Mi historia no tiene principio definido, pero seguramente sí final. O eso espero.
Llegará el día en que sonreir no suene a obligación, en que mirarme al espejo no me recuerde lo que no puedo tener. Que levantarse por las mañanas, no suponga un esfuerzo, y no tenga que pensar un '¿para qué?' sino un 'Hoy será estupendo'.
Que no pensaré que estoy loca, sino que soy especial. No viviré de recuerdos, y trataré de forjarme unos buenos para el futuro. Sentiré que puedo querer y que me quieran sin desear esconderme y salir huyendo.
No me dará pánico sentir ese dolor y que sea tan fuerte que no pueda hacer nada para evitarlo. No me dará vergüenza hablar con la gente de lo que pienso.
Y sobre todo, nunca más volveré a sentir que estoy sola. Porque no lo estaré.
Y hasta ese día, seguiré aguantando ese dolor que no se va, esas ganas de desaparecer, de que todo el mundo se olvide de mí, y yo pueda irme sin tener cargos de conciencia. Ese día, estarás otra vez aquí.
Pero no llega, nunca llega. A veces pienso que nunca llegará, que será siempre así, un dolor continuo y sordo que no me deja vivir ni disfrutar. Espero y espero.
Y ahora viene la noche, a la que tanto temo. Mi sueño, lejos de ser apacible y fácil, se convierte en algo difícil de conseguir, lleno de pesadillas que me ahogan. La llegada de mañana no será muy distinta, otra pesadilla más. Que se acabe, por favor, que se acabe ya.