Frases de Libros.

  1. #196
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    Veronica decide morir, Paulo Coelho
    "Nada en este mundo sucede por casualidad".

    "La vida es una cuestión de esperar siempre la hora adecuada para actuar".

    "Todo acaba con la muerte. Por eso había escogido el suicidio: la libertad, por fin. El olvido para siempre".

    "Si Dios existe, lo que yo sinceramente no creo, sabrá que el entendimiento del hombre tiene un límite. Fue él quien creó este caos, donde reinan la miseria, la injusticia, la codicia, la soledad. Su intención debe de haber sido excelente, pero los resultados son nefastos.
    Si Dios existe, él será generoso con las criaturas que deseen alejarse lo más pronto de esta tierra, y puede ser que hasta llegue a pedir disculpas por habernos obligado a pasar por aquí".

    "Nadie puede juzgar. Solo uno sabe la dimensión de su propio sufrimiento, o de la ausencia total de sentido de su vida".

    "Loco es quien vive en un mundo propio, osea, personas diferentes a las demás".

    "La locura es la incapacidad de comunicar tus ideas".

    "Las personas son incapaces de entender la felicidad".

    "Podemos cometer muchos errores en nuestras vidas, menos uno: aquel que nos destruye".

    "Tu eres el único hombre sobre la faz de la Tierra por el cual me podria apasionar. Simplemente porque cuando yo muera, tu no sentirías mi ausencia".

    "¡Ah, si todos pudiesen conocer y convivir con su locura interior! ¿Sería peor el mundo? No, las personas serán más justas y felices".

    "Cuando todos sueñan solo algunos pocos realizan, el mundo entero se siente cobarde".

    "Todas las personas tienen un perfil sexual diferente, tan distinto como sus huellas digitales: nadie quería creerlo. Era muy arriesgado ser libre en la cama, con miedo de que el otro fuese aun exclavo de sus prejuicios".

    "Porque hasta la más furiosa de las locuras carga su dosis de miedo. Solo quien ha pasado por esto sabe que no es tan terrible como parece".

    "Hay cosas en la vida que, no importa del lado que las veamos, continuana siendo siempre las mismas, y valen para todo el mundo. Como el amor por ejemplo".

    "Todos nosotros vivimos en nuestro propio mundo. Pero si tu miras hacia el cielo estrellado, verás que todos estos mundos diferentes se combinan, formando constelaciones, sistemas solares y galaxias".

    "Mucha gente no se permite amar precisamente por ese motivo; porque hay muchas cosas, mucho futuro y mucho pasado en juego. En tu caso existe unicamente el presente".

    "Cada ser humano es único, con sus propias cualidades, instintos, formas de placer, busqueda de aventura. Pero la sociedad termina imponiendo una manera colectiva de actuar, y las personas no se detienen para preguntarse porque es necesario que se comporten así. Se limitan a aceptarlo".

    "Esta es la única razón por la cual yo viné al mundo, hacer que tu retomases el camino que interrumpiste. ¡No hagas que yo sienta que mi vida fue inútil!".

    "Tengo mucho sueño, pero no quiero dormir, tengo mucho que hacer, cosas que siempre dejé para el futuro, cuando pensaba que la vida era eterna".

    "Puedo conseguir nuevos amigos y enseñarles a ser locos, para que sean sabios.Les diré que no sigan el manual de la buena conducta, sino que descubran sus propias vidas, deseos, aventuras y ¡que vivan!".

    "En el fondo, la culpa de todo lo que sucede en nuestras vidas es exclusivamente nuestra. Muchas personas pasaron por las mismas dificultades que nosotros y reaccionaron de maera diferente".

    "Cuando me necesites, no me llames, escúchate a ti mismo y notarás que estoy contigo".

    "Lo locos, como los niños, solo desisten de su actitud cuando ven satisfechos sus deseos".

    "Existe una gran distancia entre la intención y el acto".

    "Creen que son normales porque todos hacen lo mismo".

  2. #197
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    Los pilares de la tierra

    [...]A Jack le atrajeron sobremanera aquellos nuevos elementos en las historias, y al domingo siguiente se embarcó en un poema nuevo, fruto de su imaginación.
    Era un día caluroso de finales de Agosto. Aliena calzaba sandalias y lucía un ligero vestido de lino. El bosque estaba muy quieto y silencioso, salvo por el rumor de la cascada y las modulaciones de la voz de Jack. La historia comenzó, de modo convencional, con la descripción de un valeroso caballero, alto y fuerte, poderoso en el campo de batalla y armado con una espada mágica. Le habían asignado una tarea difícil, la de viajar hasta un lejano país oriental y llevar consigo a su regreso una vid que daba rubíes. Pero pronto se desviaba del modelo habitual. El caballero moría y la historia se centraba en un escudero, un joven de diecisiete años, valiente y sin dinero, que estaba perdidamente enamorado, sin la menor esperanza, de la hija del rey, una princesa muy bella. El escudero juró llevar a cabo la tarea que había sido confiada a su señor, aun cuando era joven e inexperto, y sólo tenía un poni y un arco.
    En vez de vencer al enemigo con el tremendo golpe de una espada mágica, como era lo usual en tales historias, el escudero luchaba desesperadas batallas perdidas y sólo ganaba a la suerte o por su candidez, y solía escapar a la muerte por un pelo. A menudo le atemorizaban aquellos a quienes se enfrentaba, a diferencia de los valientes caballeros de Carlomagno, pero jamás retrocedía ante su misión. De cualquier forma, para su tarea, al igual que para su amor, no había esperanza.
    Aliena se sintió más cautivada por el denuedo del escudero de lo que lo había estado por el poderío de su señor. Se mordisqueaba con ansiedad los nudillos cuando el protagonista del poema cabalgaba por terreno enemigo, soltaba exclamaciones entrecortasdas al escapar por milagro a la espada de un gigante y suspiraba cuando apoyaba la cabeza para dormir y soñar con la lejana princesa. Su amor por ella parecía irrevocablemente unido a su carácter indomable.
    Al final, regresó con la vid que daba rubíes, asombrando a toda la corte.
    - Pero al escudero le importaban poco-dijo Jack con expresión desdeñosa- todos aquellos barones y condes. Sólo le interesaba una persona. Aquella noche se deslizó hasta su habitación burlando a los guardias con un astuto ardid que había aprendido durante su viaje a Oriente. Logró llegar al lecho de la princesa y contemplar el rostro de ésta. -Miró a Aliena a los ojos y añadió-: La princesa se despetó de inmediado, pero no sintió temor. El escudero tendió el brazo y le cogió la mano con cariño.
    Jack representó la historia y, cogiendo la mano de Aliena, la retuvo entre las suyas. La joven se sentía tan fascinada por la intensidad de su mirada y la fuerza del amor del escudero, que apenas si se dio cuenta de que le tenía sujeta la mano.
    - El escudero -prosiguió Jack- dijo a la princesa: <<Te amo con todo mi corazón>>. Y la besó en los labios.
    Tras pronuncias estas palabras, Jack se inclinó y besó a Aliena. Sus labios la rozaron tan levemente que ella apenas se percató. Sucedió todo con suma rapidez y Jack reanudó al punto la historia:
    - La princesa se quedó dormida -continuó.
    ¿Ha sucedido de veras?, se preguntaba entretanto Aliena; ¿me ha besado Jack? Apenas podía creerlo, pero todavía sentía el contacto de su boca sobre la de ella.
    - Al día siguiente, el escudero preguntó al rey si podía casarse con la princesa como recompensa por haberle llevado la vid que daba rubíes.
    Aliena llegó a la conclusión de que Jack la había besado sin darse cuenta. Sólo formaba parte de la historia. Ni siquiera se ha enterado de lo que ha hecho. Será mejor que me olvide de ello, se dijo.
    - El rey se negó. El escudero quedó con el corazón destrozado. Todos los cortesanos rieron. Aquel mismo día, el escudero abandonó el país a lomos de su poni. Pero juró que un día volvería y que ese día se casaría con la hermosa princesa.
    Jack calló y soltó la mano de Aliena.
    - ¿Y qué ocurrió entonces? -le preguntó ella.
    - No lo sé -contestó Jack-. Todavía no lo he pensado.
    .. Pedras no meu caminho? Guardo todas e faço castelos ..

  3. #198
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    "Eta etxeko atea jo dudanean, libelulak trzzz egin du berriro, baina trzzz arraro bat. Eta atea ez dit amak zabaldu, izeko Rosak zabaldu du. Eta sukaldean ere ez zegoen ama. Sukaldean osaba Pedro zegoen eta izeko Rosa eta andre bi ezagutzen ez ditudanak. Eta nik libelula erakutsi nahi nion aitari, eta esan nahi nion Madagaskarrera joateko. Horregatik galdetu diot osaba Pedrori Non dago aita, osaba? Logelan? Eta osaba Pedrok esan dit trenean joan dela aita, ze gu estazio ondoan bizi gara, eta esan dit urrun joan dela eta denbora asko egongo garela ikusi gabe. Eta izeko Rosa guri begira zegoen eta osabari esan dio Ez, Pedro, holan ez. Eta gero esan dio Esan egia umeari, Eta osabak bastoia mugitu du eta esan dit Hil egin da aita gaur goizean. Eta nik ez dut jakin nora begiratu eta libelulari begeriatu diot, eta ez zuen trzzz egiten eta kolore gutxiago zeukan. Eta potea mugitu dut, baina libelulak ez du trzzz egin. Eta arinago mugitu dut potea, eta hego bat apurtu zaio libelulari, baina ez du trzzz egin eta ez du ezer egin. Eta hor ikusi dut libelulak ere hil egiten direla. Eta hor ikusi dut aitak ere hil egiten direla, libelulak bezala. Eta amak ere bai. Eta umeak ere bai. Eta izeko Rosak esan dit Goazen, eta Maloenara etorri gara, eta Maloenakoak bazkaltzeko zeuden eta apur bat arduratuta nigatik. Eta izeko Martinak zopa bota dit platerera, fideo lodiekin."


  4. #199
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    De que libro es eso, Hotzikara?

  5. #200
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    Vredaman, lo pone en su mensaje. De Unai Elorriaga, autor también de SP-rako tranbia, base de la reciente película Un poco de chocolate.

  6. #publi
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  7. #201
    Avatar de Khaleesi ...
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    "-Sabes que te quiero.
    -Lo sé - musitó él mientras me sujetaba al instante por la cintura-. Y tú sabes cuánto me gustaría que eso fuera suficiente.
    -Sí.
    -Siempre estaré esperándote entre bastidores, Bella -me prometió mientras alegraba el tono de voz y aflojaba su brazo. Me alejé con una sorda y profunda sensación de pérdida, tuve la desgarradora certeza de que dejaba atrás una parte de mí, que se quedaba ahí, en la cama, a su lado-. Siempre vas a tener un recambio si algún día lo quieres.
    Hice un esfuerzo por sonreír.
    -Hasta que mi corazón deje de latir."


    Eclipse - Stephenie Meyer

    Peléate con el árbitro, cambia las reglas, haz trampas, no olvides tus heridas, pero juega...como si no hubiera un mañana. No se trata de ganar o perder sino de cómo juegas.

  8. #202
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    El principito:

    Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, ya desde las tres comenzaré a estar feliz. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. Al llegar las cuatro, me agitaré y me inquietaré; descubriré el precio de la felicidad ! Pero si vienes en cualquier momento, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón... Es bueno que haya ritos.

    A tres metros sobre el cielo:

    -Nunca habia sido tan feliz en toda mi vida
    -¿Tan feliz como para tocar el cielo con un dedo?
    -No, mucho mas. Al menos a tres metros sobre el cielo.

    Perdona si te llamo amor:

    Y comprender que tal vez amar es otra cosa. Es sentirse ligeros y libres. Es saber que no pretendes apropiarte del corazón del otro, que no es tuyo, que no te toca por contrato. Debes merecerlo cada día. Y se lo dices. Se lo dices a él. Y eres consciente de que hay respuestas que quizá deben cambiarse. Es preciso partir para volver a encontrar el camino. Fabio que me mira enfadado, de pie, ante el portal. Y dice que no, que me equivoco, que somos felices juntos. Me coge por un razo, me lo aprieta con fuerza. Porque cuando alguien a quien quieres se te va, intentas detenerlo con las manos, y esperas poder atrapar así también su corazón. Pero no es así. El corazon tiene piernas que no ves.



    Pequeña aportacion^^




  9. #203
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    Los Renglones Torcidos de Dios, T. Luca de Tena

    - ¿Es usted don Samuel Alvar?
    - No, señora. Soy su ayudante. El director está ausente.
    Ella se inclinó hacia él. En el bolsillo de su bata blanca estaba bordado su nombre con hilo azul. <<Doctor Teodoro Ruipérez>>.
    El médico hizo una pausa, tosió, tragó saliva.
    - Dígame, señora: ¿sabe usted qué casa es ésta?
    - Sí, señor. Un manicomio -respondió ella dulcemente.
    - Ya no lo llamamos así -corrigió el doctor con más aplomo-, sino sanatorio psiquiátrico. Sanatorio -insistió separando las sílabas. Es decir, un lugar para sanar. ¿Puedo hacerle unas preguntas, señora?
    - Para eso está usted ahí, doctor.
    - ¿Querrá usted responderme a ellas?
    - Para eso estoy aquí.
    El doctor trazó, como al desgaire, unas palabras en un bloque: <<aplomo>>, <<seguridad en sí misma>>, <<un dejo de insolencia..>>. Intentó conturbarla.
    - No ha contestado directamente a mi pregunta. ¿Qué es lo que le pregunté?
    - Que si querré responder a su interrogatorio. Y mi respuesta es afirmativa. Soy muy dócil, doctor. Haré siempre lo que se me ordene y no daré a nadie quebraderos de cabeza.
    - Es un magnífico propósito -dijo sonriendo el médico-. Su nombre de soltera es..
    - Alice Gould, como el de una famosa historiadora americana, pero es pura coincidencia. Ni siquiera somos parientes.
    - ¿Nació usted?
    - Plymouth (Inglaterra), pero he vivido siempre en España y soy española de nacionalidad. Mi padre era ingeniero y trabajaba al servicio de una compañía inglesa, en las Minas del Río Tinto, que, en aquel tiempo, eran de capital británico. Aquí se independizó, prosperó y se quedó para siempre. Y aquí murió.
    - Hábleme de él.
    - Poseía un gran talento. Era un hombre excepcional.
    - ¿Se llevaban ustedes bien?
    - Nos queríamos y nos apreciábamos.
    - ¿Qué difenrencia ve usted entre esos dos sentimientos?
    - El primero indica amor. El segundo, estimación intelectual: es decir, admiración y orgullo recíprocos.
    - ¿Su padre la admiraba a usted?
    - Ya he respondido a esa pregunta.
    - ¿Se sentía orgulloso de usted?
    - No me gusta ser reiterativa.
    - Hábleme de su madre.
    - Sé muy poco de ella, salvo que era bellísima. Murió siendo yo muy niña. Se llamaba Alice Worcester.
    - ¿Tiene usted parientes por su rama materna?
    - No.
    - ¿En qué año murió su padre¿
    - Hace dieciséis. Al siguiente de mi matrimonio.
    [...]
    - Dígame, señora. ¿Cuántos hijos tiene usted?
    - No tengo hijos.
    - Hábleme de su marido. ¿Es el suyo un matrimonio feliz?
    - Mi marido y yo estamos muy compenetrados. Compartimos sin un mal gesto, desde hace dieciséis años, el tedio que nos producimos.
    - ¿Su nombre es..?
    - Alice Gould: ya se lo dije.
    - Me refiero al de su esposo.
    - Amenara. Heliodoro Almenara.
    - ¿Qué estudios tiene?
    - Él dice que estudió unos años de Derecho. No lo creo. Es profundamente ignorante.
    - ¿A qué se dedica?
    - A perder mi dinero en el póquer y a jugar al golf.
    - Y usted, señora, ¿qué estudios tiene?
    - Soy licenciada en Ciencias Químicas.
    - ¿Se dedica usted a la investigación?
    - Usted lo ha dicho, doctor. Pero no a la investigación científica, sino a otra muy distinta: soy detective diplomado.
    - ¡Ah! -exclamó con simulada sorpresa el médico -.¡Qué profesión más fascinante!
    Pero lo que verdaderamente pensaba es que no había tardado mucho la señora de Almenara en declarar uno de sus delirios: creerse lo que no era. Pretendió ahondar algo en este tema.
    - Realmente fascinante... -insistió el doctor.
    - En efecto: lo es -confirmó Alice Gould con energía y complaciencia.
    - Dígame algo de su profesión.
    - ¡Ah, doctor! Su pregunta es tan amplia como si yo le pidiera que me hablara usted de la Medicina...
    - Reláteme alguna experiencia suya en el campo de la investigación privada. Seguramente serán muchas y del máximo interés.
    - Cierto, doctor. Son muchas e interesantísimas. Pero todas están incursas en el secreto profesional.
    [...]
    - Tengo verdadera curiosidad -dijo el médico mirando al techo- de saber cómo se decidió a profesionalizarse en un campo tan poco usual en las mujeres.
    - Muy sencillo, doctor. Yo soy muy británica. No tengo hijos. Odio el ocio. En Londres, las damas sin ocupación se dedican a escribir cartas a los periódicos acerca de las ceremonias mortuorias de los malayos o a recolectar fondos para dar escuelas a los patagones. Yo necesitaba ocuparme en algo más directo e inmediato; en algo que fuera útil a la sociedad que me rodeaba, y me dediqué a combatir una lacra: la enfermedad.
    - Dígame, señora de Almenara, ¿trabaja usted en su casa o tiene despacho propio en otro lugar?
    - Tengo oficina propia y estoy asociada con otros detectives diplomados que trabajan a mis órdenes.
    - ¿Dónde está situada exactamente su oficina?
    - Calle Caldanera, 8, duplicado; escalera B, piso sexto, apartamento 18. Madrid.
    - ¿Conoce su marido el despacho donde usted trabaja?
    - No.
    - ¡Es asombroso!
    Alice Gould le miró dulcemente a los ojos.
    - ¿Puedo hacerle una pregunta, doctor?
    - ¡Hágala!
    - ¿Conoce su señora este despacho?
    El médico se esforzó en no perder su compostura.
    - Ciertamente, no.
    - ¡Es asombroso! -concluyó Alice Gould, sin extremar demasiado su acento triunfal.
    [...]
    - ¿Conoce usted, señora, con exactitud las razones por las que se encuentra aquí?
    - Sí, doctor. Estoy legalmente secuestrada.
    - ¿Por quién?
    - Por mi marido.
    - ¿Es cierto que intentó usted por tres veces envenenar a su esposo?
    - Es falso.
    - ¿No reconoció usted ante el juez haberlo intentado?
    - Le informaron a usted muy mal, doctor. No estoy aquí por sentencia judicial. Fui acusada de esa necedad no ante un tribunal sino ante un médico incompetente. Jamás acepté ante el doctor Donadío haber hecho lo que no hice. Del mismo modo que nunca confesaré estar enferma, sino <<legalmente secuestrada>>.
    - ¿Fue usted misma quién preparó los venenos?
    - Es usted tenaz, doctor. De haberlo querido hacer, tampoco hubiera podido. Pues lo ignoro todo acerca de los venenos.
    - ¡Realmente extraño en una licenciada en Químicas!
    - Doctor. No sería imposible que durante mi estancia aquí tuvieran que operarme de los ovarios. ¿Sería usted mismo quien me interviniese?
    - Imposible, señora. Yo no entiendo de eso.
    - ¿No entiende usted? ¡Realmente extraño en un doctor en Medicina!
    - Mi especialización médica es otra, señora mía.
    - Señor mío: mi especialización química es otra también.
    Rió la nueva reclusa sin extremarse y el doctor se vio forzado a imitarla, pues lo cierto es que lo había dejado sin habla. De tonta no tenía nada. Podría ser loca; pero estúpida no.
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  10. #204
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    Los Renglones Torcidos de Dios, T. Luca de Tena

    [...]
    - Antes de concluir, señora de Almenara, ya que la están esperando para realizar algunos trámites previos a su ingreso, quisiera expresarle una perplejidad. Es evidente que está usted dotada de una clara inteligencia y que posee además una especialización profesional que la habilita para descubrir las argucias, las trampas, los engaños con que se enmascaran los delincuentes. ¿Cómo es posible que en esta lucha entablada entre ambos el inferior haya logrado imponerse al superior?
    Alice Gould se sonrojó visiblemente. Con todo, su contestación fue fulminante:
    - Le responderé con otra pregunta, doctor: ¿eran Anás y Caifás superiores a Cristo?
    El médico no supo qué decir. La réplica de la mujer lo cogió por sorpresa.
    - ¡Y no obstante le crucificaron! - concluyó Alice Gould.




    [...]
    - Hay algo, señora de Almenara, que quisiera advertirle. Apenas cruce esa puerta entrará usted en un mundo que no va a serle grato.
    - Si hubiera podido escoger -dijo ella sonriendo- habría reservado plaza en el hotel Don pepe, de Marbella, y no aquí.
    Sin hacer caso de su sarcasmo, Ruipérez prosiguió:
    - No toleramos que unos pacientes hieran, humillen o molesten voluntariamente a los demás. Si un enfermo, por ejemplo, sufre alucinaciones y cree ver al demonio, no toleramos que otro u otros, por mofarse de él, le asusten con muñecos o dibujos alusivos al diablo. Los castigos que imponemos a quienes hacen eso son muy duros.
    - Hacen ustedes muy bien.
    - Hay un recluso -insistió el médico- que tiene horror al agua. El verla le produce pánico, vómitos, e incluso se defeca encima: tal es el pavor que siente al verla. Otro recluso, apenas lo supo, le echó un balde de agua a los pies. Se le encerró en una celda de castigo, se le alimentó con salazones y se le privó de agua durante un mes, salvo la absolutamente necesaria para evitar su deshidratación. No volvió a hacerlo más.
    - Me parece un método excelente, doctor Ruipérez. Los locos son como los niños. No puede convencérseles con razones porque, al carecer de razón, son incapaces de razonar.
    Última edición hecha por cнeĸeтeĸα, 01/09/2008 a las 22:43.
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  11. #205
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    Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

    Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio.

    Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura.

    Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella.

    Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mi como una luna en el agua.

    Rayuela. Julio Cortazar
    Que no sólo conozco su última pesadilla,
    también las mil anteriores,
    y yo sí que no tengo cojones a decirle que no a nada,
    porque tengo más deudas con su espalda
    de las que nadie tendrá jamás con la luna.

  12. #206
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    "El primero de la estirpe esta debajo de un arbol, y al ultimo se lo estan llevando las hormigas..." Cien años de soledad Gabriel García Marquez
    Que no sólo conozco su última pesadilla,
    también las mil anteriores,
    y yo sí que no tengo cojones a decirle que no a nada,
    porque tengo más deudas con su espalda
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  13. #207
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    ¡Olvidarla! Usted forma parte de mi existencia, de mi propio ser. Ha figurado en cada una de las líneas que he leído, desde que vine aquí por primera vez, cuando era un chico vulgar, cuyo pobre corazón ya laceró en aquel entonces. Usted siempre ha formado parte de todas las esperanzas que he tenido desde aquel día... en el río, en las velas de los barcos, en los pantanos, en las nubes, en la luz, en la oscuridad, en el viento, en los bosques, en el mar, en las calles. Ha sido usted la encarnación de toda la graciosa fantasía que mi espíritu llegó a forjar... (.)... Hasta la última hora de mi vida, Estella, no podrá usted evitar que siga formando parte de mí mismo, parte del poco bien o mal que exista en mí. Pero en esta separación que usted me anuncia, sólo la asocio con el bien, y la recordaré fielmente confundida con él, porque a pesar del profundo dolor que ahora siento, usted debe haberme hecho más bien que mal. ¡Oh Estella, Dios la bendiga y la perdone!

    Grandes esperanzas Charles Dickens
    Que no sólo conozco su última pesadilla,
    también las mil anteriores,
    y yo sí que no tengo cojones a decirle que no a nada,
    porque tengo más deudas con su espalda
    de las que nadie tendrá jamás con la luna.

  14. #208
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    Los Renglones Torcidos de Dios, T. Luca de Tena

    [...]
    Tan abstraída estaba Alicia al contemplarla, calibrando cuánto duraría aquel ejercicio, que tardó en notar, y más tarde en entender, qué significaba un pegajoso calor que notó en sus asentaderas. Volvióse y quedó paralizada al ver junto a ella al chepudo de las grandes orejas, palpándole impúdicamente las nalgas.
    - No llevas corsé...- dijo éste con voz tartajosa, y acentuando su sonrisa.
    - Mi mamá sí lo llevaba. Y Conrada también. Y Roberta también. Pero la Castell, no. Y la duquesa tampoco. Y tú tampoco.
    No tuvo tiempo de tranquilizarse al considerar que su trasero no era el objetivo exclusivo del gnomo, especializado, por lo que oía, en palpaciones similares, pues un individuo de no más de treinta y pocos años -hombretón atlético, bien conformado y físicamente atractivo- alzó al orejudo por las axilas y lo echó de allí.
    - ¡Vete de aquí, lapa, que eso eres tú: una lapa! ¿No sabes distinguir lo que es una señora, de las putas, como tu madre?
    Alicia, que se sintió halagada por la primera parte de la regañina, al oírse llamar <<señora>>, a pesar de su atuendo, quedó aterrada por la dureza de la segunda. Le parecía atroz y cruel tratar así a un débil mental, como sin duda lo era el de las grandes orejas, a pesar de que éste no pareció enfadarse, y se alejó, riendo más que nunca, en busca de nuevas nalgas.
    [...]
    - No me juzgue mal, señora, si le he parecido demasiado duro -dijo el recién llegado-. Y usted no dude en abofetearle si lo repite. Le sirve de lección, no se enfada y no es reincidente con quienes le castigan. ¿Me permite que me siente junto a usted?
    - Por favor.. ¡hágalo!
    - Antes le ofrecí un cigarrillo y me lo rechazó. ¿Puedo ofrecérselo ahora?
    - Se lo agradezco mucho -respondió Alicia, aceptándolo.
    - ¿Es usted nueva?
    - Sí.
    - Me llamo Ignacio Urquieta. Ya soy veterano.
    - Mi apellido es Almenara. Alicia de Almenara -dijo ésta. Y en seguida añadió-: Perdón por la pregunta: ¿Es usted médico o enfermero?
    - ¡Gracias! -exclamó él riendo-. No, señora. Soy solamente el más peculiar de los locos que hay aquí. Y mi peculiaridad consiste en saber y en confesar que lo soy. Porque ninguna de esas <<piezas de museo>> que tiene usted enfrente, lo confiesa... y yo sí. ¿Usted tampoco está enferma, verdad?
    - No -respondió secamente Alicia.
    - ¿Ve usted? ¡Sigo siendo la excepción!
    Alicia enrojeció vivamente y, obedeciendo a un impulso que no pudo dominar, se levantó y dejó con la palabra en la boca a Ignacio Urquieta,[...]




    [...]
    La víspera, en la conversación que mantuvo con el doctor Ruipérez, empleó una expresión cruel para referirse a los allí residentes: <<su pequeña colección de monstruos>>, le dijo al médico. Mas ahora comprendía que su definición era exacta: triste y dolorosamente exacta: aquello era un museo de horrores, un álbum vivo de esperpentos, un gallinero de excentridades, pero eran seres humanos: no árboles ni bestias. En algún lugar y un tiempo desconocidos tuvieron unos padres, un hogar y una cuna. <<¡No es horror, Alice Gould, lo que deben producirte -se recriminó-, sino una sincera compasión y un gran afán de ayudarlos! ¡No dudes en mirarlos de frente! ¡Sonríeles, Alice Gould!>>.
    .. Pedras no meu caminho? Guardo todas e faço castelos ..

  15. #209
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    Los Renglones Torcidos de Dios, T. Luca de Tena

    [...]
    En estas cavilaciones andaba cuando advirtió frente a ella la cara sonriente y amical de Ignacio Urquieta.
    - Le debo una explicación, Señora de Almenara.
    - Tal vez haya estado un poco brusca al levantarme tan intempestivamente -se disculpó ella.
    - Sentiría de verdad haberla molestado. Tuve la intuición de que usted y yo llegaríamos a ser amigos y ...
    - ¡Seremos amigos! -exclamó Alicia-. No hablemos más del tema. Además, le necesito a usted para que me aclare algunas cosas. He visto un niño, muy guapo chico, que se dedica a imitar a todo el mundo. Y más lejos, otro igual, sólo que más pacífico. ¿Son hermanos gemelos?
    - Sí. Pero ellos lo niegan o fingen no saberlo. Sus padres eran ambos oligofrénicos. No sé quién tuvo la humorada de bautizarlos Rómulo y Remo.
    - ¿Cuál es Rómulo?
    - El mimético: el imitador. El otro, el que no molesta a nadie, es Remo.
    - ¿Y no se reconocen como hermanos entre sí?
    - No. Rómulo dice que su <<hermanita>> es la <<Niña Oscilante>> y, en cuanto se agota de hacer gansadas, se sienta junto a ella y le da conversación y le mima.
    - ¿Y es su hermana verdaderamente?
    - ¡No: en absoluto! Pero él lo cree así y mataría a quien le contradijese.
    - ¿Ha dicho usted <<mataría>>? ¿No es exagerado afirmar eso?
    - No. No es exagerado.
    [...]
    - Parece usted distraída, Alicia.
    - En efecto, lo estaba. Le ruego me disculpe.
    - Quiero hacerle una pregunta. Ahora vamos a desayunar. No tardarán en avisarme. De entre toda esta tropa que le rodea, ¿junto a quién le gustaría sentarse?
    - ¡Junto a usted, desde luego! Pero no se envanezca. La verdad es que tengo un poco de miedo. ¿Hay un sitio libre en su mesa?
    - No; no lo hay. Pero eso lo arreglaremos en seguida. Venga conmigo.
    Cruzaron unos metros, e Ignacio se acercó al hombre que lloraba. Le colocó amistosamente las manos en los hombros.
    - ¿Cómo van esas penas, don Luis?
    - Mal... muy mal -respondió éste.
    - ¡Vamos, vamos, levante este ánimo! ¡De cuando en cuando conviene pensar en cosas alegres!
    El llamado don Luis alzó los ojos con tal expresión de gratitud, que Alicia no pudo por menos de admirarse.
    - Lo que me consuela -dijo- es saber que tengo buenos amigos como usted, que me aprecian y me comprenden.
    - Esta tarde le contaré el chiste más gracioso que he oído en mi vida. ¡Le juro que le haré reír a usted!
    El hombre sonrió y dejó de llorar.
    - ¡Cuéntemelo ahora!
    - No. Porque quiero presentarle a esta amiga mía, que ingresó ayer en el hospital. Don Luis Ortiz... ésta es Alicia, señora de Almenara.
    Don Luis se puso muy ceremoniosamente en pie e inclinó la cabeza.
    - No le doy a usted la mano -dijo sombríamente el hombre- porque usted no merece que yo la contamine. Si hubiese justicia en el mundo -añadió-, mis manos debían haber sido cortadas hace mucho tiempo.
    Y no pudiendo evitarlo, rompió de nuevo a sollozar.
    - ¿Cómo se atreve usted a llorar en este momento? -protestó Urquieta-. ¿No es un motivo de alegría contar entre nosotros con una señora tan atractiva?
    - Tiene usted razón -dijo don Luis, pasando del llanto a la risa-: la señora es muy guapa y de ella puede decirse lo de la canción: <<que sólo con mirarla, las penas quita>>.
    - Es usted muy galante, señor Ortiz -dijo Alicia, esforzándose en sonreir.
    Y el señor Ortiz la miró con tan sincera gratitud como antes a Ignacio.
    - Quiero pedirle un favor, don Luis -dijo éste-. Que ceda usted su puesto en mi mesa a la señora de Almenara. Ya le he dicho que somos antiguos amigos.
    - Pues no hablemos más. Concedido. Ya sabe usted que aunque vil y miserable, agradezco mucho sus consuelos.
    (Y tenía razón <<el Caballero Llorón>>. Tan consolado quedó de la ligera muestra de amistad de Ignacio Urquieta, que tardó más de una hora en volver a sollozar.)
    [...]
    La mesa que había ocupado Alice Gould estaba en el último rincón -y no por azar, como supo muchos días después-. En ella se sentaban Carolo Bocanegra (que no era un apodo, sino nombre verdadero) y una muchacha de facciones correctas, algo inhibida y de pocas palabras. Al ir a sentarse, Ignacio protestó cortésmente.
    - Perdón, Alicia, debe usted sentarse enfrente de mí. Yo... por razones especiales, tengo reservado este puesto.
    Obedeció, de suerte que ella quedó de cara al inmenso refectorio, y Urquieta de espaldas a la sala y sin visibilidad, por tanto, respecto a los demás comensales.
    - Me temo -dijo Ignacio- que el peso de la conversación recaerá exclusivamente sobre nosotros, porque aquí la señorita Maqueira habla muy poco y el señor Bocanegra, aquí presente, es mutista.
    - Hablo poco -protestó la joven- por culpa de la insulina.
    (Y, en efecto, no abrió la boca a partir de entonces más que para comer, y con gran apetito por cierto.)
    - ¿Qué quiere decir mutista? -preguntó tímidamente Alicia dirigiéndose a Carolo.
    Ignacio respondió por él.
    - Mutistas son los que no hablan.
    - ¿No puede usted hablar? -preguntó, asombrada, Alicia al señor Bocanegra.
    El hombre sacó un cuadernillo de hule que llevaba siempre en el bolsillo, y escribió a grandes rasgos con un rotulador naranja: <<Sí puedo, pero no me da la gana>>.
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  16. #210
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    Los Renglones Torcidos de Dios, T. Luca de Tena

    El doctor Arellano era un hombre de mediana edad, pelo canoso y abundante, cara ancha y sonriente, nariz gruesa y unos grotescos lentes de pinza y cristales sin montura, que se ponía y quitaba constantemente mientras hablaba para humedecerlos de vaho y limpiarlos después con una pequeña gamuza. <<Si no fuera por esos lentes -pensó Alicia-, podría pasar por un hombre atractivo>>.
    - Siéntese, señora.
    Del mismo modo que Alicia apreció de un solo vistazo que el doctor Ruipérez no era un individuo de mucha categoría, juzgó que este otro médico tenía peso específico.
    Irradiaba serenidad, equilibrio, inteligencia y, sobre todo, autoridad. Su cara, de tez sanguínea, era más joven que lo que correspondía a la blancura de su pelo.[...]
    Apenas ocupó un asiento frente a la mesa escritorio del médico, éste le ofreció un cigarrilo.
    Tras ver la marca, Alicia lo rehusó.
    - Fumo <<rubio>>, doctor. El <<negro>> me hace toser.
    Abrió el médico un cajón y le ofreció otra marca.
    - Gracias -dijo Alice Gould aceptándolo.
    - Señora de Almenara: junto a la solicitud de ingreso había una particulas carta del doctor Donadío dirigida al doctor Alvar, con determinadas sugestiones clínicas, que sólo el directos deberá decidir si son convenientes o no. Es usted, por tanto, una paciente directa del doctor Alvar... y, en consecuencia, el doctor Ruipérez y yo hemos considerado más conveniente no someterla a ningún tratamiento en tanto no regrese de sus vacaciones el director del hospital. Él decidirá, por tanto, qué médico ha de cuidarse de usted. Veo que esta noticia le produce alegría.
    - ¡No he movido ni un músculo de la cara -respondió Alicia con jovialidad-: es usted un buen lector de almas, doctor!
    - Es mi profesión -replicó amablemente el médico.
    Y volviendo a tomar el hilo de sus palabras, prosiguió.
    - Ello quiere decir que permanecerá usted aquí en régimen de observación hasta que él llegue. Nuestra última labor será la de almacenar datos y ponerlos a disposición suya para que él decida la medicación más apropiada.
    - Luego no seré medicada...
    - Con psicofármacos, desde luego, no.[...]
    - Me tranquilizas usted mucho, doctor. Pero me pregunto en qué consistirán sus método para almacenar esos datos que busca, meterlos en un saquito y dárselos al director diciendo: <<Toma, Samuel: aquí tienes unos trocitos del alma de Alice Gould...>>
    - Su conversación, señora, es particularmente expresiva. ¡Eso es precisamente lo que pretendo! Entregarle a nuestro director, don Samuel Alvar, trocitos de su alma, para que él los junte como en un puzzle y trace el diagnóstico exacto de su personalidad. Y sin usas narcoanálisis, ni la tomografía computarizada, ni la gramagrafía cerebral.
    - No le pregunto, doctor, qué significa todo eso porque no lo entendería. ¡Los médicos son ustedes amiguísimos de las palabras complicadas!
    - Veamos si me entiende usted ahora: quiero, en primer lugar, conocer su consciente: lo que usted sabe de sí misma, cómo es, y cómo desearía ser. Eso lo lograremos simplemente charlando con sinceridad. Después quiero conocer lo que usted ignora de sí misma (su subconsciente) y hacerlo aflorar a su plano consciente. De modo que preciso de usted dos declaraciones: que me cuente lo que sabe... ¡y lo que no sabe de Alice Gould!
    - Esa última parte -bromeó ella- debe ser un tanto complicada. ¿Cómo voy a contarle <<yo>> lo que desconozco?
    - No dude que acabará contándomelo. ¿Está usted dispuesta?
    [...]
    - Hay una parte, doctor, que desearía reservar a don Samuel Alvar para cuando regrese. ¡No sería justo darle todo el trabajo hecho![...]
    - Aceptado el trato. Cuando usted penetre en esa zona reservada al director, no tiene más que decir <<¡Acotado de caza!>> Por cierto, ¿desea usted que le sirva algo?
    - Sí, doctor, se lo agradezco: una taza de té.
    - ¿Acostumbra a beber alcohol?
    - Nunca por las mañanas.
    - ¿Y por las tardes?
    - A veces.
    - ¿A diario?
    - No, pero sí con frecuencia. [...]
    - ¿Qué opina usted de su marido?
    - ¡Acotado de caza!
    - Le pediré una taza de té.
    [...]
    - ¿Tiene usted hijos?
    - No.
    - ¿No ha deseado tenerlos?
    - Fervientemente. ¡Ahí tiene usted, doctor, un campo bien abonado para encontrar en mí una frustación!
    - ¿De quién es la culpa de no tener descendientes?
    - Lo ignoro, doctor.
    - ¿Por qué?
    - Porque de ser la culpa de mi marido, hubiera representado una gran humillación para él saberlo, que de ningún modo quise ni quoero causarle.
    [...]
    - ¿Le ha sido siempre fiél?
    - ¿Él a mí?
    - Sí. Él a usted.
    - No lo he indagado.
    - ¿Por qué?
    - Porque hubiera supuesto una ofensa para él esa muestra de desconfianza.
    - Nunca se habría enterado.
    - Ello no obsta que yo, en mi fuero interno, le hubiese ofendido.
    - Y usted, señora de Almenara, ¿le ha sido siempre fiel?
    - Siempre.
    - ¿No ha sido nunca solicitada por otro hombre?
    - Muchas veces, doctor, y por muchos.
    - ¿Ello la halagaba?
    - No puedo ocultarlo. Sí: me halagaba.
    - ¿Y nunca cedió a ese halago?
    - Nunca.
    - ¿Alguno de sus pretendientes le agradaba?
    - Sí, y mucho.
    - Y a pesar de ello..
    - Jamás, doctor.
    [...]
    - ¿Es usted creyente?
    - No lo fui en mi infancia. Ahora sí.
    - Eso contradice la.. norma general.
    - ¡Nunca me ha interesado la norma general!
    - ¿Esas convicciones las heredó usted de su padre?
    - No sé si esas cosas se heredan. Ignoro si se transmiten en los genes. Más exacto sería decir que las recibí de mi padre: no las heredé. Fue conmigo un educador excepcional. A medida que pasa el tiempo, su figura se agranda dentro de mí.
    [...]
    - ¿No tuvo nunca celos del amor que su padre manifestaba por su madre?
    - No, doctor. Sigmund Freud, que es quien ha metido esa idea en la cabeza de todos los psicoanalistas, era un perfecto cretino.
    - No exactamente un cretino -murmuró el doctor.
    - Pero sí equivocado en las interpretaciones exclusivamente sexuales que daba a los símbolos, los sueños y los secretos ocultos de nuestro subconsciente. ¡Vamos, vamos! Pensar que quien sueñe con la aguja de una catedral o con el obelisco de Trajano en Roma está expresando anhelos relacionados con el órgano viril..¡ésa no puede ser más que la interpretación de un obseso! ¿Por qué no podía Freud viajar en tren? ¿Qué clase de extraña fobia era ésa? ¡Me gustaría ser yo quien hiciese el psicoanálisis a ese caballero! Creo verdaderamente que el obseso sexual era él, y no sus pacientes. ¡Eso es lo que pienso! ¡Y no retiro lo de cretino!
    - Si eso le sirve de consuelo, le diré, señora, que opino lo mismo que usted salvo lo de cretino... Freud era un sabio que descubrió uno de los métodos más eficaces para hacer aflorar al consciente secretos morbosos, escondidos en nuestro interior, perdidos en la memoria, como un niño abandonado en el bosque... que sabe que existe un camino para su salvación, pero que no lo encuentra. Sus error estriba en la dirección unilateral que dio a sus interpretaciones.
    - ¡No sólo somos sexo, doctor! ¡Odio a Freud!
    - ¿Le odia usted realmente?
    - No, doctor: es una manera de decir. Yo no odio a nadie, pero siento una indecible aversión por los obsesos, por las cabezas cuadradas y por los que aplican la geometría al estudio del alma humana. [...] ¡Ah, doctor, disculpe usted mi audacia! En realidad, me estoy metiendo en el campo de usted.
    - Y ello me agrada profundamente, señora. [...] ¿Puede usted escuchar a un hombre de edad, sin que ello la ofenda, que me agrada usted mucho?
    - Oír eso no puede ofender a ninguna mujer, doctor. Y, además, usted no es un hombre de edad.
    - Vamos a proseguir. ¿Le agrada el silencio?
    - El silencio no existe, doctor.
    - Anoto que eso tiene usted que desarrollarlo después. ¿Le agrada la soledad?
    - A veces la busco y la necesito. Pero con limitaciones. ¡Soy humana y como humana animal social! Mis incursiones en la soledad son esporádicas... pero si persistieran contra mi voluntad, estaría dispuesta a echarme en brazos del primer ser viviente con quien me topara... ¡y traicionar todos mis prejuicios puritanos!
    - Ha dicho usted el primer ser viviente. ¿Aunque fuese una mujer?
    - ¡Ay, doctor! Recuerde usted las palabras de Valle-Inclán, puestas en boca de Bradomín: <<Hay sólo dos cosas que no entiendo: el amor de los efebos y la música de Wagner.>> Cámbieme usted a Wagner (al que adoro) por Mahler (al que no entiendo) y a los efebos por las ninfas: y mi respuesta sería igual. Carezco de esas inclinaciones, aunque me siento profundamente impresionada y atraída por la personalidad de algunas mujeres cuando reúnen al completo las cualidades esenciales de la femineidad.
    [...]
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