerzas nadé hacia donde había visto por última vez el pesquero, hasta que algo me golpeó la cabeza y quedé inconsciente.

    Duermevela

    La negrura lo invadió todo y sólo sentí frío... un frío intensísimo. Mi mente divagaba, viajaba a lomos de un caballo de pesadilla que galopaba por caminos inciertos sin llegar a ninguna parte. Se hacinaban en mi cabeza imágenes inconexas, retazos de historias inconclusas y dispares, a la vez que recuerdos (tal vez modificados) de los días anteriores. En esas memorias, la Baronesa me llamaba desde un balcón a la vez que Leonor me impedía el paso blandiendo el sable ensangrentado del Duque de Guadix. Nubarrones, cirros y cúmulos se cernían sobre ellos tejiendo una trama de posibilidades infinitas.

    De pronto desperté, ya no tenía frío. Miré a mi alrededor para comprobar que me encontraba acostado en el camarote del pesquero. Intenté levantarme pero no pude, era como si mis miembros estuvieran entumecidos, emplomados, inertes... Quise saber la hora, pero no encontré en los bolsillos el regalo de Leonor, de hecho, no llevaba la misma ropa.

    Por el ojo de buey comprobé que estaba anocheciendo (o quizás amaneciendo, no fui capaz de distinguirlo desde mi posición) y me di cuenta de que me dolía todo el cuerpo. Estaba cansado, muy cansado, y se me cerraban los ojos sin quererlo. Lentamente me venció el sueño, hasta que la oscuridad se hizo dueña de la situación.

    La Recepción

    El Conde de Oliva llega a la residencia del Duque, donde se da una recepción. Hay muchos invitados, un banquete, una orquesta de cámara... La cena es exquisita, faisán aderezado con hierbas aromáticas del lugar. Encima de la mesa cuelgan varias arañas con todas las velas encendidas.

    El Conde de Oliva está sentado en una esquina, al lado del anfitrión, quien preside la mesa, pero hay algo que le llama la atención... En la otra punta de la mesa ve a una mujer que no había visto antes, con unos impresionantes bucles cobrizos y una risa contagiosa con la que impregna el ambiente… así que no le quita ojo de encima durante toda la cena. Ella no repara en que el Conde la mira, aunque es normal, ya que está al otro lado de la larga mesa.

    Después de la cena, el anfitrión ha preparado un baile y aunque el Conde no suele bailar, piensa que por esta vez hará una excepción. Así que se acerca a la dama, mientras ella ríe rodeada de gente:

    - "Por favor, ¿sería tan amable de concederme la siguiente pieza?".

    Ella le mira con interés y le responde:

    - "Será un placer".

    Unos pasos hacia delante… Reverencia… Se cogen de la mano… Se miran y otra reverencia… Media vuelta… Unos pasos más… Se sueltan las manos… Reverencia hacia el auditorio… De cuando en cuando, el baile les obliga a acercarse más, momento que el Conde aprovecha para preguntarle:

    - "¿Cómo os llamáis?".

    Y vuelven a separarse. En el siguiente acercamiento, ella le responde:

    - "Soy la Vizcondesa de Gadir, ¿con quién tengo el honor de compartir este baile?".
    - "Con el Conde de Oliva, eternamente a su servicio".

    La siguiente pieza es lenta y aunque otros nobles se han acercado pidiendo los favores de la Vizcondesa... ella los ignora. Durante el baile no deja de sonreír y, obviamente, le contagia la sonrisa al Conde. Cruzan algunas palabras al oído hasta que la música termina. Todos miran a la orquesta y aplauden con cortesía.

    - "Conozco vuestras andanzas", dice la Vizcondesa.
    - "Son sólo escaramuzas comparadas con la aventura de conquistaros",- le responde el Conde. Si la Vizcondesa no hubiese estado maquillada, se le hubiera notado un brusco cambio de color en sus suaves mejillas.

    Así que salieron a pasear por los jardines de la hacienda del Duque. Los setos estaban laboriosamente podados con formas de animales y los parterres reproducían con flores de colores el escudo de armas del anfitrión. Durante el paseo cruzaron más susurros al oído, hasta que se escucha una voz a sus espaldas:

    - "¡No nos privéis del placer de vuestra presencia en el baile, es de mala educación desproveer al anfitrión de sus más ilustres invitados!... Vizcondesa, veo que, como siempre, sabéis elegir con gusto vuestra compañía", bramó el Duque.

    - "En efecto" - dijo la Vizcondesa, mientras volvían todos juntos al salón.

    En el interior de la estancia, el Conde no podía dejar de mirar a la Vizcondesa, y ella no podía dejar de sonreír. Mientras, el protocolo exigía que el Conde atendiera a algunos invitados importantes:

    - "Un honor volver a verle, Marqués de Viarriba… ¡Cuánto tiempo sin saber de usted, Don Álvaro!".

    El mayordomo del anfitrión se acerca al Conde para hacerle entrega de un pequeño papel:

    - "Me lo ha entregado la doncella de la Vizcondesa para vos, señor...".

    El conde se disculpa con Don Álvaro y se acerca solo a un candelabro, extiende el papel quedamente doblado. Contiene un mensaje escrito con un lápiz de plomo: "REÚNETE CONMIGO EN EL EMBARCADERO DESPUÉS DE QUE SIRVAN EL CHAMPAGNE...".

    El desenlace

    Con un aplomo tan sólo superado por su hastío, el Conde de Oliva subió las escaleras de su hacienda hacia el piso superior. Deslizaba su aterciopelado guante por el pasamanos mientras meditaba sobre todo lo que había ocurrido durante las últimas semanas. Se dejaba llevar tranquilamente por el corredor, posando la mirada en detalles del mobiliario que hasta entonces habían pasado desapercibidos, observaba con renovado interés los óleos que ornamentaban las paredes, escenas de batallas, escudos de armas y parientes lejanos hace tiempo desaparecidos iluminados por la ténue y cambiante luz de los candelabros. Llegó hasta la puerta del despacho y la abrió a la vez que consultaba el regalo de Doña Leonor, las once y media de la noche. La habitación estaba a oscuras, así que encendió una palmatoria con uno de los candelabros del pasillo y la utilizó para prender la lámpara de su escritorio. Al instante, la ricamente labrada mesa quedo sumida en una isla de luz en el oscuro mar del despacho.

    Mientras los podencos ladraban nerviosamente en el patio, se sentó frente al escritorio. Desde su estudiada posición, y a través de la ventana, podía ver con claridad el camino que llevaba hasta la cochera gracias al plenilunio, por el que regresaba uno de sus sirvientes después de poner a buen recaudo el carruaje de la Vizcondesa de Gadir. Se demoraba en su tarea, sabedor de las consecuencias que acarrearía a la postre. Depositó el reloj de plata junto a la lámpara y abrió uno de los cajones del escritorio, del que sacó unas hojas de papel marcado, papel secante, una pluma de oro y un tarrito de tinta azul, su preferida. Introdujo la pluma en la tinta, la pasó por el secante y comenzó a escribir:

    “A Su Excelencia el Duque de Sacromente:

    Estimado amigo:

    Como sabéis, en toda Europa es conocida vuestra flota por su audacia, experiencia y destreza, así como vuestra lealtad a la Corona. Me enorgullezco del privilegio que se me brinda al permitirme comandarla en calidad de Almirante y Paladín al servicio de Su Excelencia, y en última instancia, del Rey.

    Como sospechabais, la lealtad de la Casa de Guadarranque a la Corona no era tan evidente. El Marqués, mi antiguo archienemigo, me tendió una emboscada en la Isla de Alborán, cuando acudía al rescate del Marqués de Guadix en la fortaleza sarracena. Urdió una estratagema con la que pretendía eliminarme, privando así de comandante a vuestra flota. Si Guadarranque no hubiera caído junto con su fragata, sabed que el siguiente objetivo erais vos.

    Lo que aún ignoráis es la traición de la Baronesa de Aguaviva. Su esposo, el Marqués de Guadix, descubrió la conjura y trató de impedirla, y aunque cayó bajo las redes de Guadarranque, su sable aún ensangrentado demuestra que luchó como un valiente antes de morir. La Baronesa, aliada con el enemigo, ocultó la muerte de su esposo para simular el secuestro y pediros ayuda, esperando que me encomendárais la misión de rescate enviándome sin saberlo a un trágico final. Por suerte, ya estaba sobre aviso gracias a las confidencias de la joven Doña Leonor de Aguaviva.

    Por los salones de la corte pululan los peones de esta trama y todavía desconozco quien prepara el pronunciamiento en última instancia, aunque sospecho del mismo hermano del Rey. Temo que aún reste una última maniobra de los traidores, un intento a la desesperada de conseguir sus fines.

    Os ruego que seáis tan amable de informar a Su Majestad del complot que he descubierto. Actuad con tranquilidad para no levantar sospechas y sed cauteloso.

    Sin más, me despido.

    Ramiro de Ordóñez y Ofrentes, Conde de Oliva.”

    Los perros seguían inquietos, tal vez por la luna llena. Dobló cuidadosamente la misiva y la introdujo en un sobre que cerró con lacre. Posteriormente estampó su sello, y durante un rato observó el sobre cerrado. Decidió enviar también una copia al Rey, por si el mensajero a Sacromonte fuese interceptado por los agentes de la Baronesa.

    Entonces fue cuando percibió su olor... sólo durante un momento, un perfume intensísimo y característico, inconfundible, único. Acto seguido sonó un disparo y Ramiro apretó los ojos con fuerza, entregándose involuntariamente al olvido.

    Pero ¿qué había ocurrido? Notó que no estaba herido, así que se levantó de la silla y se dio media vuelta para comprobar que la Baronesa de Aguaviva estaba tendida en el suelo, con una daga en la mano y una herida en la espalda. Alrededor de ella empezaba a formarse un charco de sangre escarlata. Junto a la puerta se encontraba la Vizcondesa de Gadir, con una pistola aún humeante en las manos y expresión asustada en el rostro. Luego se desmayó...

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    1. Moño Patricia Conde
      Por xikitina en elKonsultorio de Belleza, Estética y Moda
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      Último mensaje: 17/07/2009, 17:56
    2. pintarse los ojos como la patricia conde xD
      Por Tabitha en elKonsultorio de Belleza, Estética y Moda
      Respuestas: 11
      Último mensaje: 24/04/2008, 16:35
    3. Mari Conde Playa
      Por Administrador en Humor eK
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      Último mensaje: 29/11/2006, 20:20
    4. Oliva o alrededores(Valencia!^^)
      Por África* en El Cafelito
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      Último mensaje: 04/06/2005, 21:12
    5. aceite de oliva
      Por Taty en elKonsultorio de Belleza, Estética y Moda
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      Último mensaje: 14/09/2004, 11:39