Frases de Libros.

  1. #151
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    El imposible olvido - Antonio Gala

    Esto y no otra cosa es la felicidad: una racha de aire, un sobrecogimiento que nos corta un momentito la respiracion.

  2. #152
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    Las nueve caras del corazon - Anita Nair

    • Siempre he creido que si deseas algo con la fuerza suficiente y esperas el tiempo necesario, acabara por ser tuyo.
    • Lloro porque lo unico a lo que me puedo agarrar es a mi dolor.
    • Siempre he elegido los recuerdos que quiero mantener. Cuando aquellos en los que no quiero pensar se presentan, los alejo de mi. Pero esta noche me veo obligado a recordar. Es por su culpa.
    • El instante es el ahora. Eso es lo que necesitas aceptar. El antes y el despues no tienen importancia.
    • Olvidar, olvidar...Es lo que tenemos que hacer si queremos aferrarnos a nuestros sueños y esperanzas.

  3. #153
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    Un mundo feliz, Aldous Huxley

    Los impulsos reprimidos se derraman, y el derramamiento es sentimiento, pasión, incluso locura; todo depende de la fuerza de la corriente, y de la altura y la resistencia del dique. La corriente que no es detenida por ningún obtáculo fluye suavemente, descendiendo por los canales predestiandos hasta producir un bienestar tranquilo.


    La felicidad real siempre parece escuálida en comparación con las compensaciones que ofrece la desdicha. Y, naturalmente, la estabilidad no es, ni con mucho, tan espectacular como la inestabilidad. Estar satisfecho de todo no posee el encanto que supone mantener una lucha justa contra la infelicidad, ni el pintoresquismo del combate contra la tentación o contra una pasión fatal o una duda. La felicidad nunca tiene grandeza.

  4. #154
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    “Acaso, después de todo, fue una ligera crisis de locura. Ya no quedan rastros. Hoy los extraños sentimientos de la otra semana me parecen muy ridículos; ya no me convencen.”

    La Náusea - Sartre

  5. #155
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    Queda la noche - Soledad Puertolas

    Los instantes felices acaban siendo los peores recuerdos que puedes tener, porque no se soporta la intensidad perdida.



    Nunca subestiméis el poder del destino, porque cuando menos te lo esperas, el detalle más insignificante puede causar un efecto en cadena que cambie el rumbo de tu vida.

  6. #publi
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  7. #156
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    Todos los niños mitifican su nacimien to.Es un rasgo universal.¿quieres conocer a alguien?,¿Su corazon, su mente, su alma? Pidele que te hable de cuando nacio.Lo que te cuente no sera la verdad: sera una historia. Y nada tan revelador como una historia

    Vida Winter, cuentos de cambio y desesperacion

  8. #157
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    ¿que tiene de bueno la verdad a media noche, en la oscuridad, cuando el viento ruge como un oso en la chimenea?¿cuando los relampagos proyectan sombras en la pared del dormitorio y la lluvia repiquetea en la ventana con sus largas uñas?NADA.Cuando el miedo y el frio hacen de ti una estatua en tu propia cama, no ansies que la verdad pura y dura acuda en tu auxsilio.Lo que necesitas es el mullido consuelo de un relato.La proteccion balsamica, adormecedora de una mentira..


    Diane Setterfield-El cuento numero 13

  9. #158
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    EL LIBRO NEGRO, Paul Verhoeven i Gerard Soeteman
    “Era septiembre de 1944 y Rachel tenía veintiséis años, aunque fácilmente podría passar por una muchacha de dieciocho, o por una mujer joven de treinta años. Podía pasar por qualquier mujer. Su rostro atemporal, que había perdido la expresividad, y sus grandes ojos soñadores que irradiaban cierta tristeza, la convertían en un espejo: tenía la capacidad de convertirse en aquella que quisiera ver el espectador. En esos momentos era una muchacha judía que talvez se convertiría al cristianismo.”

    “-La guerra hace que la gente sea dura y solitaria –dijo Rob y pasó el brazo por el hombro de Rachel-. Quizá lo peor sea eso. Quiero decir, como mi padre, no debería...
    -¿Y tú? ¿Te sientes solo?
    -¿Tú no?
    Acercó su cara a la suya y lo besó.
    -Ya no tanto como antes.”

    “-¡Caramba! –dijo de repente-, esa voz... ¡Ésa eres tú!
    Ella daba vueltas alrededor de él.
    -Ésa era yo. Antes. Antes de la guerra. En un momento estás cantando y al otro no queda más remedio que callar.”

    “(...) Cuando su padre la abrazó, ella inhaló el perfume familiar del jabón de afeitar, el mejor olor del mundo.”

    “-Nos ha fallado alguien- dijo Kuipers cuando estuvieron a solas-. ¿Estarías dispuesta a reemplazarla?
    -Haré cualquier trabajo.
    -¿También si es peligroso?
    -¿Qué más puedo perder?
    -Sólo tu vida.”

    “-Las mujeres bonitas no deberían llevar maletas pesadas.
    Tenía una cara bondadosa y ojos amables y la frase que acababa de pronunciar fue para Rachel la prueba de que el alemán era el idioma más sorprendente del mundo. Según quien lo hablara podría ser desagradable o precioso. El alemán que había escuchado durante los últimos meses, órdenes y gritos, era el lenguaje de la muerte. Pero este hombre tenía un acento maravilloso que convertía las palabras en música.”

    “-(...) Se llamaba Müntze. Por cierto, es un hombre muy agradable.
    -¿Agradable? Por Dios, es el jefe del Servicio de Seguridad de La Haya. Por su culpa hay tantos muertos en la resistencia.
    -¿De verdad? Pero si colecciona sellos, es increíble.
    -Que importa... Si al finalizar la guerra lo ponen contra la pared, me encantará gritar: «fuego».
    Su mirada reflejaba odio. Aunque ella l ocomprendiera, también le dio pena.”

    “Ellis de Vries tenía que aparentar estar enamorada del Hauptsturmführer Müntze, que en realidad simplemente se llamaba Ludwig. Pero Ellis tenía que recordar que se llamaba Rachel Stein, que trabajaba para la resistencia y que debía estar enamorada del heroico Hans después de aquella noche impetuosa. Sin embargo, sentía que Hans tampoco era quien apatrentaba ser.
    Y aquella noche Rachel y Ellis intercambiaron su alma a hurtadillas para jugarles una mala pasada a todos: Ellis de Vries jugó el papel de estar enamorada de Hans y Rachel estaba enamorándose, no del Hauptsturmführer, sino de Ludwig.”
    ·=[¿HaSta Qué aLtuRa pUedEs voLaR cOn Las aLaS rOtaS?]=·




  10. #159
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    DIABLO, Stephanie Laurens
    “—Perder a cualquier miembro de la familia siempre es duro, pero cuando nos dejan, tenemos que seguir adelante. Es una deuda que tenemos con ellos, con su recuerdo, y con nosotros mismos.”

    EL JURAMENTO DE UN LIBERTINO, Stephanie Laurens
    “-Te pido que seas mi esposa… y tú te ofreces a ser mi puta.”

    UN AMOR SECRETO, Stephanie Laurens
    “Tienes mi corazón en tus manos. No lo destroces.”

    “Amar a alguien tan profundamente era algo que asustaba.”

    TODO SOBRE EL AMOR, Stephanie Laurens
    “—Béseme otra vez. —Lucifer vio que movía los labios al tiempo que se estiraba, hasta que le tocaron la barbilla—. Béseme como el otro día... sólo una vez más...”

    “—Dime que deseas esto tanto como yo —pidió.
    Era una orden y un ruego, y así lo entendió ella.
    —Lo deseo aún más —contestó.”

    “—Creo que te quiero. —Tenía que ser eso, aquella aureola de oro.
    — ¿Por qué no estás segura? —replicó él, deteniendo el errabundo movimiento de los dedos.
    —Yo no sé qué es el amor —respondió ella con sinceridad—. ¿Lo sabes tú?”


    LA AMANTE PERFECTA, Stephanie Laurens
    “Y luego deslizó sus brazos rodeándola y la abrazó, sólo la abrazó.”
    ·=[¿HaSta Qué aLtuRa pUedEs voLaR cOn Las aLaS rOtaS?]=·




  11. #160
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    RAVENSBRÜCK, L’INFERN DE LES DONES, Montse Armengou i Ricard Belis

    “A mi em va impactar molt tot. Allò era l’infern. Dante ha descrit l’infern, però no ha conegut Ravensbrück, ni Mauthausen, ni Auschwitz, ni Buchenwald. Dante no el podia ni imaginar, l’infern! Jo tinc una pel·lícula en blanc i negre al cap, tal com era tot, perquè allà no hi havia colors. (...) Insisteixo en això del blanc i negre perquè els pocs colors que hi havia desapareixien. (...) La meva pel·lícula té olor, una olor que se’t posava aquí al coll només arribar, l’olor de carn cremada, de gangrena, de llagues, de brutícia... I també té sons, el meu cap està ple de crits, els crits dels gossos, els crits dels vigilants, els crits de la gent que pegaven, de les que s’havien tornat mig boges. Sempre hi havia crits, un soroll molt tètric.”

    (“A mí me impactó mucho todo. Aquello era el infierno. Dante ha descrito el infierno, pero no ha conocido Ravensbrück, ni Mauthausen, ni Auschwitz, ni Buchenwald. Dane no lo podía ni imaginar, al infierno! Yo tengo una película en blanco y negro en la cabeza, tal y como era todo, porque allí no había colores. (...) Insisto en esto del blanco y negro porque los pocos colores que había desaparecían. (...) Mi película tiene olor, un olor que se te ponía aquí al cuello nada más llegar, el olor a carne quemada, de gangrena, de llagas, de suciedad... Y también tiene sonidos, mi cav¡beza está llena de gritos, los gritos de los perros, los gritos de los vigilantes, los gritos de la gente que pegaban, de los que se habían vuelto medio locos. Siempre había gritos, un ruido muy tétrico.”)
    ·=[¿HaSta Qué aLtuRa pUedEs voLaR cOn Las aLaS rOtaS?]=·




  12. #161
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    LA NIÑA DEL ABRIGO ROJO, Roma Ligocka

    “La niña, de cabello oscuro y rizado y grandes ojos negros circundados por sombras oscuras, tendrá unos cinco años y parece muy frágil. No repara en mí.
    Me mareo. Tengo la sensación de estar sentada frente a mí misma, en otra vida, en otros tiempos. Contemplo a la niña que una vez fui, que pude haber sido, y sé que ella tiene todo lo que yo nunca tuve pero debería haber tenido. Una infancia feliz y segura, una hermosa casa con jardín, en alguna parte, frambuesas, chocolate y juguetes, unos padres que la quieren y que tienen bastante dinero como para permitir que si hijita viaje, tome lecciones de piano y dé fiestas de cumpleaños…”

    “Hay muchas, muchas personas. Por todas partes hay muchas personas. Unas tienen grandes perros, llevan armas y están en guardia. Disparan a quien quieren, talvez también a mí. Otras, las otras, somos nosotros, los judíos. Hemos de esperar, siempre esperar.”

    “Mi madre me abraza, cansada, sus suaves cabellos castaños ya no huelen a flores como antes, huelen raro y acre.
    -Hueles raro –le digo.
    Mi madre sonríe, sé que está triste. Siempre está triste.”

    “-Esos ojos –dice mi madre-. Ojalá tuviera los ojos azules, como Irene.
    -Y tiene el pelo tan oscuro… -añade una voz de mujer desconocida-. No le ayudará a sobrevivir. Pero quizá se pueda hacer algo.
    -¿Veneno? –pregunta mi madre con espanto en la voz.
    -¡Ni hablar! –exclama mi padre.
    Un golpe sordo me hace estremecer, seguro que ha golpeado la mesa con el puño, a veces lo hace, cuando está muy enfadado. Seguro que está enfadado conmigo porque no soy como debería ser. Soy mala.”

    “-Yo también quiero ser rubia como Irene –le digo a mi madre.
    Ella asiente. Tiene otra vez lágrimas en los ojos. Será mejor que no diga nada más.
    (…)
    Me despiertan de repente. Me toman en brazos, me llevan a la cocina. Presiento que se proponen hacer algo conmigo, busco a mi abuela con la mirada. Pero no está.
    En la mesa hay una palangana. Vierten en ella un líquido maloliente verde. Y me agarran. Tengo que meter la cabeza en la palangana.
    (…)
    Más tarde mi madre me pone un espejo en la mano: «Mira lo guapa que estás –dice-. Ahora eres como Irene». Y se echa a llorar de nuevo.
    Me miro en el espejo. Soy rubia.
    Pero sigo sin tener los ojos azules.”

    “Nos sentamos en la oscura cocina y esperamos. Como conejos en una madriguera. Una vez mi abuela me habló de los conejos. Son animales pequeños y suaves de largas orejas que pueden correr muy aprisa cuando alguien los persigue. La mayor parte de las veces los persiguen. Entonces corren veloces para meterse en sus madrigueras, bajo la tierra, y estar seguros.
    Me gustaría ver un conejo algún día.”

    “-Familias enteras se suicidan, quieren morir todos juntos –dice mi madre con voz ronca-. El veneno es casi inexistente, apenas si se puede coneguir ya cianuro.
    Cianuro, digo en voz baja para mí misma, es una bonita palabra.”

    “«No mires –susurra-, no tengas miedo…»
    Es lo que siempre dice cuando tiene miedo.”

    “-¿Va a volver papá? –Sé que no debo hacer preguntas, pero tengo que saberlo.
    Mi madre no me responde.
    Me pone el abrigo rojo, se acuclilla ante mí y me lo abrocha con esmero. Le tiemblan las manos.
    -Vamos –dice-, toma tu maleta. Nos vamos.”

    “Atravesamos la gran puerta y entramos en el otro mundo, el ario.
    Tras nosotros queda el gueto, abandonado casi por completo.
    Es como si a partir de ahora dejara atrás la niñez.”

    “No olvido ni por un instante que nuestro nuevo mundo solo es prestado. Estamos escondidas y en cualquier momento nos pueden descubrir y asesinar.”

    “Mi madre suspira, su voz rezuma nostalgia al enumerar todas las cosas buenas que comía entonces y al recordar algo tan hermoso. Me gusta que me hable de los vejos tiempos, aun cuando yo no sepa lo que es el asado de ganso ni a qué sabe el chocolate. Las historias de mi madre son cuentos de otro mundo que no tienen nada que ver con mi vida. Como si hubiera vivido en una isla desaparecida. Como si entre nosotras y esa vida mediara el diluvio. Nunca tengo la sensación de que yo también pudiera tener derecho a ella.
    -Mamá, ¿a qué sabe el chocolate? –le pregunto soñolienta, peus estoy cansada de la fiebre y de ocultarnos.
    -Ah –dice, con un singular brillo en sus ojos castañoverdosos-, el chocolate sabe tan bien que es imposible describirlo. Es dulce y pegajoso, como la leche y la miel, como la mermelada y los pasteles, pero mucho mejor aún…”

    “-Es solo un juego –me dice-, no tengas miedo. Hacemos teatro.
    ¿Un juego? Entonces, ¿matar es un juego?”

    “-A mí también me gustaría ser actriz –le digo a Manuela.
    Tengo la boca totalmente seca, el corazón me late a toda prisa de la emoción, de forma distinta a otras veces, no de miedo.
    Ella asiente, ausente:
    -Tal vez. Cuando seas mayor –responde incidentalmente.
    ¿Por qué dice eso? No parece saber que nunca me haré mayor. Que un día vendrán a buscarnos, que a los niños los matan. No me haré mayor. Tampoco quiero hacerme mayor.”

    “Por la noche Manuela me lee el libro nuevo que Tadeusz me regaló por Navidades: El jardín secreto. Es un libro soberbio. En la cubierta hay una imagen de una niñita rubia en un bonito jardín. Esa soy yo. Las flores brotan y en el hombro de la niña hay un petirrojo.
    Ya hemos leído dos capítulos y es terriblemente emocionante y triste. La niña está muy sola y no tiene a nadie con quien jugar. Siempre que oigo a los niños alborotando en el patio, pienso en la niña. Claro que el patio no es un jardín, pero en él hay un hermoso árbol. Últimamente le han salido un montón de gruesos brotes. A veces me escondo en el balcón de la cocina y observo a los niños. Aquí arriba, ellos no me ven.”

    “Dieter tiene una colección de barquitos de madera, grandes y pequeños, que ponemos a navegar en el fregadero. Jugamos al escondite y al pilla, pilla mientras los mayores charlan en el salón; a veces también a la pelota. Es sencillamente genial.
    -Te quiero –dice Dieter un día justo al encontrarlo bajo la cama de sus padres jugando al escondite-, y cuando sea mayor me casaré contigo.
    Me parece bien, y nos besamos a escondidas en el cuarto de la limpieza.

    “Pasé toda mi infancia con los Kiernik, de puntillas, al menos así me lo parece ahora. Había muñecas y obras de teatro, libros, música, lápices y papel, y algo parecido a un hogar, aun cuando nada de ello me perteneciera. Era una vida prestada, una infancia prestada con una familia prestada, incluso con una abuela prestada. Después la infancia se había ido. Ya no fue posible recuperarla, en el duro período de posguerra y en los escasos meses que precedieron, en aquellos tiempos en que todo estaba revuelto y yo celebraba mi sexto cumpleaños. Tampoco me regalaron la muñeca, no había dónde comprar muñecas pro aquel entonces. Sea como fuere, ahora tenía seis años y ya me había hecho mayor.”

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  13. #162
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    LA NIÑA DEL ABRIGO ROJO, Roma Ligocka

    “Aparece un hombre en la puerta, un extraño. Tiene un aspecto horrible, feroz y peligroso. Ni siquiera lleva zapatos en los pies. Su ropa está sucia y desgarrada; el rostro, hundido; el cabello, desgreñado y gris. Bajo los ojos oscuros se dibujan profundas ojeras, y lleva una enmarañada barba. Está absolutamente demacrado, probablemente quiera un pedazo de pan. (...) Trato de cerrar la puerta deprisa, pero entonces suena la voz de mi madre desde la cocina:
    -¿Quién es, Roma?
    De pronto sale corriendo y se queda tras de mí, intenta cerrar la puerta.
    -¡Tosia! –gazna el hombre.
    Mi madre profiere un grito breve, de miedo o de felicidad, no se podría decir. Durante un segundo se queda allí, como petrificada. Luego le echa los brazos al cuello al extraño.
    Yo retrocedo, asustada. Mi madre, tranquila y callada, está irreconocible. Da gritos de júbilo y solloza, cubre de besos la sucia cara del pordiosero; y éste, la de ella. La escena me resulta inquietante y me da miedo. ¿Qué querrá ese hombre de mi madre? Por fin la suelta y se agacha ante mí. Apesta a sudor y a harapos húmedos.
    -¡Rominka! –susurra con voz ronca-. ¿Ya no me reconoces?
    Su cara está muy cerca de la mía.
    -¡Mi pequeña hijita!
    Me quedo mirándolo horrorizada. Estoy furiosa con este extraño inquietante que besuquea a mi madre. Y ahora, ¡a lo mejor también querrá besarme a mí!
    Me doy media vuelta deprisa, me marcho corriendo y me oculto debajo de la cama. A mis espaldas le oigo decir a mi madre: «Aún es pequeña, David, y lleva tanto tiempo sin verte…»
    Mi padre ha vuelto.
    Se ha escapado del campo. Ha huido. «En el último minuto –dice-, si no estaría muerto, como los demás.» El campo se llama Auschwitz y debe de ser terrible estar allí, porque mi padre llora al hablar de él.”

    “Cuando horas más tarde volvemos a casa, felices y agotados, y mi madre se ocupa de la cena, le pregunto por qué la gente de la plaza está tan alegre hoy.
    -Porque la guerra ha terminado –dice riendo.
    No lo entiendo.
    -¿Qué significa eso? –pregunto.
    -Que estamos seguros –responde.
    -¿Seguros? ¿Significa eso que ya no puede pasar nada más? –Me quedo mirándola fijamente, maravillada.
    Se pone en cuclillas ante mí y me abraza fuerte. Veo en sus ojos un brillo acuoso. Parece más feliz de lo que nunca la había visto.
    -Eso es –dice radiante-, eso significa que no tendremos que escondernos nuna más.
    -¿Me lo prometes? –inquiero con recelo.
    -Sí, te lo prometo –replica con firmeza.
    -Pero, ¿por cuánto tiempo? –No puedo comprenderlo.
    -Ahora somos libres, ¿lo entiendes? –me explica-, la guerra ha terminado. Hitler ha muerto. Ahora hay paz. Y ahora nosotros somos personas como los demás…
    -¿Por cuánto tiempo? –pregunto de nuevo.
    -Para siempre.
    -¿Para siempre? Pero, ¿cuánto es eso? –Muevo la cabeza en señal de incredulidad, casi enfadada porque no me entiende. No hay nada así, al menos yo no puedo imaginarme nada así. Con qué ligereza lo dice: «¡Para siempre!».”

    “Ahora nosotros somos personas como las demás. Sigo sin hacerme a la idea, pero ciertamente la vida ha cambiado. ¡Ya no tenemos que escondernos! Podemos ir a todas partes cuando queremos, sin el temor de ser descubiertos. Pese a todo, aún tengo la sensación de que nos pueden detener en cualquier momento. Siempre estoy muy intranquila cuando estamos en la calle, y no me atrevo a mirar a la gente a la calle.
    Las noticias sobre parientes y amigos desaparecidos se propagan por la ciudad como un reguero de pólvora, van de boca en boca noche y día. La palabra que más resuena en mis oídos es sobrevivir. Ha sobrevivido, han sobrevivido… Todo el mundo pregunta a todo el mundo y no siempre se entera uno de la verdad, pero mientras haya esperanza uno se hace ilusiones.”

    “El llanto no cesa, pues poco a poco nos vamos enterando de la suerte de nuestra familia. A los abuelos Abrahamer y a Irene los mataron en el campo Belzec, en las cámaras de gas. Jacob, el hermano pequeño de mi madre, murió cuando los alemanes hicieron saltar por los aires la fábrica de munición en la que trabajaba. Mi otra abuela, Maria Liebling, desapareció y sigue desaparecida, probablemente también la asesinaron en una cámara de gas.
    No quiero creer todo lo que escucho y me tapo la cabeza con la manta, como antaño en el gueto. Pero no hay forma de escapar. Esto es solo el principio de las terribles historias que ahora tengo que escuchar.”

    “Ahora tengo un hermano pequeño. Se llama Ryszard y es seis meses menor que yo. Mi padre lo trajo un día. Le he tomado cariño de inmediato, con sus grandes ojos, los negros rizos alborotados, el cuerpecillo flaco. Poco a poco va llegando a nuestra casa toda su familia: sus padres, sus abuelos y la pequeña Bronia, de doce años. A la familia Horowitz la salvó un hobmre llamado Oskar Schindler.
    (…)
    El pequeño Ryszard también está un poco loco. Tiene un número en el brazo, como los adultos. Un número azul que empieza por 144. Cuando estamos juntos en la bañera, a veces lo toco con el dedo. Entonces él aparta el brazo rápidamente. A la hora de comer pierde la cabreza, echa mano a toda prisa de su pan y lo oculta debajo de la almohada. Nunca se lo come en el acto, solo por la noche, en la oscuridad, se lo oigo masticar, pues dormimos juntos en la misma cama.”


    “También sigo escuchando desde entonces las historias de los adultos, y nunca podré olvidarlas. De nada sirvió que me tapara los oídos, que me metiera debajo de la cama, que me echara la manta por la cabeza. No había escapatoria, no había compasión para con nosotros, los niños. Sin quererlo, nos convertimos en testigos de quienes daban testimonio, pues, tan pronto oscurecía fuera, los adultos hablaban de lo vivido, de la muerte, de las inimaginables atrocidades, de los más increíbles tormentos y torturas de que son capaces los seres humanos, que pueden soportar los seres humanos. Esta fue la época de los lamentos, de la tristeza, de la ira y de la amargura. Después enmudecieron las voces de los supervivientes, muchas de ellas para siempre. Y tampoco nosotros, la generación de los niños, volvimos a hablar de ello.
    Durante estas interminables noches la palabra Auschwitz queda grabada en mi alma a sangre y fuego, indeleble. Haciendo caso omiso de nosotros, los niños, los adultos hablan del campo. Es casi como si sintieran la necesidad atroz, enfermiza, de describir cada detalle.
    (…)
    Durante este tiempo, a menudo creo que no podré soportarlo. ¿Por qué no lo dejan de una vez por todas? Ojalá pudiera gritar como Romek o dormir apaciblemente como el pequeño Ryzsard, a quien no le choca porque él mismo tuvo que sufrirlo. Pero no puedo gritar, no puedo hacer ruido, he de guardar silencio y estar en vela y escuchar y ser buena. Ser buena y guardar silencio eternamente. Así me lo parece.”

    “En nuestra clase hay once niños. Vienen de todas partes: del campo, de Varsovia, hasta de Rusia.
    Me siento en mi banco, callada. En realidad me hacía ilusión ir al colegio, pero ahora me quedo con la boca abierta. El ambiente es desgarradoramente tenso. No pasa un minuto sin que alguien se eche a llorar. Profesores y niños lloran en cualquier ocasión. Todos están nerviosos, casi histéricos. Basta con que alguien diga una palabra más alta que otra para que la profesora, que también ha estado en un campo, se estremezca y comience a sollozar. Cuando se seca las lágrimas se le ve el número azul en el brazo. Los lloros a menudo se convierten en un llanto convulsivo, colectivo.
    No quiero llorar. No quiero aprender.
    No puedo asimilar nada más, estoy saturada. No quiero comer nada. No quiero oír nada. No quiero decir nada.
    Tenemos que aprender yiddish y hebreo.
    Guardo silencio y garabateo figuritas en el cuaderno a escondidas.
    En el recreo agarro el abrigo y me voy a casa.
    Aquí están todos locos. Esto no es un colegio, es un gueto.”

    “En esta época estoy más cerca de mi padre que nunca, sí, en realidad es ahora cuando empiezo a conocerlo bien. Cuando llego a casa del colegio, voy a toda prisa al dormitorio y me siento a su lado, en el borde de la cama. Le silbo algo o le cuento las cosas disparatadas que me pasan en el colegio judío. Le recito poemas y hago teatro. Él me escucha, como la babcia, que también estaba siempre en cama. La gente que está en cama tiene mucho tiempo.
    También yo tengo tiempo y bastante paciencia. Mi madre siempre tiene los ojos rojos de verlo allí tendido, callado; tiene los nervios destrozados. Pero a mí no me importa ver lo débil que está. Al contrario.
    De repente, yo soy la mayor y él es el niño. Es extraño, pero también bonito. Le estoy enseñando a hablar de nuevo. Él me señala un objeto y yo le digo, lenta y claramente, su nombre. Luego él repite la palbra con dificultad. Ha de volver a recordarlo todo, su propio nombre, a nosotras. Todo es nuevo para él.
    -Tú eres David Liebling –le digo alto, tomándole la mano-. Y yo-le digo señalándome el pecho- soy tu hija Roma… y esta es tu mujer, mi mamá, se llama Tosia…
    (…)
    También está empezando a escribir. Yo le enseño y él escribe «Mamá, Papá, Roma»…
    Ahora que mi padre está débil y me necesita, y que ha dejado de ser el héroe fuerte que me lleva a hombros, ahora es cuando más le quiero.”

    “Una mañana gris de noviembre muere mi padre, seis días antes de mi octavo cumpleaños.
    (…)
    -Nos hemos quedado sin papá –susurra enronquecida.
    Me quedo mirándola aterrada, voy corriendo a la habitación. La cama está vacía, se ha ido.”

    “Un día un anciano me da un libro: La historia de los judíos. Me paso noches enteras leyéndolo. No tenía idea de que los judíos tuvieran historia.
    «Éramos un pueblo valiente, guerrero, orgulloso», me dijo el hombre. «Ahora los jóvenes se avergüenzan de que no opusiéramos resistencia. Y la generación de los mayores simplemente quiere olvidarlo todo.»”

    “-¡El trabajo os hará libres!
    Me estremezco. Pero es solo la vecina, que se asoma al seto para saludarme. Me saluda, alegre, con la cabeza.
    (…)
    -Y, por favor, no vuelva a decir esa frase…
    -¿Qué frase? –pregunta sorprendida.
    -La de «El trabajo os hará libres». Es que estaba en Auschwitz, sobre el portón…
    -¿Auschwitz?
    Ella nunca había oído ese nombre.”

    “He tardado en comprender que las heridas del alma de las víctimas del holocausto también causan daño a sus hijos. Entonces no quería reconocer lo pasado y no le he hablado mucho de ello a Jacob. Empleé todas mis fuerzas en reprimir el recuerdo. Traté de apartarlo de mí con amor, con fuerza de voluntad.
    Pero no lo conseguí.”









    Me paro porque sino acabaré escribiendo todo el libro.
    ·=[¿HaSta Qué aLtuRa pUedEs voLaR cOn Las aLaS rOtaS?]=·




  14. #163
    Avatar de Lettith |*¡[Dulce amargo]!*|
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    El amor en los tiempos del cólera - Gabriel García Márquez

    • Alcanzó a reconocerla en el tumulto a través de las lágrimas del dolor irrepetible de morirse sin ella, y la miró por ultima vez para siempre jamás con los ojos más luminosos, más tristes y más agradecidos que ella no le vio nunca en medio siglo de vida en común, y alcanzó a decirle con el último aliento: - Sólo Dios sabe cuánto te quise.




    • Le rogó a Dios que le concediera al menos un instante para que él no se fuera sin saber cuánto lo habia querido por encima de las dudas de ambos, y sintió un apremio irresistible de empezar la vida con él otra vez desde el principio para decirse todo lo que se les quedó sin decir, y volver a hacer bien cualquier cosa que hubieran hecho mal en el pasado.



    • Era todavía demasiado joven para saber que la memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y que gracias a ese artificio logramos sobrellevar el pasado.



    Nunca subestiméis el poder del destino, porque cuando menos te lo esperas, el detalle más insignificante puede causar un efecto en cadena que cambie el rumbo de tu vida.

  15. #164
    Avatar de [...Pat...] Fine thanks!
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    Yo también pongo una, de Paulo Coelho.

    "Cuando tenemos los grandes tesoros delante de nosotros, nunca los reconocemos [...] porque los hombres nunca creen en tesoros"



  16. #165
    Avatar de [...Pat...] Fine thanks!
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    Encontré otra que también me gusta mucho!!


    ¿Para qué debo escuchar a mi corazón? Porque no conseguirás jamás mantenerlo callado. Y aunque finjas no escuchar lo que te dice, estará dentro de tu pecho repitiendo siempre lo que pinesa sobre la vida y el mundo.

    EL ALQUIMISTA

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