ReLaToS ErOtICoS

  1. #106
    Avatar de Artemissa Mega Usuari@
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    puky escribió:
    xula tu historia era mu larga y cn muxos detalles..mmm no sera d tu cosecha?? jejejejejejeje eres lydia, VERDAD? xDDDDDDDD k mal andamos kukys un dia se mete mi padre enm el foro y m kita internet jejejje

    No soy lydia :S:S

  2. #107
    Avatar de Voilà ...
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    ..†..Death..†.. escribió:
    weno deja d pregunta y pon alguno XD
    xDDD

  3. #108
    Avatar de Khoré ¿Un juego de idiotas?
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    MIRIAM HACIENDO DE MASAJISTA


    Miriam tenía un amigo que era el capitán de un equipo de fútbol sala. Ella había hecho unos cursillos de quiromasaje y entonces la propuso ser la masajista del equipo. Ella aceptó de buen grado y el sábado siguiente se presentó en el pabellón donde iban a jugar el partido. Vestía una camiseta de manga corta bastante ajustadita que la marcaba los pezones y luego un pantaloncito corto y unas deportivas blancas.


    Llevaba en un pequeño maletín algún aceite para masajes, linimento y otra serie de cosas para hacer su labor. El partido era a las ocho de la tarde y uno de los jugadores de su equipo llevaba las llaves del pabellón así que iban a tener tiempo para recibir los masajes de las manos de Miriam. Se metieron en los vestuarios y mientras ella se puso a colocar todas sus cosas al lado de la camilla y en un vestuario contiguo al de los jugadores.


    El partido transcurrió normalmente, solo tuvo que asistir a uno de los jugadores que tuvo un encontronazo y recibió un golpe en el muslo. Ella le aplicó un poco de linimento en la zona y le empezó a dar un masaje suave con la mano la subió por el muslo y sin darse cuenta le tocó la polla que estaba relajada pero ante el toquecito inesperado se despertó. Acabó el partido y fueron al vestuario, ella al suyo pero vino el capitán con otro chico y la dijeron que mejor les daba los masajes en el vestuario que llevarían allí la camilla.


    Ella intuyó la jugada pero en lugar de avergonzarse o enfadarse se excitó y notó como sus braguitas se empezaban a mojar. Entró en el vestuario y pudo ver a diez chicos completamente desnudos que iban a entrar en la ducha.


    Ya tenemos aquí a la masajista, por que no te duchas con nosotros y nos das otro tipo de masajes?---- dijo uno de ellos con una polla bastante grandecita y erecta.


    Miriam no tuvo tiempo a protestar cuando uno de ellos se puso a su espalda apretándose contra su culo con su polla y quitándola la camiseta y liberando los pechos para luego quitarla el pantaloncito corto mientras otro la descalzaba. Ya estaba completamente desnuda y en mitad del vestuario. La rodearon los diez chicos haciendo un circulo y la miraba con cara de deseo.


    Miriam tenía el pelo largo ondulado de color caoba, ojos marrones, labios sensuales, pechos pequeños con los pezones color café claro y de tamaño normal, culo redondo y respingón de los que están diciendo follame. Y un coño con el pubis completamente rasurado, ella se arrodilló y mientras comía una polla masturbaba dos una con cada mano, mientras les llegaba el turno ellos se la iban acariciando manteniéndolas erectas.


    Fue dándose prisa dedicando poco tiempo a cada una e intentando que con sus mamadas se corrieran todos al unísono sobre ella hasta que paró y empezó a mamar cada polla hasta llevarlos al orgasmo y entonces ella se tumbó masturbándose todos hasta que se corrieron encima de ella en la cara y el pecho llenándola absolutamente de semen en una grandísima lluvia blanca.


    Lo habían hecho dentro del recinto de las duchas y alguno por la excitación no se contentó y comenzó a orinarse encima de ella copiándole todos y lavándole con la lluvia dorada enterita hasta que terminaron.


    Se levantó y comenzó a ducharse mientras uno la jabonaba cm a cm su espalda otro hacía lo mismo con el frente. El del frente no tardó en tener la polla dura y haciendo que otro de ellos la sujetase el muslo se la metió de un golpe comenzando a follarla. El de la espalda con el jabón le lavaba ya las nalgas y fue acariciándola toda la raja del culo parándose en el agujerito del ano y dedicándole un delicado masaje que hizo que ella relajase el esfínter y el la metió uin dedo follandola con el.


    El del frente la follaba y de su espalda con un dedo también el culo, luego la fue metiendo dos dedos y tres hasta que la polla se abrió paso y la comenzó a follar con ella. La jodían con vigor hasta que los dos sintieron venirse en un gran chorro de semen llenándola los dos agujeros.


    Como eran tantos entonces decidieron que se tumbara en el suelo uno de ellos escogieron al tío con más polla y a ella la ensartaron sobre semejante falo comenzando a cabalgar al chico y otro se situó a su espalda clavándosela en el ano de un golpe ya que estaba dilatada. Un tercer chico se acercó y ella agarró la verga y la daba lametones desde la base hasta el capullo para luego sorber el agujerito, el joven se estremecía ante las habilidades orales de ella, con la mano cuando tuvo la polla en la boca cogió dos penes y los fue masturbando. Otros dos chicos la sobaban y se fueron turnando todos en todas las posturas hasta que se corrieron todos, los muslos de Miriam rezumaban semen limpiándoselo todo.


    Estaba completamente entumecida por las acometidas de los futbolistas cuando la llevaron a la camilla, la ataron los brazos a los lados y la abrieon las piernas por completo colocando su coño al borde de la camilla para tener mejor acceso a su agujero.

    La iban a penetrar pero decidieron cambiarla de postura y la colocaron de pies con las tetas sobre la camilla y las manos sueltas.


    La iban follando el coño lentamente con penetraciones profundas mientras ella con la boca y las manos ponía tiesas las vergas de los tres siguientes amantes. La iban follando lentamente para ir elevando el ritmo paulatinamente hasta que ella llegaba hasta el abismo de su orgasmo, entonces ellos bajaban la intensidad para alargar el orgasmo de ella aunque los periodos de ella cada vez se reducían más hasta que el primero la folló ya tan fuerte que Miriam se corrió entre fuertes gemidos y aprovechaba su amante para clavársela en el culo y follarla por el culo hasta eyacular llenándola el ano de leche.


    Así pasaron todos hasta que le dejaron el turno al arbitró, habían ido a llamarle, cuando entró comprendió porque le llamaban mandingo, era un amigo de sus colegas y la verdad es que iba muy bien armado. Se desnudó y ella se la tuvo que lamer hasta que la tuvo completamente dura, le lamía los huevos metiendoselos en la boca y con la mano le acariciaba la polla de arriba abajo en una suave y delicada paja.


    El cogió la polla que ya estaba completamente dura y se la puso en la entrada del coño y lentamente se la iba metiendo, muy lentamente mientras ella primero chillaba de dolor hasta que estuvo completamente rellena de verga, el tio comenzó a bombear dentro de ella arrancando los jadeos más salvajes de toda la tarde de la chica, Miriam estaba en un orgasmo continuo, ella sabía que era multiorgásmica pero no sospechaba que era tanto, estaba como en una semiinconsciencia por el placer cuando sintió que el dueño de semejante falo se lo quería meter en el ano y antes de que ella pudiera protestar ya tenía la mitad de ese cilindro de carne en el ano y comenzó a follarla el culo.


    Parecía que la iba a partir por la mitad mientras veía como todos los chicos estaban masturbándose, notó como el tio que la tenía petado el ano no le quedaba mucho para eyacular ya que notó como su polla se contraía y empezó a sentir como la llenaba de leche parecía interminable, cuando se la sacó sintió un gran frio en el recto y las piernas casi no la respondían al ponerla de pies, en seguida la sujetaron obligando a que se las mamase a los jugadores hasta que se corrieron en su boca, ella se tragaba todo pero había parte que no podía y caía por las comisuras de los labios dándola una apariencia que les hacía gracia.


    Se ducharon todos y la ducharon a ella y se fueron de marcha toda la noche.
    -Su soledad es una vieja enjuta rodeada de hijos de puta,
    que se ríen de ella pues todos quisieran ser como Marea.

  4. #109
    Avatar de Keira Label Whore
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    vaya tela...
    Hay personas que tienen vicios que te ponen de los nervios, como… Bernie. A Bernie le gustaba mascar chicles. No, mascar no. Hacer pop. Un día llego a casa bastante enfadada y esperando un poco de consuelo y veo a Bernie tirado en el sofá bebiendo cerveza y mascando. No, mascando no, haciendo pop. Entonces voy y le digo: “¡Vuelve a hacer pop una vez más…!” Y lo hizo. Así que cogí la escopeta de la pared y disparé dos tiros de aviso, justo en su… cabeza.





  5. #110
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    orgias ,autosatisfaccion, sexo oral, fantasias sexuales ahiahi esos son los q kiero xDDD jurrrr
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  6. #publi
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  7. #111
    Avatar de ((nYa)) Muy Entendid@
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    joooder con la historia ...da miedo....por cierto a lo ultimo q se fueron de marcha...la piba podia andar? q fuerte
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  8. #112
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    LEYENDAS URBANAS

    LA CHICA DE LA CURVA .

    Es curiosa la sensación de sentir que estás dormido.

    Es una sensación de extraña consciencia dentro de cierta inconsciencia. Ahora sé que estoy dormido, pero al mismo tiempo, noto que hay algo extraño. No sé por qué tengo los brazos flexionados y posados sobre algo duro y circular, por qué estoy sentado y por qué ese ruido monótono no cesa. La escasa consciencia parece difuminarse según mi frente se cae y mi barbilla baja hasta mi pecho en una cabezada que señala mi cansancio. El ruido monótono sube inusitadamente de volumen y un traqueteo me alcanza desde la derecha. Me despierto sobresaltado y abro desmesuradamente los ojos para encontrarme con la oscura carretera salpicada por dos conos de luz que salen de mi coche. A punto está de desaparecer la carretera entre los árboles del bosque. Doy un volantazo a la izquierda y vuelvo al asfalto y contravolanteo a la derecha para volver al centro de mi carril.

    Me he dormido al volante. He estado a punto de matarme, tengo que espabilarme. A pesar del frío que baja de las montañas, abro la ventanilla para desperezarme con el aire nocturno. Empiezo a tiritar de frío, pero aún así me desabrocho la camisa para eliminar el soporífero calor del habitáculo. Miro a mi lado para comprobar que estoy sólo. Arancha ya está en casa. Yo mismo la llevé. Empiezo a recomponer la noche:

    Hemos estado de juerga en las fiestas de Tabarca y tras despedirnos del grupo, he llevado a Arancha a casa y he cogido la pésima carretera a mi pueblo para poder dormir un poco, antes de madrugar mañana. En verano, toda la comarca multiplica su población de invierno y la juventud se desplaza en masa cada fin de semana a las fiestas patronales de turno. Por desgracia, el olvido gubernamental ha condenado a estas carreteras a ser una auténtica trampa. Baches, desconchones, señalización horizontal inexistente y vertical escasa, visibilidad mínima sobre todo de noche, curvas mal peraltadas...y para colmo unos quitamiedos del Neolítico, la mitad de ellos rotos, despedazados y ocultos entre la maleza de la cuneta. A mi derecha, la delgada línea de árboles y la pared de la montaña que parece invadir el asfalto en algunos salientes. Más allá del carril contrario, un despeñadero de decenas de metros de desnivel.

    Pero he sido yo el que me he dormido. No puedo echarle la culpa a la vía. Debería darme vergüenza y más teniendo en cuenta los recuerdos funestos que esta carretera me trae. Hace ya casi diez años, mi mejor amigo encontró la muerte en estos kilómetros. Todos los veranos hay varios accidentes y siempre hay alguno con saldo mortal. Conozco perfectamente la curva donde Eusebio se dejó la vida. Es un tramo diabólico donde ha habido varios accidentes, estoy a sólo un par de kilómetros del lugar. El frío invade el coche como los recuerdos mi memoria. Fue muy duro tener que ver a su familia soportar la desgracia. Peor aún fue aguantar la estúpida leyenda urbana que sobre ese tramo empezó a circular: Una autoestopista fantasmagórica que avisaba y traía la desgracia a quien la recogía. ¡Pamplinas!.

    Me siento mucho mejor, más despierto y atento. No puedo evitar recriminarme mentalmente el haberme dormido antes. Aún estoy tiritando de frío, pero lo prefiero ya que el camino es lento a pesar de ser cuesta abajo en este sentido, lo que lo hace más peligroso. Llego al fatídico tramo de curvas, decelero y bajo una marcha. La carretera se convierte en una serpiente que delimita sinuosa el límite del precipicio que parece ganarle terreno a la montaña en cada curva. Las luces largas al girar atraviesan ese precipicio alumbrando tramos de curvas que aún están por llegar. Es en uno de esos giros cuando a la luz de los focos me parece ver un movimiento. Fijo la vista en el sitio concreto donde creo haberlo visto, pero demasiado tarde, ya las luces de mi coche iluminan otro punto. Al volver a dar una curva, vuelvo a alumbrar ese punto ahora menos lejano y puedo divisar una figura en movimiento rítmico y constante. Es sólo un segundo, pero se me hiela el alma. ¿Cómo va a haber alguien andando por el arcén a las cuatro de la madrugada y a kilómetros de la población más cercana?.

    El ulular del viento en mi ventanilla no acalla el latido nervioso de mi corazón. Trago saliva y me froto los ojos. Levanto el pie del acelerador y cojo el volante con fuerza desmesurada. Tras esta contracurva volveré a iluminar el lugar donde me ha parecido ver algo. Por un monstruoso instante, los faros del coche sueltan una ráfaga sobre la pared desnuda de la montaña, contra la que se recorta la figura de alguien ¿de rodillas? Moviéndose a un extraño compás. Me asusto al oír mi propio grito. De nuevo la oscuridad oculta la causa de mis miedos, pero rebajo aún más la velocidad. La próxima curva a la izquierda, pasaré por el lugar donde Eusebio...y el lugar en el que he visto esa...lo que sea.

    Abro los ojos como si fueran a caérseme, agarro el volante para que no resbale a pesar del abundante sudor de las palmas de mis manos. Sudor frío de miedo puro que empapa mi piel a pesar del gélido aire montañés. Llego a la curva. Los conos de luz del coche iluminan sin tapujos a la génesis de mis terrores. No puedo evitar gritar durante un instante hasta que comprendo lo que estoy viendo:

    Una mujer, medio desnuda, apoyada en sus manos y en sus rodillas, recibe las embestidas de un hombre que sin pantalones, la agarra violentamente por sus caderas.
    Me quedo paralizado de miedo y estupor, quiero girar el volante, pero mis manos no me obedecen, la dirección parece haberse bloqueado pero son mis brazos los que lo están. Mi coche hace recta la curva y se abalanza sobre la pareja de tenebrosos amantes que en el último instante, parecen salir de su estado de embelesamiento y miran aterrorizados al vehículo que se les viene encima.

    Cierro los ojos, oigo un ruido estrepitoso, golpes, gritos que no sé si son míos, noto el coche botando...
    De repente logro recuperar el control y giro el volante totalmente a la izquierda para evitar el choque frontal con el lecho rocoso de la montaña. Los siguientes segundos son confusos. Noto la pérdida de tracción de las ruedas y la inclinación del coche hacia su morro, la caída por el precipicio, el volantazo debió hacerme atravesar toda la carretera, los primeros golpes, la tensión del cinturón de seguridad sobre mi pecho, el tacto acolchado pero brusco del airbag en mi cara, la ley de la gravedad que convierte el lateral del vehículo en el suelo, luego el suelo pasa a ser el techo, luego el otro lateral del coche, estoy dando vueltas precipicio abajo. Oigo los cristales romperse, noto algunos clavarse en mi piel. Mis brazos intentan cubrir mi cráneo. Golpes, gritos, ruido, golpes y más golpes y de repente finaliza el movimiento.

    El coche parece haberse parado y, volcado, descansa sobre su techo. Hay un instante de paz absurda, como si ya hubiera pasado todo. Después, el instinto de supervivencia se despierta en mí e intento deshacerme del cinturón de seguridad que me aprisiona. Caigo torpemente sobre el techo del coche y pugno conmigo mismo por colocarme en una horizontalidad lógica que me permita salir por la ventanilla. Esquivando trozos de cristales rotos, consigo arrastrarme patéticamente hasta salir del coche. Me alejo unos pasos y compruebo el desnivel de 20 metros por el que acabo de caer y mi fortuna al encontrarme una terraza natural que interrumpe la diagonal descendente del precipicio y que ha servido para evitar que siguiera cayendo.

    Sin si quiera felicitarme por mi buena suerte y haber salido indemne, empiezo a subir el terraplén, asiéndome en cada roca, cada matorral, cada rama o hendidura rocosa que encuentro. Cansado, llego al nivel de la carretera y me tumbo sobre el asfalto a recuperar el aliento. Me doy cuenta del riesgo que corro si un conductor no avisado pasa por allí y me levanto con la intención de ir hacia el otro lado de la carretera: a la falda de la montaña. Pero entonces un escalofrío me paraliza y a mi memoria viene la imagen de la pareja de hace apenas unos minutos. Con pavor levanto la vista para localizar la curva de los hechos. Me tranquilizo al darme cuenta de que mi volantazo y el miedo, que me hizo pisar el acelerador al girar el volante, me han desplazado al menos cien metros de la dichosa curva.

    Es entonces cuando la cobardía hace presa en mí y temo haberles atropellado. Tiemblo ante la posibilidad de ir a la curva y encontrarme con dos cadáveres de los cuales yo sea el culpable. La cobardía me dicta la dirección contraria a la lógica y empiezo a caminar por la carretera en sentido opuesto al que me llevaría a la curva del accidente. Cruzo la carretera y empiezo a caminar por mi derecha. Valoro la posibilidad de parar algún coche que vea, pero desestimo esa opción. El susto que puedo ocasionar a un conductor a estas horas, puede provocar otro accidente. Además hay que valorar que mi aspecto no es precisamente perfecto con las ropas rasgadas y no pocos raspones y alguna que otra herida. Sin embargo me encuentro en perfecto estado y parece no dolerme aparentemente nada. Me doy cuenta de que estoy desorientado y tomo una decisión, que en ese momento me parece la mejor. Me internaré en el trozo de bosque de robles que trepa por la montaña para llegar a un mirador al que he ido de excursión varias veces, aunque siempre de día. Desde allí podré ver claramente dónde me encuentro y gracias a la luminosidad de la luna llena, decidir qué trayecto tomar para llegar cuanto antes a algún sitio donde pueda comprobar mi salud y...denunciar los hechos. Intento apartar a la pareja, posiblemente atropellada, de mi cabeza. Me adentro entre los árboles y empiezo a subir rampas jalonadas de brezo y matorral.
    A los veinte minutos me doy cuenta de que me he perdido y ya veo como única salida esperar al amanecer para reencontrar la carretera y parar algún coche sin miedo a sobresaltar demasiado a sus ocupantes.

    Entre tanta desorientación, consigo darme cuenta de que he estado andando en círculos cada vez más amplios, lo que me confunde aún más sobre donde puedo encontrarme. De repente, oigo el crujido de una rama detrás de mí, me doy la vuelta y por el rabillo del ojo me parece ver cómo se desvanece una luminiscencia. Cuando fijo la vista en la oscuridad de la cual me pareció proceder el ruido, no consigo advertir nada. Pero otro ruido como de ropa, me avisa de una presencia. Con los pelos de punta y mi corazón en plena taquicardia, pregunto a la oscuridad con voz temblorosa:

    -¿Hay alguien ahí?- El miedo me hace ignorar la vergüenza de oír mi propia voz tan desesperada y aterrada.

    Apenas puedo creer a mis oídos cuando escucho:

    -...Sss...Sssí...no me hagas daño...por favor...- Una lánguida voz de mujer joven surge de entre las tinieblas y poco a poco parece materializarse ante mí la figura de una mujer de palidez enfermiza, ataviada con ropas de colores claros. Primero veo los brillos gemelos de unas pupilas, dos destellos miedosos que consiguen aterrarme. Después surge entre ambos brillos una línea recta que devuelve el plateado brillo de la luna, la nariz de la mujer. Tras la nariz se materializan sus pómulos, duros y acentuados, felinos. Luego unos labios carnosos y azulados, una barbilla triangular y coronando el conjunto facial, una frente despejada.
    La mujer, joven y de aspecto frágil, cruza sus manos en su pecho, como rezando y parece respirar nerviosa.

    -No me hagas daño...me he perdido.- Su voz tibia y dulzona parece mostrar largos años de pesares.

    Aterrado, paralizado de miedo, comparto con la chica un largo silencio, en el que nos miramos a los ojos. Ambos vemos el miedo en la mirada del otro. Ese miedo nos hace cómplices y me hace sentir cierta seguridad. Si ella me teme, es porque no es una amenaza para mí. Es sólo una chica perdida en el bosque. Sólo una chica.

    -¿ De dónde sales tú?- mi voz surge aún miedosa y aunque intento que suene amable, retumba exigente en el bosque.

    -Había ido a las fiestas de Acillero, con mi novio y unos amigos.- Sus manos en actitud de plegaria, me ponen nervioso.

    -Acillero. No sabía que estuvieran ahora en fiestas, yo creía que eran dentro de tres semanas. Yo iba de Tabarca a Torzal, donde estoy de vacaciones, pero...- una duda me corroe al pensar si la chica puede tener algo que ver con la pareja culpable de mi accidente.- ¿De dónde eres?

    -No soy de aquí, sino de la ciudad, pero íbamos a Cordales, a la casa de mis abuelos, donde vivo en verano.

    -¡Cordales! Pero...¡eso está a más de diez kilómetros- aunque no sé exactamente dónde estamos, sé que Cordales debe quedar muy lejos como para ir a pie de noche sin saber el camino.

    -Mi novio y yo discutimos, se enfadó conmigo...se enfadó mucho- su voz se quiebra mira al suelo y levanta las manos para taparse la boca y disimular sus sollozos- y me gritó, me sacó del coche y me dejó en la carretera.

    -¡Jóder! ¡Que pedazo de ca..!- mejor no me meto donde no me llaman y no insulo a semejante individuo, por si acaso, quizás vuelva a por ella o si la acompaño a casa de día, le conozca.- Mira- le digo fingiendo seguridad en mi mismo- vamos a ir a la carretera, esperaremos a que amanezca en unas horas y pediremos ayuda. En un rato estarás en casa, te lo prometo.

    -¡Gracias!- el sollozo se convierte en llanto descontrolado y se lanza hacia mí como si fuera su salvador. Me abraza y un aroma extraño a azahar y madera me envuelve. Noto que está helada y que lleva ropa muy escasa y fina para el frío que hace a pesar de ser verano. No puedo evitar sentir sus senos apretados contra mi pecho, ni tener un escalofrío cuando sus lágrimas surcan mi cuello. Le devuelvo el abrazo y soy consciente de la fragilidad y tersura de su cuerpo, de su cintura delgada y de la suavidad de la piel de sus brazos desnudos.

    Cuando nos separamos, me coge de la mano sin pedírmelo y empezamos a andar. Yo intento encontrar un sendero descendente, pensando que montaña abajo hallaremos la carretera. Cuando lo encontramos, ella prefiere ir delante. Cuando aparecen claros entre las copas de los árboles, la luz de la luna me muestra la extraña palidez de su piel y las voluptuosas curvas de sus muslos bajo su falda de gasa, sus caderas generosas, sobresalientes y sus hombros desnudados por una blusa con escote palabra de honor. Me siento tranquilo porque la chica que probablemente he atropellado, tenía el pelo largo, o al menos eso me parece recordar y mi acompañante lo lleva corto. Aunque ahora que me fijo mejor, parece que lo tiene largo pero recogido en un trenzado que se enrolla en un gracioso moño.

    Me dice que se llama Claudia, yo le digo mi nombre y empezamos a hablar. Me cuenta la estúpida discusión con su novio, provocada por los celos de él ante la avalancha de piropos que ella ha recibido en las fiestas de Acillero. Empiezo a sentir repulsión por ese tipo y su comportamiento. Compadezco a la pobre muchacha, compasión acompañada de una creciente admiración por su belleza, sus movimientos ágiles y femeninos, su escote que sube y baja por su respiración agitada, sus piernas bien torneadas, y esas caderas tan provocativas, seguramente, culpables de muchos de los piropos responsables de su desdicha esta noche.

    Tras media hora de infructuosa caminata, ella se sienta en una piedra. Cada vez hay más luz de luna, al menos hemos abandonado la arboleda. Cruza una de sus piernas sobre la otra y se descalza con una mano mientras con la otra acoge su pie y lo estruja como para quitarle el cansancio. Sin pensarlo, me arrodillo ante ella y cojo el pie descalzo entre ambas manos y empiezo a masajearlo. Ella sorprendida se deja hacer y sonríe. Me da las gracias tímidamente y clava sus ojos casi traslúcidos en los míos.

    -Tienes los pies helados, toda tú estás helada. ¿No estarás enferma?.

    - No, no. Sólo cansada. Pero si sigues con ese masaje pronto podré correr una marathón- sonríe con picardía.

    Cierra los ojos y se aisla de la noche disfrutando de mis manos que ya no sólo tratan la palma de su pie sino que se atreven a trepar por el empeine, a juguetear con sus deditos y hacer cosquillas en su tobillo. Su busto empieza a agitarse y escucho su respiración más fuerte y profunda.
    Sin darle tiempo a decir nada, me pongo de pie detrás de ella y acaricio su nuca, repartiendo mis manos en un movimiento de separación desde su columna vertebral hasta sus hombros, bajo por la tersura de sus brazos y vuelvo a subir deslizando las yemas de mis dedos. Noto como se revoluciona su gélida piel, que a cada segundo me parece más increíblemente blanca. Vuelvo a enredar en su nuca y me regodeo en la desnudez de sus hombros. Mis dedos meñiques, traviesos, bajan su blusa dejando algún centímetro de piel más de la debida, expuesta a mis caricias. Desde arriba contemplo el discreto canalillo de su escote y el nacimiento de sus senos, cuya piel parece aún más plateada que la del resto del cuerpo.

    Me parece oír un gemido o quizás una espiración algo más profunda, reveladora del placer que mis manos le proporcionan. La luna llena aparece en el cielo tras despojarse de un jirón de nube y Claudia parece resplandecer bañada por la luz del satélite.

    Me siento a su lado, sin parar de acariciarla, ahora bajo por su espalda, produciendo escalofríos que ella parece acoger gustosa y sin protestas. Me dejo llevar y poso sus labios en su hombro. Ella gira la cabeza y con una mirada ingenua y rebosante de ternura me escucha decir:

    -No te preocupes Claudia, yo cuidaré de ti esta noche, no te preocupes- Yo mismo me sorprendo de la intensidad del sentimiento que parece destilar la frase, pero ella decide sorprenderme aún más llevando sus labios contra los míos y regalándome un beso tan frío como sedoso.

    Son sus manos heladas las que acarician mis cabellos y las mías las que cogen su cabecita. Ladeo mi rostro para acoplar mejor mi boca a la suya, mi lengua saluda a la suya, juega dentro de su boca, mordisqueo su labio inferior y succiono el superior. Mis brazos la cogen por el talle y la levantan para sentarla en mis piernas, se apoya en mí y vuelvo a notar sus senos contra mí. Claudia desata un huracán de caricias y besos, repartiéndolos por mi frente, mi cuello, mi pecho... es como si la desesperación de su situación buscara disolverse en el escurridero de la pasión. Me dejo hacer, me dejo llevar por lo único bueno que parece puede ocurrirme esa noche. Mis labios capturan el lóbulo de su oreja y mi lengua la enloquece al rebuscar dentro de ella. Sus manos se cierran sobre mí, para abrirse separando mi camisa y arañarme por debajo de la camiseta.
    Claudia plaga mi pecho de besos y se arrodilla llevando sus manos a mi pantalón, con movimientos expertos mi cinturón y mis botones franquean su acceso a mi pubis que empieza a recibir los febriles besos de mi plateada amante.

    El frío nocturno pone mi piel de gallina y el aliento de Claudia no parece combatir la gelidez, sino aumentarla al proyectarse sobre mis muslos desnudos. Separa mis rodillas con sus manos para acomodarse entre mis piernas. Yo empiezo a acariciar su cabello y sin querer destrenzo parte de su peinado que cae caprichoso sobre su espalda.
    Retira mi ropa interior y sin más preámbulo introduce mi sexo en su boca. Echo mi cabeza hacia atrás, rindiéndome al placer desatado y sorpresivo. Con una mano araña mis piernas, mis ingles, mi vientre y con la otra sopesa mis testículos, los acaricia y los hace girar. Los estruja suavemente y los lleva hacia sí. En un momento, abandona mi falo para empezar a chupar mis testículos alternando la introducción de cada uno en la boca y jugando a meter ambos a un tiempo. Vuelvo a mirarla y a pesar de su frialdad corporal, el aliento vaporoso sale como niebla de su boca en cuanto ésta no es ocupada por mi sexo o mi escroto. La visión de su vaporoso aliento que desaparece al segundo de salir exhalado, me excita sobremanera. Sorprendido compruebo la longitud de sus trenzas que antes me pasara inadvertida. Algunos rizos indomables adornan su frente.



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  9. #113
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    Comienza a masturbarme fuertemente mientras sigue chupando mi sexo y haciendo diabluras con su lengua en mi glande. Una de sus manos se cuela por debajo de su blusa para acariciar sus pechos y mis manos toman el mismo camino, bajando su blusa hasta el ombligo y dejando al descubierto sus senos redondos y pequeños con firmes pezones. Al ocuparme yo en su busto, ella dedica una mano a perderse entre los pliegues de su falda. El previsible destino de su mano, las caricias por él recibidas y combinadas con las que yo le dedico en su busto, provocan numerosos jadeos y gemidos que rompen la quietud de la noche.

    Estrujo sus pechos y pellizco sus pezones, estiro de ellos y los martirizo con circulares caricias, capturándolos entre mis índices y pulgares. El temblor en mi sexo anuncia el final, final que no deseo aún. Cogiéndola por la barbilla, salgo de su boca y me arrodillo enfrente de ella. Su boca entreabierta y huérfana de sexo la ocupo con mi lengua de nuevo. Noto mi sabor en su boca, vuelvo a inundarme de esa extraña frialdad de su saliva y la agarro por la cintura para elevarla como a una pluma y posarla delicadamente sobre la roca plana que nos ha servido de provisional asiento.

    Ella complacida separa sus piernas y levanta su falda, su ropa interior blanca y de algodón, de diseño clásico, poco frecuente hoy en día, aparece ya desplazada y húmeda. Con suavidad la aparto de mi objetivo y sumerjo mis labios en los suyos, empapándome de ella y sus flujos tibios. Me dedico a separar con mi lengua sus labios, a chuparlos con intensidad creciente y lentitud exasperante. Acomodado entre sus piernas, elevo mis manos hasta capturar de nuevo sus pechos, sorprendiendo a Claudia acariciándoselos. Ella por más respuesta, agarra mis manos y las empuja contra sus senos, pidiendo caricias firmes y casi violentas, para luego llevar sus manos a mi cabeza para empujarla contra sí, mientras eleva su pubis demandándome más atrevimiento en mi quehacer.

    Sumerjo mi lengua en la entrada de su vagina y empiezo a recibir en mi cara los embates de su pelvis enloquecida. Puede decirse que es ella misma, loca de pasión, la que usa mi lengua para penetrarse. Con mi labio superior rozo su clítoris erecto y cuando ella cierra sus piernas sobre mi espalda, dejo de penetrarla para dedicarme a su botón de placer, prácticamente la única parte de su cuerpo que no está helada. Saboreo y rodeo con mi lengua su clítoris, para luego atraparlo con mis labios y bajar de nuevo a su vulva, frotando la punta de mi nariz contra su sexo para volver a aplicar mi boca sobre su centro de placer. Sigo así varios minutos, con caricias más fuertes cada vez en sus pechos, hasta que todo su cuerpo se tensa, su espalda se arquea, su pubis salta hacia la luna llena y su grito de placer inunda mis oídos y resuena en el bosque. Su orgasmo lo recibo en mi boca plenamente y disfruto de ello como de un logro que me hubiera costado media vida conseguir. Ella, lejos de estar cansada, parece más viva que nunca. Se abalanza sobre mí y empieza a devorarme a besos hasta que fusiona su boca con la mía. Ahora es ella la que prueba su sabor en mi boca, su sabor concentrado y potenciado por su orgasmo y parece gozar de ello puesto que explora cada rincón de mi boca con avidez y lame mis comisuras y mi rostro como un depredador a su presa.

    Coge mis testículos y empieza a estirar de la piel que los recubren, como si quisiera llevárselos consigo. Me muerde las orejas hasta hacerme daño y por un momento tengo que detenerla y apartarla de mí, pero vuelve a unir su boca con la mía y empieza a masturbarme con las dos manos.

    -Dijiste que cuidarías de mí- dice anhelante, fuera de sí- Cuida de mí y dame lo que necesito, lo dijiste, dijiste que cuidarías de mí esta noche...y esta noche no acaba nunca.

    Y ciertamente, para los dos está siendo una noche muy larga y aunque no acabo de entenderla bien, el deseo en su mirada, el modo en que su vientre se acopla contra mí, me indican lo que dice necesitar.

    La luna parece avisarme de la presencia de un tocón de madera medio inclinado, adecuado para reclinarse sobre él. Ayudo a Claudia a levantarse y entre una lluvia de besos y caricias, la llevo hasta él. La ayudo a tumbarse y separo sus piernas colocándolas en mis hombros, para así, impedir que se deslice al suelo. Ella echa los brazos hacia atrás y abraza su improvisado sofá para fijarse en la postura. Beso sus pies helados, introduzco cada uno de sus dedos en mi boca y los chupo con delectación. Meto mi lengua traviesa por entre sus dedos haciéndola reír de cosquillas y provocando placenteras convulsiones en sus piernas.

    La miro. Está preciosa. No sé qué extraño encantamiento tiene su piel para reflejar la luz de la luna de esa sobrenatural manera. Su mirada me suplica, me ruega. Sin pensar en lo que hago, primero rasgo su falda y luego sus bragas. Cojo mi pene con mi mano derecha y empiezo a darle golpecitos con el glande sobre su sexo. Ella gime y se muerde el labio inferior. Empiezo a restregar mi sexo contra su vulva y sus gemidos aumentan, su mirada intensifica la súplica y mi glande frota contra su clítoris hasta provocarle un espasmo que se extiende por su cuerpo y prorrumpe en un ruidoso orgasmo. Aprovecho su clímax para de un solo golpe, violentamente, hundir mi sexo en toda su longitud en su vagina, hasta que mis testículos golpean su culito y mi glande parece topar con su fondo.

    Ella abre los ojos mirándome sorprendida y el orgasmo que estaba teniendo se multiplica y recicla. Parece correrse por cada uno de los poros de su cuerpo. Empiezo a entrar y salir, sacando casi toda mi largura para entrar con más fuerza cada vez. Se vuelve loca y noto todas sus paredes vaginales contraerse y estallar en espasmos. El orgasmo se vuelve una convulsión que amenaza con tirarla del rústico sofá. Los espasmos me alcanzan y tengo que detener mi vaivén para no irme con ella y caer por el precipicio eyaculatorio. Quiero alargar esta noche todo lo que pueda.

    Parece que su orgasmo remite. Se queda quieta sobre el tocón. Inanimada. Un aura plateada parece rodearla. Mi sexo aún está erecto dentro de ella. Abre los ojos, me mira y extiende sus brazos. Me abraza y me estrecha con desesperación. No es un abrazo lujurioso. Es un abrazo de amor. Yo sigo sintiendo las contracciones cada vez más leves y menos frecuentes de su vagina en torno a mi sexo. Pero ella me abraza con amor. Me abraza como si no quisiera que me fuera nunca. Nunca.

    Pienso que quizás los acontecimientos de la noche le hayan superado. Incluso pienso que puede ser un error estar teniendo sexo con ella. Yo me dejo abrazar sin devolverle el abrazo, mientras ella me abraza con brazos y piernas.
    Se separa levemente de mí y mis ojos vuelven a perderse en la nebulosa luminiscencia de los suyos. Su pelo cada vez más alborotado, una de sus trenzas ha perdido su compostura y sugiere una melena frondosa.

    -Me cuidarás ¿verdad?- Lo dice como si su vida dependiera de mi respuesta.

    -...Sss...Sssí, sí,claro- respondo descentrado.

    -¿Lo prometes?- inquiere con el mismo tono de súplica.

    -Sí, sí, lo prometo- Me oigo decir, disculpando ante mí mismo mi mentira por lo inusual de los acontecimientos de toda la noche.

    Me vuelve a abrazar descansando su frente en mi hombro. Sigo dentro de ella y noto cómo ella a pesar de absorber mi calor, permanece tan fría como siempre.

    De repente oigo algo. Un ruido de motor a lo lejos. Grave al acercarse y agudo al alejarse. No hay duda, acabo de oír un coche, la carretera no está lejos.

    Deshago el abrazo bruscamente.

    - ¡La carretera! ¡Debe estar por aquí!- exclamo contento y aliviado.

    -¿Para qué quieres la carretera? Me tienes a mí, prometiste que me cuidarías.- dice Claudia en tono quejoso.
    Me quedo mirándola perplejo. Vuelvo a culpar a una noche demasiado larga y demasiado extraña de su eterno aire de despiste. Ni siquiera intento explicarle nada. Sólo sonrío e inicio los movimientos para salir de ella, pero ella me atenaza fuertemente con sus extremidades.

    -¡No te vayas!-

    -Pero... ¡Claudia! No me voy a ningún sitio... es decir, no me voy sin ti. Nos vamos juntos, los dos ¿entiendes?-

    Me mira anonadada, como si yo le hablara en otro idioma.

    -Prometiste que me cuidarías- lo dice con una amargura que parece amasada durante muchas noches.

    -Sí, sí. Por eso. Para cuidarte tenemos que ir a la carretera.-

    -Pero no me gusta la carretera, me da miedo. Allí...-

    -Sé que no es un sitio cómodo, pero estaremos mejor y alguien nos ayudará.

    -Pero yo sólo te quiero a ti. Sólo te necesito a ti. Me lo prometiste.

    Esto ya pasa de castaño oscuro. Quizás esté algo trastornada y por eso su novio no tuvo paciencia y la dejó. No le justifico, pero es obvio que hay algo que no es normal. Su fenomenal despiste, el modo compulsivo en el que se ha entregado al sexo, como si su vida le fuera en ello, el enamoramiento absurdo con el que ahora parece querer chantajearme, demasiadas cosas para una sola noche. Demasiadas cosas para una sola chica.
    Salgo de ella entre sus quejas, recompongo mi vestimenta y la ayudo a hacer lo mismo con la suya. La cojo firmemente de un brazo y la llevo en la dirección en la que creo haber oído el coche. Finalmente, en un saliente de la montaña donde su falda aparece desnuda de vegetación, hallamos el deteriorado asfalto de la carretera.

    Mi reloj me dice que en breves minutos empezará a despuntar el alba. Es improbable que antes de que sea de día aparezca algún coche, así que en cuanto haya luz del sol, pararé al primero que pueda para que nos lleve al municipio más próximo. Intentaré desentenderme de Claudia cuando la haya llevado a un sitio seguro, aunque es una pena. Es una chica preciosa y una amante excelente. Sentados en el suelo con la espalda apoyada en la roca de la montaña, reposa su cabeza en mí hombro y me pasa los brazos por la cintura.

    La excitación vuelve a nacer en mí y recuerdo que yo no he ``acabado``. Me pregunto si su enfado conmigo impediría que volviéramos a hacerlo. Luego me reprocho el verla sólo como un juguete sexual, cuando es evidente que la chica necesita ayuda. Ayuda y alguien que la quiera. Me da pena. Mucha. Quizá si nos hubiéramos conocido en otras circunstancias... Beso su cabeza de modo paternal. A un beso le sigue otro, y otro, a la cabeza le sigue el cuello, a éste los hombros, las mejillas, su mentón, la barbilla, sus labios...

    Antes de darme cuenta, nuestras bocas vuelven a combatir. Ella me muestra el mismo deseo desatado que al principio y yo tengo ahora menos miramientos. Bajo bruscamente su blusa y desnudo sus pechos para vestirlos de besos y lengüetazos. Subo su falda y bajo sus bragas, separo sus piernas y empiezo a masturbarla. Introduzco dos dedos dentro de ella, acogidos entre gemidos y humedades. Sus manos ya pajean violentamente mi sexo, sin piedad, arriba y abajo, arriba y abajo. Mis pantalones son tirados a un lado.
    Se pone a horcajadas sobre mí y sin soltar mi sexo de sus manos, lo dirige sabiamente a su interior. Cuando se deja caer sobre mí y me hundo entero en ella, secuestra mis manos y las coloca en sus pechos. Yo me inclino para besar su boca, sus pezones, mientras los magreo fuertemente. Ella empieza a botar y mi pene parece crecer aún más dentro de ella. El golpear de su culo contra mis muslos provoca un sonido rítmico y cárnico que parece ser, junto con los jadeos, el único que exista a esas horas en esa parte del mundo. Noto como me clavo en ella más profundo cada vez que se deja caer.

    Me cabalga furiosa y yo me dejo cabalgar. Estrujo sus pechos de tal modo que temo dañarla, pero ella me pide más fuerza aún.

    Decido tumbarla sobre la hierba y ponerme encima de ella para penetrarla más hondo aún. Separa sus piernas como una experta contorsionista y acoge mis embestidas de arriba abajo, en lo más profundo de ella. El movimineto vertical de vaivén me lleva pronto a un temblor pre-orgásmico que trato de controlar variando el movimiento y sustituyéndolo por uno horizontal que estimula otras partes de su vagina. Ella parece gozar enormemente sea lo que sea lo que yo haga.
    Las deliciosas apreturas de su sexo están a punto de hacer que me desborde. Para evitarlo decido cambiar de postura.

    La coloco apoyada en el suelo sobre sus cuatro extremidades y yo empiezo a penetrarla desde atrás. Sus fabulosas caderas, lo primero que me llamó la atención de su precioso cuerpo, se muestran en todo su esplendor ante mí. Empiezo a penetrarla lentamente para ir acelerando poco a poco. Decido hacerme poseedor de sus caderas como lo soy de su sexo y las aferro usándolas para pronunciar mis movimientos de penetración. Claudia inclina su espalda hasta descansar su frente en el suelo, reforzando el sentimiento de dominación que la postura crea en mí. Para intensificar esa sensación, decido con una mano usar una de sus trenzas a modo de riendas y tirar de ella. El resultado es el alboroto absoluto de sus cabellos provocando que su hasta entonces semioculta melena, caiga desparramada por sus hombros y espalda.

    Mis empujones son ya tremendos y me encanta ver a la luz de la luna mis muslos chocar con sus nalgas y el temblor de éstas, firmes y duras, al recibir mis impactos. Ese bamboleo delicioso de toda la carne y la piel de la parte central de su cuerpo, hipnotiza mi visión tanto como la estrechez de su sexo hipnotiza mi pene. Mis testículos chocando con su vulva, sus gritos escandalosos, el orgasmo brutal que está teniendo de nuevo, la estrechez de su vagina, sus caderas poseídas por mis manos, su espalda perlada de sudor plateado, su melena revolucionada, todo ello me lleva a un orgasmo que se anuncia y llega poco a poco. Un orgasmo tan intenso que me hace tambalearme mientras expulso mi ser en su sexo. Un orgasmo tan intenso que por un momento me hace ver colores y notar una luminosidad creciente al otro lado de mis párpados, una luminosidad que me hace abrir los ojos y que me ciega al inundar mi alrededor de la luz blanquecina y artificial de los faros de un coche que se abalanza sobre nosotros.

    En una fracción de segundo reconozco el lugar donde estamos, la curva donde vi a la pareja por la cual tuve el accidente.

    Sin salir de ella, clavo mi mirada en el atónito conductor del coche, grito y levanto las manos intentando protegerme. El coche nos alcanza. Cierro los ojos. Ruido, golpes, gritos que no sé si son míos, golpes, ruido de cristales rotos, de metal desgarrado, olor a gasolina, ruido de explosión y calor, mucho calor, por primera vez esa noche. Golpes.

    Pasa un instante de tranquilidad absurda como cuando mi coche dejó de girar en el precipicio. Estoy de pie. Indemne. Claudia está enfrente de mí, ilesa también. Mira asustada los amasijos metálicos del coche que acaba de...atropellarnos. Una llamarada que despide un fuerte olor a combustible sale de los restos del automóvil.

    Intento comprender lo que ha pasado hasta que una voz me lleva de vuelta a la realidad.

    -Me prometiste que cuidarías de mí esta noche. Esta noche que no se acaba nunca.

    No quiero escucharla. Salgo corriendo a la carretera sin rumbo ninguno hasta que veo una furgoneta venir de frente hacia mí. Corro hacia ella gritando y haciendo ostensibles gestos con los brazos para que se pare. Me paralizo cuando me doy cuenta de que no ha frenado lo más mínimo a pesar de alumbrarme ya con sus luces.
    Me quedo clavado en el medio del carril. La furgoneta está a solo unos metros de mí a la misma velocidad a la que venía desde el principio. No. ¡Otra vez, no!.

    La furgoneta pasa a través de mí como si sólo estuviera hecha de una imagen holográfica.

    -Puedes hacer que te vean, pero sólo si lo deseas muy intensamente, como hice yo contigo- Es la voz de Claudia, que aparece a mi lado aunque no ha salido corriendo detrás de mí. Dos nuevas luces aparecen en frente de ambos.

    Vuelvo a correr hacia el automóvil deseando con todas mis fuerzas ser visto por quien lo dirija. Desesperado veo cómo vuelvo a ser ignorado, hasta que cuando la conductora está a unos pocos metros de mí, me mira con terror indescriptible y gira el volante bruscamente, el coche me atraviesa de nuevo como un holograma... o como si el holograma fuera yo. Miro hacia atrás y compruebo que la mujer ha estabilizado la dirección y se salva de caer por el precipicio.
    El precipicio. Salgo corriendo hacia donde me salí de la carretera. Contemplo las rodadas de mi coche y desciendo a trompicones por el terraplén por el que di vueltas de campana, arañándome con todo tipo de vegetación, unos arañazos que no me causan dolor.
    Llego hasta la terraza natural que detuvo mi coche y miro dentro de él, para comprobar horrorizado que hay un cadáver dentro. Ni siquiera tengo que verle la cara.

    -Ahora ya nada nos puede separar, salvo que no quieras estar conmigo- Claudia vuelve a aparecer a mi lado.-
    Pero prometiste cuidarme. Por favor, por favor, no me hagas daño, no te vayas como los demás. No me abandones como todos los demás- Empezó a llorar desconsolada de nuevo y cruzando sus manos en actitud de plegaria.

    -Y ¿si no quiero estar contigo? ¿Qué harás?-

    Su respuesta me hiela más que ninguno de los acontecimientos de esta noche.

    -Buscaré a otro. Como hice contigo.-




    F I N
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  10. #114
    Avatar de SaRiChi PueDo PRoMeTeR Y PRoMeTo
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    ala que wapa, tiene sexo, amor, terror... es perfecta
    Slow down baby

    Quizás caiga una estrella


  11. #115
    Avatar de Demonomania Evil all the time.
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    Mas adelante pondre mas (:



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  12. #116
    Avatar de ((nYa)) Muy Entendid@
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    einssssss no se podria poner este posto como post it? xDDDDD sta mb aunke mu porno xD
    KiSS Me BeNeAtH tHe MiLkY tWiLiGhT
    LeAd Me OuT oN ThE mOoNlIt fLoOr
    LiFt yOuR OpEn hAnD




    sTrIkE uP ThE bAnD
    aNd MaKe ThE fIrEfLiEs dAnCe
    sIlVeR'S mOoN SpArKlInG
    So....KiSs Me.....

  13. #117
    Avatar de 123456 Fucking Hostile
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    heyyyy vidilla al cuerpo!!!!!
    k esto se enfriaaaaa XD

  14. #118
    Avatar de África* Atrévete a pensar.
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    poned mas
    Soy los tres segundos antes de correrte...*

  15. #119
    Avatar de Artemissa Mega Usuari@
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    El señor de los anillos: detrás de la magia

    Aragorn estaba harto de esperar a Arwen, la princesa élfica, así que decidió ir a la posada del Pony Pisador a buscar alguna mujer facilona para tener un poco de sexo, pues ya estaba cansado de machacársela, pero cuando llegó no encontró ninguna, todos eran hombres bebiendo y riendo. Entonces llegaron cuatro hobbits.



    A Aragorn, le llamó la atención uno en concreto, Frodo



    Lo miraba constantemente, tanto que el hobbit se dio cuenta, y preguntó quién era al dueño de la posada.



    F: - Perdone, el hombre del rincón, ¿quién es?

    P: - Es un Montaraz, gente peligrosa que vaga por los bosques, su nombre no lo sé, nunca lo he oído, pero se le conoce como Trancos.


  16. #120
    Avatar de Artemissa Mega Usuari@
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    Aragorn se dió cuenta de lo que llevaba, ya que Frodo se puso el anillo de poder y desapareció. Y decidió ayudarle.



    A: - Está llamando mucho la atención.- y lo llevó a una habitación de arriba.

    F: - ¿Qué quiere?



    A: - Mas cautela no llevas una baratija…

    F: - No llevo nada…


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