Cada vez son más los estudios que aseguran que las aventuras amorosas pueden servir para salvar matrimonios.






Eduardo, de 46 años, aún recuerda el día en que su esposa, Ana María, de 42, le confesó que había tenido un romance clandestino con un hombre al que conoció por medio de una amiga. “Vivíamos un matrimonio muy feliz. Ambos estábamos bien ubicados laboralmente, teníamos casa propia y disfrutábamos cada momento con nuestro pequeño hijo, Jorge. No estábamos distanciados ni aburridos el uno del otro. Pero ocurrió esto y pensé que nuestra relación había llegado a su fin”, dice Eduardo. No obstante, un año después las cosas mejoraron mucho y la crisis que vivieron terminó siendo una oportunidad para fortalecer sus lazos. “Ella aceptó su responsabilidad, yo comprendí sus razones, y ahora estamos más unidos. Nuestro hijo nos motivó a seguir luchando por nuestro matrimonio”, cuenta.


Casos como el de esta pareja son muy frecuentes. Y aunque para muchos una infidelidad es una sentencia de muerte para una relación, cada vez hay más estudios que sostienen que los ‘cachos’ no tienen por qué ser el atentado más grave contra una pareja. Evidencia de ello es que el 40 por ciento de las personas que viven en una relación de varios años han tenido al menos una aventura amorosa, lo cual no implica que estén descontentos con su matrimonio. En esta línea, la antropóloga biológica Helen Fisher, del Instituto Kinsey de Sexología, acaba de publicar una versión actualizada de su investigación ‘Anatomía del amor: historia natural del apareamiento, el matrimonio y de por qué engañamos’, en la que revela que 56 por ciento de los hombres y 34 por ciento de las mujeres que han tirado una canita al aire durante su vida matrimonial describen su relación como “feliz o muy feliz”.


Fisher asegura que desde el punto de vista darwiniano los seres humanos no están hechos para ser monógamos, y que en el siglo XXI es mucho más difícil concebir que una persona tenga una sola pareja, sin importar si está casada o no. Según la autora, cada persona tiene tres sistemas cerebrales que definen sus relaciones de pareja: el deseo sexual, los sentimientos de amor intenso y romántico, y el apego profundo por alguien en una relación duradera. Por lo general, estos sistemas están conectados y direccionados hacia una misma persona, pero no siempre y, según Fisher, “esto provoca que sientan deseo sexual por unas, amor por otras y apego por otras cuantas”.


De hecho, varios estudios han revelado que algunas personas son más propensas a ser infieles por influencia genética. Una investigación realizada por un grupo de científicos suecos en 2008 demostró que los hombres que poseen una o dos copias del alelo 334, gen que gestiona la vasopresina, una hormona que aumenta durante el orgasmo, tienden a ser promiscuos. Y aunque los varones son por naturaleza más dados a la poligamia, las mujeres cada vez se sienten más libres de expresar su sexualidad y también viven aventuras. Mucho más ahora en la era digital cuando la gente es más propensa a caer en la tentación mediante el sexting, la pornografía y las aplicaciones móviles de citas románticas. “Lo increíble del caso es que todavía la gente siga haciéndole reverencia a la monogamia en una era donde la lógica y el contexto indican que hay más infidelidades que nunca antes”, dice la terapeuta de pareja Polly Vernon.


Lo anterior plantea, de acuerdo a los expertos, una nueva visión y comprensión del adulterio. Según la psicoterapeuta belga Esther Perel, que dictó para TED la exitosa conferencia ‘Repensando la infidelidad…una charla para cualquiera que haya amado’, la infidelidad es un acto normal y mal entendido. “No hay un consenso sobre cómo definirlo y juzgarlo. El 95 por ciento considera que está terriblemente mal que su pareja mienta si tiene una aventura amorosa, pero harían exactamente lo mismo si fueran los del ‘affaire’”, dice Perel, quien considera que la infidelidad no puede ser vista solamente como un acto de traición, sino también como una expresión de anhelo, de novedad, de libertad y autonomía que cualquier persona puede llegar a sentir en un determinado punto de su vida.


Según la terapeuta de pareja Arabella Russell, muchas veces la infidelidad no obedece a un problema de la pareja sino a un tema meramente personal de uno de los dos implicados. “No todos reaccionamos de la misma manera ante ciertas situaciones y contextos que la vida nos presenta. Para algunos, tener hijos y criarlos, así como cumplir 40 o 50 años, puede ser complicado y la estabilidad del matrimonio puede quedar expuesta”, dice Russell.


En el caso de Eduardo y Ana María sucedió algo parecido. La aventura amorosa le permitió a ella salir de su rutina diaria, hacer planes que había postergado y volver a sentir mariposas en el estómago. Y eso no necesariamente respondió a que su matrimonio fuera infeliz o inestable. “Todos tenemos en algún momento un anhelo de volver a ser lo que fuimos. Eso es entendible”, afirma Eduardo.


También hay ciertos factores que hacen a algunos más propensos a ponerle los cachos a su pareja como, por ejemplo, el estatus social. Un estudio publicado en 2012, en la revista Journal of Family Psychology, reveló que mientras más alto sea el nivel de ingresos o el cargo de poder que ocupa una persona, mayores serán sus probabilidades de vivir una aventura extramatrimonial.


Si bien algunas infidelidades pueden ser el detonante del final de una relación que venía mal, en otros casos puede ser una oportunidad ante la crisis. De hecho, dice Perel, la mayoría de parejas que han experimentado infidelidades han permanecido juntas y han transformado esa experiencia en algo positivo. “He recibido en consulta a muchas parejas que gracias a esta situación han tenido conversaciones mucho más abiertas y honestas de las que habían tenido en décadas. Y también matrimonios en los que la vida sexual mejoró de manera increíble y voraz. El miedo a la pérdida los hizo reavivar el deseo”.


Según el sexólogo José Manuel González, ocho de cada diez parejas que sufren un episodio de infidelidad salvan la relación. La situación los obliga a cambiar sus hábitos y costumbres y a reflexionar sobre su vida en común. A partir de allí, comienzan a tratarse mejor, a comunicarse con mayor fluidez y a tener más sexo. “La infidelidad no es un problema, sino un signo de alerta. Muchas veces este tipo de episodios son un mal necesario en un matrimonio para que las cosas mejoren”, dijo González a SEMANA. Pero para esto es necesario que ambos pongan de su parte, que estén interesados en reconstruir su relación y que establezcan unas reglas para evitar malos entendidos.


Perel está convencida de que es necesario renegociar las ideas sobre la monogamia y la infidelidad, pues considera que la exclusividad emocional y sexual no puede determinarse con certeza a la hora de establecer un compromiso de pareja. Además, no es la única forma de traicionar la confianza en un matrimonio, pues muchas veces el desprecio, la indiferencia y la violencia pueden ser peores. Perel concluye: “Cada romance clandestino redefine una relación, y cada pareja determina el legado de esa infidelidad. Pero los amoríos están aquí para quedarse, y no van a desaparecer”.